POESÍA. NARRATIVA. INFORMACIÓN LITERARIA. CONCURSOS. AUTORES CLÁSICOS Y NÓVELES


Puedes pedir los libros de la autora al mail: beamarchisone@gmail.com (envíos a todo el país)

LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)

Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)

Los encontrarás:
En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.
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martes, 23 de abril de 2024

Crónica de una tarde de lluvia en Buenos Aires (De la autora)

 

Llueve en Buenos Aires y yo salgo a comprar libros de inglés. Pero no los clásicos, sino novelas tipo best-sellers. Cada vez que puedo, compro uno para tener a mano en la mesita de luz, por si termino uno, para poder empezar enseguida con otro.  Como era de esperar, en la mayoría de las librerías me ofrecen Shakespeare, George Orwell, Edgar Alan Poe, Dickens, Eugene O’Neill. He leído mucho de ellos en el profesorado, y después también. Pero ahora busco otra cosa, y lo que busco normalmente lo encuentro de segunda mano. Entro y pregunto; son escasos los locales que venden usados.  En todas las librerías –que están abiertas hasta altas horas de la noche- me indican “ahí, en el estante de abajo”, o “en aquel de más arriba”. Nunca en un estante a la altura de mi cabeza.  Entonces, tengo que agacharme, casi acostada, o estirar el cuello hasta donde me dé, para poder leer los títulos de cada ejemplar. Pero no encuentro mucho. Hasta que llego a una librería en calle Corrientes, casi Callao, que tiene en la entrada una caja con usados, tapado con un gran plástico. Sigue lloviendo.  Levanto el plástico, y el empleado me dice que no destape porque se mojan. Busco usados en inglés- le explico. Ah pero no, los de inglés están allá abajo- me contesta, como lo esperaba. Entro sin dudarlo y me agacho al lado de la estantería, mientras pasan algunos extranjeros que no sé qué buscan. Luego me siento en el suelo, porque agachada mucho no aguanto. Y encuentro dos que me interesan. Cada uno de esos libros- como otros que he comprado- tiene una personalidad propia y única. Y yo imagino a sus dueños, deleitándose- como yo- con la lectura entre sus manos, con el olor de la tinta. Alguno tiene una marca de bolígrafo hecha por un niño, otro está rasgado, pero a mí no me importa, porque es parte de la historia y del recorrido que hizo ese ejemplar hasta llegar a mis manos. Y ahora… son míos…


martes, 13 de febrero de 2024

Carta a Julia, en un día de lluvia de febrero

                                                                  Febrero 2024

Querida Julia:                                                                                            

                        ¿Cómo perder esos momentos que nos regala la vida? Ayer hicimos barquitos de papel. Llovió todo el día y la calle se llenó de agua. Estábamos en las sierras y allí, las calles se convierten en ríos urbanos que arrastran lo que el cielo descarga en las montañas. Entonces, buscamos unas revistas viejas, y las doblamos hasta lograr la forma deseada de un barquito mágico que, con la complicidad de la pendiente, llegaría al océano y quizás, a alguna isla desconocida. Cruzamos la calle y nos agachamos en el cordón de la vereda, por donde la corriente de agua dejaba una profundidad adecuada para que nuestro vehículo acuático transitara. Enseguida empezó a deslizarse y a alejarse cuesta abajo. Debimos ayudarlo a sortear algunos obstáculos que normalmente no están en los ríos, como las ruedas de los autos estacionados, pero luego volvió a tomar velocidad hasta alcanzar la esquina y perderse. Lo seguimos con la vista hasta que pudimos, y se llevó nuestra tarde lluviosa de verano...

                          Y como diría Serrat: “son aquellas pequeñas cosas, que nos deja un tiempo de rosas…”





martes, 14 de febrero de 2023

Carta a Julia, que seguirá su infancia en Rafaela

 

                                                                             
14 de febrero de 2023

Querida Julia:

                        El fin de semana pasado hicimos la mudanza final con todas tus cosas, y las de tus papás. Tu ropita y tus juguetes también se fueron con vos. Y el Toto, que te acompañó en el asiento trasero del auto, custodiando que no te movieras de tu sillita. Él también se encontrará raro en un espacio desconocido; y seguramente extrañará a la Mora, con la que no se llevaba muy bien- aunque sabemos que ella también lo extrañará, aunque sea un poco gruñona.

Acá al lado, la casa, donde viviste tus primeros casi dos años de vida, quedó momentáneamente vacía. Habías entrado en brazos de mamá, cuando casi comenzaba el invierno del 2021, con un gorrito que resaltaba tu carita redonda y rosada; hace un par de días, saliste de ella caminando, con una muñeca en la mano, hacia el auto rumbo a Rafaela.  Igualmente estamos felices de que estás en tu nueva casa, donde seguirá tu infancia. Aprenderás a querer el barrio, y tendrás tu escuela a unos pocos pasitos, sin tener que bajarte de la vereda. Pero para eso todavía falta un poco.

Nos contaron que se ve la luna desde la ventana de tu nueva pieza, esa luna que pedías ver todas las noches y te sorprendías por su cambio de forma, lo que no podemos explicarte por ahora.

