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LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)

Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)

Los encontrarás:
En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.

martes, 28 de mayo de 2019

"El salón"- (De la autora)



     Mientras caminamos alrededor de la pista, haciendo las últimas vueltas de la clase de gimnasia, tratando de recuperar la respiración normal, mi mente retrocede de pronto, en el tiempo. Tengo ese hábito, el de hacer varias cosas a la vez; en algunas ocasiones esto me ha traído algunos problemas. Pero camino y pienso, no sé cuántas veces he pisado estas baldosas en damero amarillas y rojas, y cuántas historias guardan estas cuatro paredes.

     En realidad no importa cuántas veces sino en qué ocasiones lo he hecho. Y voy más atrás, mucho más atrás, hasta donde me permite la memoria. Mientras voy recorriendo los distintos rincones del salón, encuentro situaciones, percibo momentos, y escucho voces y melodías que me atrapan y me estremecen.
     Paso frente al escenario que ya no tiene el pesado telón de paño rojo, y descubro a una niña de unos nueve o diez años, de cabello largo y flequillo, que está entregando flores a las quinceañeras que van apareciendo mientras escuchan sus nombres, en el tradicional Baile de 15 años, y que bajan a bailar su primer vals. Esos acontecimientos sociales, que engalanaban al Club Florida y al pueblo, atraían a todas las adolescentes de la zona a presentarse en sociedad, y por supuesto, a todos los galanes disponibles que permanecían atentos debajo del escenario.
    Continúo caminando en sentido contrario a las agujas del reloj y llego a la ventana angosta y alargada que está ubicada en la parte noreste, donde era la cocina, y que habilitaba la salida de la comida para los almuerzos o cenas que se realizaban en distintas celebraciones como Fiestas Patronales, casamientos o cumpleaños. Y escucho las voces de las mujeres cocinando, riendo, disfrutando. Damas de esa época que dedicaban tiempo y esfuerzo para ello. Los aromas a platos recién horneados me deleitan, y veo salir a los mozos con sus impecables chaquetillas blancas y sus bandejas cargadas. Los esquivo y sigo caminando.
       Un poco más adelante, paso exactamente donde yo estaba sentada la noche en que mi marido me sacó a bailar por primera vez, en un baile, por allá por mayo de 1981. Todavía recuerdo mi corazón latiendo y mis piernas temblando; mis ojos lo buscaban entre los muchachos que se alineaban delante de las mesas donde nos sentábamos nosotras, esperando la “cabeceada”. Y allí está Pepe; acepto la invitación. Recorro con la vista el trayecto que hice desde mi silla para llegar hasta él, donde luego bailamos al ritmo de la orquesta, exactamente adonde estoy pisando ahora. El mundo se había detenido a nuestro alrededor, y allí comenzaba nuestra historia.
      Sigo caminando. Llego a la entrada de los camarines ubicados a ambos costados del escenario, que hasta hace poco estaban llenos de agua por las repetidas inundaciones ocurridas- increíblemente el agua los anegó, algo que no había sucedido nunca- y puedo ver los trajes y disfraces colgados en perchas, las madres maquillando y peinando a sus hijos en las veladas escolares, y los actores listos para salir a escena en las tareas de la “Campana de Cristal”. El bullicio pasando letra o recordando coreografías se escurre por todos los rincones; las voces de las maestras o directores apresurando el tiempo para salir a escena o aprontando los últimos retoques de alguna obra se filtran por las rendijas e invaden el salón. Y aunque ninguna de mis compañeras de gimnasia los escucha, yo los tengo en mis oídos, claros y presentes. Me lleno de recuerdos. Y eso hace que me distraiga de la actividad que estoy realizando, trasladándome, transportándome mágicamente. La mente tiene ese poder que no podemos desperdiciar.
     Allí, sobre el escenario, también me encuentro con mis compañeros recibiendo el diploma de quinto año, de manos de nuestros profesores, en una fiesta cargada de emociones. Tengo que leer el discurso final de despedida representando al grupo. Con esas últimas palabras marcamos el fin de una etapa y el comienzo de otra. Allí nos separaremos y cada uno seguirá su rumbo. Algunos volveremos a encontrarnos más adelante en la vida. Abajo están la familia, los novios, los amigos; gente de mi pueblo que está para compartir el evento.
     Sigo el trayecto y escucho las ruedas de los patines de mis hijas pasando a mi lado; me rozan con sus brillosos trajes de lentejuelas y lameta, y una vez más la música para acompañar la coreografía del Festival de fin de año, me seduce, los aplausos llenan la sala. Más adelante, escucho el vals de mi casamiento y veo a los invitados, algunos de los cuales ya no están, levantándose de las mesas para no perdérselo; el fotógrafo estará inmortalizando la situación también, en los distintos rincones del salón. Esa noche, he danzado por esas baldosas junto a mi marido, pasando exactamente sobre las huellas cuando bailamos por primera vez, antes de ser novios. Percibo una sensación muy extraña, casi mágica, que me llena el alma. También el vals de los quince años de mis tres hijas me rememora las imágenes de las respectivas fiestas en este mismo lugar; en un rincón encuentro las serpentinas y algún gorro dejado al descuido.  
     Completo la segunda vuelta y regreso al escenario, y allí está mi hijo, con la camiseta a rayas roja y blanca recibiendo su primer trofeo de la escuelita de fútbol, con una emoción que sé que lo embarga y que no va a olvidar.  Más adelante, también estaremos allí, festejando campeonatos y levantando copas, y sonará el himno de Florida, llenándonos los ojos de lágrimas.
     Himnos, valses, voces y aromas. Historias que comienzan y que terminan. Festejos y celebraciones sociales y familiares. Y esas baldosas rojas y amarillas, con tantas huellas…
      Ya hemos terminado la clase de gimnasia, donde mi hija, es la Profesora, y cuando llego a la puerta para irme, percibo una campana que suena. Entonces me detengo una vez más mientras mis compañeras se dirigen a la salida,  y me sorprendo al escuchar las voces del Jefe y de Lili,  anunciando: *“Tarea cumplida”.

Nota:   Frase con la que se finalizaba cada tarea en la “Campana de Cristal”.

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