Te prometo que cuando vengas, seguiremos yendo al espejo a peinarte, a adornar tu carita con brillito o a oler el perfume del jabón de la jabonera. Y sé que seguirás soltando un “ohhh” en las habitaciones oscuras, y un “ahí ta”, cuando se enciende la luz, porque también te sorprende el contraste de la luz y la oscuridad.

Te prometo Enana –como te dice la abuela- que seguiremos despertando al abuelo de alguna siesta, cuando estés en casa. Y que él te seguirá salpicando con soda en la mesa, cuando el sifón ya esté en el final, como lo hacía todos los días.

Sé que no te olvidarás de los olores y sabores de la cocina de la Abu Bea, de los ruidos de las puertas, ni del viento en las ventanas de tu primera casa. Pero también sé que descubrirás nuevos sabores, nuevos sonidos, nuevos aromas, que te irán formando mientras vayas transitando este camino tan maravilloso que es la vida.

Todos nos acostumbraremos a los cambios. Deberemos acostumbrarnos. Porque con los cambios necesarios viene el crecimiento.

Acá quedaron muchos cuentos por leer y muñecas por vestir, dibujos por hacer y canciones por cantar; habrá mucho tiempo para hacer todo esto juntos. Te lo prometo también.

Recuerda Julia, que por las noches, estaremos mirando la misma luna…

Te amamos Enana…

                                                      Abu Bea

miércoles, 11 de enero de 2023

LA ÚLTIMA ZAMBULLIDA (un homenaje a Sambo, nuestro perro rescatista)

                                                          30 de diciembre de 2022

   Ayer se nos fue Sambo. Un perro que llegó desde Rafaela, junto a su hermanita, en una caja, hace algo más de 9 años. Hacía poco que se había muerto Teo y, para calmar esa tristeza, incorporamos dos cachorros a la familia.: Sambo y Mora; él negro, ella blanca. Lloraron todo el camino cuando los trajimos en el auto, y parecían animalitos de peluche esponjosos y suaves. Los dejamos durmiendo adentro de la casa porque ya se aproximaba el invierno. Cada mañana desayunábamos con ellos, dándoles tostadas al lado nuestro; siempre esperaban la última, a la orden de “fin de desayuno”, lo que implicaba el final de ese manjar crujiente. Las vueltas a la plaza eran habituales, aunque Mora se volvía sin completarla, quizás porque alguna vez tuvo una mala experiencia con otro animal; pero Sambo seguía con nosotros, y si había agua acumulada por lluvias abundantes, corría a toda velocidad por esas piletas naturales que lo refrescaban y donde descargaba toda su energía.

Se comunicaba de distintas formas; una de ellas era buscar alguna zapatilla o bota y traerla, cuando alguien, que no pertenecía a la familia, llegaba a la casa; por eso, muchas veces sabíamos que había entrado alguna persona ajena porque encontrábamos un calzado fuera de lugar, en la cocina o en el comedor. Cuando llegó Julia, también la tomó como alguien extraño, lo que la hacía acreedora a una zapatilla.

Le tenía miedo a las tormentas y, cuando se escuchaban los primeros truenos, venía con su hermana a nuestro dormitorio y se ubicaban cada uno al lado de la cama, Sambo del lado de Pepe y Mora, a mi lado. Aunque a veces también dormía arriba con Virgi, Emi o Fer, cuando encontraba una puerta abierta y aunque no hubiera tormenta. Los últimos días, cuando ya estaba convaleciente, venía a nuestra pieza o a la de Ceci, se quedaba parado y nos respiraba cerca de la cara; allí notamos que la tormenta que se avecinaba era otra.

Su cuerpito resistió todo lo que pudo con la ayuda de todo lo conocido para enfrentar su desmejoramiento diario que nos desconcertó hasta último momento. Pero los análisis, sueros y medicamentos no fueron suficientes, porque no se puede ir contra la naturaleza, por más remedios que la ciencia haya inventado. Y la impotencia nos iba invadiendo.

Su cuerpo de perrito rescatista resistió todo lo que pudo. Porque él era un perro rescatista; se arrojaba a la pileta cuando alguno de nosotros lo hacía, y nos tomaba de la muñeca hasta arrastrarnos a la orilla, cuando veía que ya nos encontrábamos “a salvo”.

Ayer fue su última zambullida. Y esta vez fue Ceci la que tuvo que rescatarlo a él, porque su cuerpito no resistió para salir. Quizás él lo quiso así. Seguramente Mora te buscará por mucho tiempo; probablemente nosotros te veamos en cada perro negro que se nos cruce. Te recordaremos siempre Sambo.



miércoles, 2 de junio de 2021

"Tejiendo la tarde" (de la autora)

 


Es otoño y me siento a tejer en la galería mientras va cayendo la tarde. Pongo la radio. Un punto derecho, un punto revés, tomo tres puntos para hacer la trenza, y los cruzo. Las agujas se resbalan entre mis dedos y la lana, mientras pasa el tiempo y sigue pasando la vida.  Me detengo. Cuando levanto la vista, el cielo me sorprende con una gama de colores que contrastan con los árboles y el farol del patio, recordándome que algunas cosas siguen su rumbo normal a pesar de todo. Tomo el celular e inmortalizo la tarde –no con mi mejor foto, como seguramente me reclamarán mis hijos-. La radio sigue regalándome canciones. Abel Pintos, Rosana, Sergio Dalma. Perfecto. Tomo los colores del cielo y los sones que sobrevuelan y los entrelazo en el tejido que estoy terminando para Julia, que está por nacer. Un punto derecho, un trozo de cielo rojizo, un punto revés, un verso de Abel Pintos, en la trenza deslizo un rayo del sol que se va y una hoja del otoño que todavía no se va…

El abrigo ya casi está terminado, hecho de lana, cielo y canción…

miércoles, 11 de noviembre de 2020

"Vigilada" (de la autora)

Esta mañana, cuando abro el mail, me encuentro con la actualización de octubre de Google Maps. Por curiosidad, entro a ver. Guau! Qué vigilada estoy! Un plano con globitos rojos me detalla mi ubicación durante ese mes: las ciudades y lugares visitados en cada localidad, los kilómetros recorridos a pie, en bicicleta y en auto, y me adjunta imágenes de esos lugares. Por ejemplo, me cuenta que este mes - y yo agrego, debido a la cuarentena- sólo estuve en la plaza de mi pueblo y en algunos negocios tipo carnicería, despensa y pollería, de los que aparecen fotos- si quiero, puedo encontrar detalles de esos comercios. Si voy más allá, encuentro mi actividad anual, o desde que estoy registrada- no sé dónde- y puedo ver otros globitos rojos en otros lugares del mapa del mundo. Me informa, además, que este 2020 he recorrido, hasta ahora, 3.548 km, que equivale al 9% de la circunferencia de la tierra. Que he visitado tanta cantidad de países, no sé cuántas ciudades y otra tanta cantidad de lugares, que si entro, me detalla con precisión- desde un viaje al exterior hasta mi visita al ginecólogo- como si alguien hubiera estado conmigo registrando todo minuciosamente, con fecha, hora y hasta posición geosatelital, incluyendo alguna foto que yo he tomado, y las rutas, repito, a pie, en auto, en mula o en lo que haya viajado, y el tiempo que me llevó recorrerlas. Me sorprendo, un poco me asusto; no sé si me gusta tanto detalle. 



miércoles, 29 de abril de 2020

DÍA DEL ANIMAL- "La zorra" (de la autora)


(1ª  Mención en Cuento "XXIV Concurso Literario Provincial Mario Vecchioli" - Municipalidad de Sunchales- Sta. Fe -Argentina-2012)
     Esta es la historia de una zorra, que trajeron, hace un tiempo, del campo al pueblo y no tardó en adaptarse como parte nuestra comunidad. Se instaló en un sector que, podríamos decir, es donde hay más movimiento y la entrada obligada para todo el que llega a Clucellas, un pequeño pueblito agrícolo-ganadero de la provincia de Santa Fe. Comenzamos a llamarla “La Zorri”.
     En seguida se ganó la simpatía de todos los vecinos, incluso de las sociedades canina y felina que habitaban el barrio y que la tomaron como un entretenimiento diferente, ya que frecuentemente se la veía jugar con integrantes de estos dos grupos. Era común verla transitar por patios y jardines o frentes de casas, cuyos dueños trataban de no hacer ruido para no espantarla, y mantenerla un ratito más, como si fuera su mascota. Nadie sabía bien donde dormía porque siempre “aparecía” y todos le daban de comer. Cuando veía que alguien le traía comida, se acercaba lentamente, calculando la distancia, y esperaba que la persona se alejara para recién tomar su ración. A veces, se alimentaba de los balanceados de los perros y gatos que robaba con mucha astucia, mientras el verdadero dueño de la comida estaba distraído.
     Formaba parte, también, de las reuniones sociales, durante el transcurso de las cuales comía de las sobras que “caían” al suelo. Era habitué, por ejemplo, de un club del barrio donde semanalmente un grupo de amigos se reunían a comer y donde ella era también protagonista, pasaba casi desapercibida alrededor de la mesa, sin acercarse demasiado, hasta que alguien le tiraba algún pedacito y entonces salía a gran velocidad con el preciado trofeo. Por las mañanas, asistía al izamiento de la bandera en la escuela primaria, lo que distraía la atención de los alumnos que cantaban “Aurora” parados en la fila. Y por las tardes concurría al “campito” donde los chicos se juntaban a jugar al fútbol, ella los provocaba e intentaba quitarles la pelota sin ninguna intención de atacarlos o se quedaba en un extremo de la canchita observándolos mientras jugaba con algo que había encontrado.
     Para los extranjeros era una novedad y un atractivo pintoresco del pueblo. La radio y el cable local hicieron un informe especial que luego transmitieron a localidades vecinas, informando sobre nuestro simpático individuo. También fue motivo de fotos para quienes queríamos tener un testimonio de que lo salvaje puede convivir en armonía con lo doméstico y cotidiano.
     Solitaria, distante y observadora, siempre midiendo las distancias, no se dejaba tocar, como sabiendo que estaba en un lugar que no le correspondía. Pero rondaba libremente las calles del pueblo y ya todos sabíamos que formaría parte de la historia de Clucellas, por eso, la cuidábamos. Cuando pasaba un auto o cualquier vehículo por esa zona, el conductor reducía la velocidad si veía que la zorra estaba cruzando. Y cuando hacía unos días que no aparecía todos preguntábamos por ella y sólo nos quedábamos tranquilos cuando alguien afirmaba con seguridad “yo la vi ayer” o “estaba jugando en tal o cual esquina”.
     De a poco y no sabemos por qué, se fue cambiando de barrio. Y algunos decían que la habían visto peleando con otros perros, varios de ellos acostumbrados a cazar. Muy rara vez se asomaba por el centro del pueblo y su habitual ausencia ya nos preocupaba.
     Un día pasó lo imprevisible, o quizás lo previsible. La zorra volvió al barrio, herida. Se recluyó en el rincón de un patio y casi no se movía. Fue en esos instantes cuando permitió que se le acercaran y la tocaran, acaso en señal de agradecimiento por todo lo que habían hecho por ella los humanos. Un agradecimiento silencioso y profundo, reflejado en su mirada, que poco tenía de salvaje. Había invadido un espacio equivocado, el de los animales domésticos, y la naturaleza, sabia y perfecta, se lo reclamó. A lo mejor, llamó demasiado la atención de los hombres para que los otros animales soportaran su presencia. Celos, lo llaman algunos, competencia, le dicen otros, la supervivencia al fin.
     Ni siquiera el veterinario la pudo salvar, las heridas ya habían hecho lo suyo, en ella… y en nosotros.
 Publicado en el libro “Sentate que te cuento”- Editorial de los cuatro vientos- Bs. As.- 2009.

jueves, 9 de abril de 2020

"Crónica detrás de una ventana" (de la autora)

     Tengo el cabello demasiado largo. Mientras me miro al espejo viendo cómo me lo puedo acomodar, pienso en qué película vi todo esto. Barbijos, cuarentena, pandemia, respiradores. Hoy tampoco voy a salir, y como yo, muchos. Desde la ventana veo pasar a unos pocos, andando en esta mañana de un otoño diferente. Todo es confuso; los caminos a seguir no están demasiado claros. Y eso nos asusta. El mundo está dado vuelta y no sabemos cómo acomodarnos. Cualquier situación nos resulta una amenaza. 


     La naturaleza es, a veces, traicionera e impredecible. Nos sorprende con un virus desconocido que aparentemente va mutando; algo así como en la Evolución de las Especies de Darwin. Y me viene a la memoria un ensayo que escribí sobre ese tema, para un final de Lengua Inglesa, allá por 1986; quizás mi profesora de esa materia aún lo recuerde.
       Y aunque se tomaron algunas medidas y las ciudades están vacías, el veneno sigue circulando silenciosa y clandestinamente, mostrando su poder devastador. Y aquellos que están en la calle, los que no pueden quedarse en su casa porque son esenciales para mantener el orden sanitario y social, son los que están más expuestos. Ciudadanos silenciosos, anónimos, y muchas veces, vapuleados.
     Pero los que nos quedamos adentro, debemos seguir con la vida. Cambian nuestros horarios y nuestros hábitos, y muchas veces no sabemos qué día es, porque todos los días son iguales.  
     Nos encontramos haciendo cosas que nunca habíamos hecho, compartiendo momentos y espacios forzados, tratando de llevar adelante una situación que no sabemos hasta cuándo se va a extender. Los espacios se acomodan. El living pasa a ser un área de trabajo para aquellos que pueden seguir con sus tareas desde la casa, enviando material por medios virtuales. Adecuamos otro lugar para hacer gimnasia; sacamos la máquina de coser para hacer los tan necesarios barbijos. Y hacemos alguna llamada telefónica o enviamos mensajes para no perder ese contacto social que nos mantiene vivos.
      El televisor pasa a ser un artefacto fundamental para mantenernos informados y entretenernos en estos momentos de aislamiento. A través de este aparato, recibimos los datos actualizados que cambian día a día, y las imágenes que se repiten en el mundo, como si todos estuviéramos viviendo en un mismo barrio. 
     Es una época difícil, que nos demanda un enorme esfuerzo y respeto por el otro. Pero también es una época donde aparecerá lo mejor y lo peor de cada uno.
     El otoño sigue afuera. Vendrá el invierno, y no podemos bajar los brazos.
     Y mientras me recojo el pelo como puedo, pienso- ya nunca más volveremos a ser los mismos.

viernes, 24 de enero de 2020

"Desde la higuera"- (De la autora)


En una carrera constante contra los loros depredadores, me subo a la higuera a rescatar higos para hacer dulce. La mañana está nublada, ideal para mi “aventura”. La planta está cargada, y la lluvia está acelerando el proceso de maduración. Si no me apuro, nos quedaremos sin higos. Es un árbol añejo que sobrevivió a las inundaciones, cuando el patio estaba lleno de agua, y que fue testigo de
aventuras y escondites, de juegos y travesuras de la infancia, n
o solo de mis hijos, sino también de Pepe y sus amigos. La higuera estuvo desde siempre, me dice. Desde allí, según me cuenta, podía ver cuando el cartero- Atilio Bonino- pasaba en bicicleta haciendo equilibrio sobre el cordón de ladrillos que delimitaba con la calle, cuando todavía no había vereda.
Con una bolsa en la mano, trepo por los troncos más firmes, asentando mis zapatillas. En un intento por espantar a los loros, he colocado un viejo muñeco colgado de sus ramas, a modo de espantapájaros. Pero no ha funcionado demasiado; los pícaros pericos siguen llegando en bandadas, confundiendo su color con las grandes hojas.
Ya desde la “cima” puedo ver las tipas de la plaza, a lo lejos, más allá de los tejados. Varios higos ya están por la mitad, o heridos por los picotazos. Lástima. Junto algunos más sanos y los voy colocando en la bolsa. 

De pronto, un loro se posa sobre una de las ramas; aparentemente no se ha percatado de mi presencia, o me está desafiando. Tomo mi celular con la mano que me queda libre, y trato de sacarle unas fotos, intentando mantener el equilibrio sobre la inestable planta; él se traslada de gajo en gajo buscando la deliciosa fruta. Lo espanto, aunque cuando yo baje, sé que volverá.
Sigo con mi tarea, esperando que no me vean desde la calle, ya que la planta linda con un tapial que da a la vereda. Cuando siento que la bolsa está pesada, emprendo el descenso con mucho cuidado; espero llegar sana y salva a tierra firme. He recolectado casi dos kilos, calculo; suficiente para llenar unos frascos. Y mientras me alejo hacia la cocina, siento el parloteo de las cotorras que vuelven al ataque…



miércoles, 9 de octubre de 2019

"Más allá de la guerra" - (de la autora)


Voy escuchando las noticias en la radio mientras ando en el auto por el pueblo, haciendo las compras. Debo detenerme en un negocio, pero antes, quiero escuchar el informe del periodista. Un veterano de guerra de Malvinas recibirá su casco que fuera entregado por un marine inglés en la embajada argentina en Londres, luego de 37 años. Ambos se habían enfrentado en el Monte Harriet, el 11 de junio de 1982, en una cruel batalla que dejó herido gravemente al argentino Héctor Pereyra. Andy Damstag lo tomó prisionero primero y luego lo protegió con su casco para que no fuera alcanzado por la artillería argentina. Luego lo llevó a un
hospital donde los médicos británicos le salvaron la vida. Los dos marinos tenían 18 años en ese momento y según relata el argentino, su “enemigo” inglés le comentó que no tenía idea de la existencia de las islas. También hablaron de fútbol; Andy le mencionó a Ardiles, que en ese momento estaba jugando en el Tottenham de Inglaterra. En esos momentos de confusión donde no se sabe bien qué están haciendo en una guerra de otros, esos chicos trataban de llevar adelante la situación hablando de temas que los sacaran del lugar. 37 años después, Andy lo contactó por las redes sociales y acordó devolverle el casco que tuviera su nombre y DNI. En el acto que se realizó en la embajada de nuestro país en Gran Bretaña, Andy besó el casco antes de entregarlo, lo que emocionó profundamente a los presentes.
     No puedo dejar de pensar en la situación. Una guerra, cruel, devastadora, feroz. Con tantas víctimas. Pero aún así, aparecen ciertos actos de nobleza que engrandecen a las personas. Y me entristece compararlo con la actualidad, donde encontramos diariamente un grado de enemistad dentro de nuestro país, como si estuviéramos viviendo una guerra. Y aunque busco, no encuentro un solo acto de nobleza que engrandezca a nadie. Todos somos enemigos.

El veterano de Malvinas Héctor Pereyra recuperará su casco ...

miércoles, 25 de septiembre de 2019

"Feriado inesperado"- (De la autora)

Nos levantamos temprano, más que lo habitual, para ir a Rafaela. Cuando uno viaja del pueblo a las ciudades cercanas, siempre “acumula” varias cosas para hacer: trámites, compras, etc. Mientras estamos llegando, mi hija averigua por teléfono por algo que yo debo comprar en un negocio donde ella tiene un conocido, y le dicen que “mirá, hoy no, porque está cerrado por el Día del Empleado de Comercio”. Nuestras caras cambian por completo; igual seguimos. Algo estará abierto, pensamos, un supermercado, algún negocio. Pero no, todo herméticamente cerrado; algunos locales hasta con persianas y rejas. Bueno, la dejo a ella que tiene una reunión y voy al centro a ver qué puedo hacer. Igualmente me traje un libro; en la plaza me podré sentar a leer. Estaciono, y antes de bajarme le mando un mensaje a Claudia, que vive acá, por si tiene tiempo de tomar un café. En seguida me contesta que “lástima, estoy saliendo para una reunión”. Me sugiere un super Chino que “puede estar abierto”. Me bajo del auto y camino hacia el centro. Me cruzo con Julián Ratti. Claro, él no me conoce, pero yo lo escucho siempre en la propaladora de mi pueblo. Los lugares donde debo ir están cerrados; ya lo comprobé. El Chino también. Igualmente me consuela que no soy la única; una pareja está leyendo el cartel y comentando que no sabían. Sigo caminando, el día está precioso y la primavera se palpita en el aire. Miro las vidrieras que no tienen las persianas cerradas; tengo tiempo de ver todas las novedades y leer todos los carteles,  pero me aburre; no vine a mirar vidrieras. Me cruzo en la vereda con un empleado del Correo Argentino en bicicleta que está repartiendo la correspondencia en los negocios cerrados; claro, no tiene problema porque las veredas están vacías. Veo un local abierto y me alegro, pero es de quiniela. Yo ni siquiera juego; podría empezar hoy, pienso. Llego hasta el cine y cruzo la calle. Del otro lado me vuelvo a encontrar con el empleado del Correo. Llego a un café,
entro y me siento en una mesa que da a la calle, así tengo luz para escribir mientras tomo algo; hay varias mesas ocupadas. Escucho una canción de Abel Pintos que me alegra la mañana, siempre es bueno escucharlo. Cuando llega la camarera le pido un café y busco en mi cartera algo dónde escribir y una lapicera. El cuaderno que tenía adentro lo dejé en casa, y los lentes quedaron en el auto. No importa. Una servilleta va a ser muy chica. Revolviendo, encuentro un viejo presupuesto arrugado en el fondo de la cartera, que me puede servir; la parte de atrás está en blanco. Escribo igual, sin lentes y en el papel desprolijo. Levanto la vista cada tanto para mirar las noticias en el televisor; la vista me va a pasar factura, seguro. Por la ventana veo que pasan algunas personas caminando. Pocas. Busco en Internet por la fecha del día del Empleado de Comercio, porque tengo mucha duda. ¿Cómo no escuchamos nada? Encuentro información que me confunde aún más:  
“El 26 de septiembre, los/as empleados/as de comercio de todo el país celebramos nuestro día, conforme con la ley 26.541, sancionada el 11 de noviembre de 2009; ratificando lo establecido por el artículo 76 de nuestro Convenio Colectivo de Trabajo 130/75. Para este 2019, se ha resuelto, trasladar el feriado para el lunes 23, con el objetivo que todos los trabajadores y trabajadoras puedan gozar de su día de descanso.” 
 ¿26 de septiembre? ¿23 de septiembre? Hoy es 25 de septiembre. Bueno, festejemos los 3 días. Siempre hay lugar para un feriado más.

domingo, 28 de julio de 2019

Tardecita en la Biblioteca (de la autora)

     Y por allí anduvimos. Por los pagos de Merceditas Strickler Kahlow, la “aromada florecita” de la que se enamoró el entrerriano Ramón Sixto Ríos, en la década del 40, a quien “conoció en el campo allá muy lejos una tarde, donde crecen los trigales…”; y que lo llevó a escribir la popular canción que fue traducida a nueve idiomas y  versionada por más de 90 intérpretes de distintas partes del mundo. Por ahí anduvimos, en una biblioteca casi centenaria de nombre raro- Beck Herzog-, buscando un premio del IX Concurso Literario cuyo tema era “En este cuento nadie murió”. Complicado y original. Porque siempre es más fácil terminar un cuento con una muerte.
     Llegamos un poquito tarde, anunciando nuestra entrada con el chirrido de la puerta principal. Se hizo silencio en el acto ya comenzado y nos ubicaron en las sillas vacías de la primera fila, mientras nosotros pedíamos disculpas por haber interrumpido. La entrega de premios se fue desarrollando en un marco distendido, con presentación de libro, lectura de cuentos y un pequeño interludio musical a cargo de intérpretes locales, con canciones de Jazz, Funk y Tango.  
     Por allí anduvimos, y luego de dejar mis libros, nos retiramos, y cuando estábamos saliendo, el intendente local nos saludó, y nos contó un poco sobre el origen de los apellidos, en su mayoría suizo-alemanes, nos recordó que también la bella cantante de tango Rosanna Falasca era oriunda de Humboldt, nos informó sobre un próximo hermanamiento de la localidad con un pueblo suizo- alemán (del que ahora no recuerdo el nombre), y nos invitó a la Fiesta del “Gran Gulasch” que se llevaría a cabo próximamente.
    Y nos fuimos, habiendo pasado una velada amena, dejando atrás “la queja errante” que “en la campiña va flotando, el eco vago de la leyenda que aún palpita” recordando un amor no correspondido.


sábado, 15 de junio de 2019

"Dependencia" - Con un poco de humor (De la autora)

Siempre me he resistido a las dependencias. Ni bien me levanto, descubro que habrá corte de luz programado (información que me perdí), y por lo tanto deberé cambiar algunos hábitos de la mañana. Por lo pronto, no puedo poner el lavarropas. Total, con la humedad que hay, puede esperar. Me propongo preparar el desayuno. Descarto la pava eléctrica, no es tan grave. Busco las luces de emergencia para “salir del paso” pero no funciona ninguna. Recurro a una linterna y enciendo un par de velas, que reparto entre la cocina y el comedor, porque con la luz natural de las ventanas no alcanza, porque está nublado. Resultó ser un desayuno romántico. Siguiendo con la rutina, hay algunas actividades que también deberé postergar, ya
que tengo que hacer algunas cosas con la computadora. Decido hacer una torta; busco la receta y preparo los ingredientes. Cuando pongo la manteca y el azúcar en el bowl, me doy cuenta que no puedo usar la batidora. Menos mal que voy a tenis y tengo un poco de fuerza en los brazos. El horno es a gas, así que hornearla no es un impedimento. Mientras espero, me siento a escribir esto. Tomo dos hojas de papel y una lapicera – ya que no puedo hacerlo en la computadora- y me pongo los lentes. Luego de un rato, me doy cuenta que debo cambiar de posición para no hacerme sombra con la mano que interfiere con la luz de la ventana. Ya son más de las 11 y la mañana está perdida. O no. Quizás haya disfrutado el desayuno romántico, la preparación de la torta sin electrodomésticos que agilicen la tarea, y la escritura a mano del texto. Y sí, la dependencia muchas veces nos lleva a hacer lo mismo todos los días. Quizás esté bueno cambiar de vez en cuando.

martes, 28 de mayo de 2019

"El salón"- (De la autora)



     Mientras caminamos alrededor de la pista, haciendo las últimas vueltas de la clase de gimnasia, tratando de recuperar la respiración normal, mi mente retrocede de pronto, en el tiempo. Tengo ese hábito, el de hacer varias cosas a la vez; en algunas ocasiones esto me ha traído algunos problemas. Pero camino y pienso, no sé cuántas veces he pisado estas baldosas en damero amarillas y rojas, y cuántas historias guardan estas cuatro paredes.

     En realidad no importa cuántas veces sino en qué ocasiones lo he hecho. Y voy más atrás, mucho más atrás, hasta donde me permite la memoria. Mientras voy recorriendo los distintos rincones del salón, encuentro situaciones, percibo momentos, y escucho voces y melodías que me atrapan y me estremecen.
     Paso frente al escenario que ya no tiene el pesado telón de paño rojo, y descubro a una niña de unos nueve o diez años, de cabello largo y flequillo, que está entregando flores a las quinceañeras que van apareciendo mientras escuchan sus nombres, en el tradicional Baile de 15 años, y que bajan a bailar su primer vals. Esos acontecimientos sociales, que engalanaban al Club Florida y al pueblo, atraían a todas las adolescentes de la zona a presentarse en sociedad, y por supuesto, a todos los galanes disponibles que permanecían atentos debajo del escenario.
    Continúo caminando en sentido contrario a las agujas del reloj y llego a la ventana angosta y alargada que está ubicada en la parte noreste, donde era la cocina, y que habilitaba la salida de la comida para los almuerzos o cenas que se realizaban en distintas celebraciones como Fiestas Patronales, casamientos o cumpleaños. Y escucho las voces de las mujeres cocinando, riendo, disfrutando. Damas de esa época que dedicaban tiempo y esfuerzo para ello. Los aromas a platos recién horneados me deleitan, y veo salir a los mozos con sus impecables chaquetillas blancas y sus bandejas cargadas. Los esquivo y sigo caminando.
       Un poco más adelante, paso exactamente donde yo estaba sentada la noche en que mi marido me sacó a bailar por primera vez, en un baile, por allá por mayo de 1981. Todavía recuerdo mi corazón latiendo y mis piernas temblando; mis ojos lo buscaban entre los muchachos que se alineaban delante de las mesas donde nos sentábamos nosotras, esperando la “cabeceada”. Y allí está Pepe; acepto la invitación. Recorro con la vista el trayecto que hice desde mi silla para llegar hasta él, donde luego bailamos al ritmo de la orquesta, exactamente adonde estoy pisando ahora. El mundo se había detenido a nuestro alrededor, y allí comenzaba nuestra historia.
      Sigo caminando. Llego a la entrada de los camarines ubicados a ambos costados del escenario, que hasta hace poco estaban llenos de agua por las repetidas inundaciones ocurridas- increíblemente el agua los anegó, algo que no había sucedido nunca- y puedo ver los trajes y disfraces colgados en perchas, las madres maquillando y peinando a sus hijos en las veladas escolares, y los actores listos para salir a escena en las tareas de la “Campana de Cristal”. El bullicio pasando letra o recordando coreografías se escurre por todos los rincones; las voces de las maestras o directores apresurando el tiempo para salir a escena o aprontando los últimos retoques de alguna obra se filtran por las rendijas e invaden el salón. Y aunque ninguna de mis compañeras de gimnasia los escucha, yo los tengo en mis oídos, claros y presentes. Me lleno de recuerdos. Y eso hace que me distraiga de la actividad que estoy realizando, trasladándome, transportándome mágicamente. La mente tiene ese poder que no podemos desperdiciar.
     Allí, sobre el escenario, también me encuentro con mis compañeros recibiendo el diploma de quinto año, de manos de nuestros profesores, en una fiesta cargada de emociones. Tengo que leer el discurso final de despedida representando al grupo. Con esas últimas palabras marcamos el fin de una etapa y el comienzo de otra. Allí nos separaremos y cada uno seguirá su rumbo. Algunos volveremos a encontrarnos más adelante en la vida. Abajo están la familia, los novios, los amigos; gente de mi pueblo que está para compartir el evento.
     Sigo el trayecto y escucho las ruedas de los patines de mis hijas pasando a mi lado; me rozan con sus brillosos trajes de lentejuelas y lameta, y una vez más la música para acompañar la coreografía del Festival de fin de año, me seduce, los aplausos llenan la sala. Más adelante, escucho el vals de mi casamiento y veo a los invitados, algunos de los cuales ya no están, levantándose de las mesas para no perdérselo; el fotógrafo estará inmortalizando la situación también, en los distintos rincones del salón. Esa noche, he danzado por esas baldosas junto a mi marido, pasando exactamente sobre las huellas cuando bailamos por primera vez, antes de ser novios. Percibo una sensación muy extraña, casi mágica, que me llena el alma. También el vals de los quince años de mis tres hijas me rememora las imágenes de las respectivas fiestas en este mismo lugar; en un rincón encuentro las serpentinas y algún gorro dejado al descuido.  
     Completo la segunda vuelta y regreso al escenario, y allí está mi hijo, con la camiseta a rayas roja y blanca recibiendo su primer trofeo de la escuelita de fútbol, con una emoción que sé que lo embarga y que no va a olvidar.  Más adelante, también estaremos allí, festejando campeonatos y levantando copas, y sonará el himno de Florida, llenándonos los ojos de lágrimas.
     Himnos, valses, voces y aromas. Historias que comienzan y que terminan. Festejos y celebraciones sociales y familiares. Y esas baldosas rojas y amarillas, con tantas huellas…
      Ya hemos terminado la clase de gimnasia, donde mi hija, es la Profesora, y cuando llego a la puerta para irme, percibo una campana que suena. Entonces me detengo una vez más mientras mis compañeras se dirigen a la salida,  y me sorprendo al escuchar las voces del Jefe y de Lili,  anunciando: *“Tarea cumplida”.

Nota:   Frase con la que se finalizaba cada tarea en la “Campana de Cristal”.

sábado, 27 de abril de 2019

"Carta para Sergio" (De la autora)

A Sergio Denis
 
“La vida vale la pena” Sergio, vos lo cantaste. Te iniciaste en la canción desde muy pequeño. Ya a los 16 años integrabas la banda “Los Jokers” y recorrías los alrededores de Coronel Suárez con tu voz. “Los Bambis” fue tu otro grupo musical antes de lanzarte como solista. Como todos los grandes cantantes, pasaste por los “Sábados Circulares” de Pipo Mancera, en Canal 13. Desembarcaste en el cine en una que otra película, y en 1974 fuiste el primer cantante melódico argentino en actuar en el Teatro Ópera, con una orquesta de 36 músicos. Recibiste premios, grabaste temas con tus pares y también incursionaste en otros géneros como el folklore, y te animaste a interpretar canciones en español que antes habían sido grabadas en inglés, como “Pipes of Peace” (Pipas de la paz) de Paul Mc.Cartney o “Nothing’s gonna change my love for you” (Nada va a cambiar mi amor por ti) de Glenn Medeiros. Participaste en un disco navideño con una versión propia de “La Misa Criolla” de Ariel Ramírez. Pero el pop melódico y la balada romántica eran lo tuyo. Son lo tuyo. Recientemente, en 2017, recibiste el premio Gardel al Mejor Álbum Artista Romántico Melódico, y en 2018, el premio Gardel a la Trayectoria, de la mano del Presidente de CAPIF, por tu destacada carrera discográfica en 49 años.
El 11 de marzo estabas dando un recital en el Teatro “Mercedes Sosa” de San Miguel de Tucumán, cuando caíste del escenario, frente a tu público que no podía creer lo que estaba ocurriendo. La ironía del destino hizo que te dispusieras a cantar “Te llamo para despedirme” justo en ese instante. Quizás estabas demasiado concentrado, tal vez te encandilaron las luces. Te repito, tu público no lo podía creer. Fuiste parte de mi adolescencia Sergio. Tuve la suerte de verte en el escenario, y en una ocasión  te crucé en la calle, cuando estabas entrando al Cine-Teatro Belgrano de Rafaela. Mucho me has acompañado; tantas noches te he escuchado. No creo que sea el momento para partir. Quizás tu voz deba seguir sonando en las radios, en los autos, en los festivales, en los teatros. Para que podamos identificarnos cuando cantás “Gigante, chiquito”, o alguna melodía como “Por ti” nos retrotraiga a los danzantes de los 80. La vida vale la pena Sergio. Pensalo. 

Sergio Denis - Wikipedia, la enciclopedia libre



miércoles, 20 de marzo de 2019

Trámite (De la autora)

Tengo que hacer un trámite para averiguar algo por teléfono. Con el celular, marco el número. Me atiende una computadora que me informa que espere en línea para comunicarme con uno de sus representantes. Espero. La música es bastante agradable para hacerme compañía. Mientras, junto algunas cosas que están dando vueltas por la casa, siempre con el teléfono pegado a mi oreja. Me atiende alguien: -Buenos días, le habla Camila, en qué puedo ayudarle?. - Buenos días, mire yo tengo que hablar con Fulano de Tal. – En seguida le comunico, espere en línea. Otra vez la musiquita. Espero. Y voy acomodando otras cosas, junto una tijerita que no debería esta aquí, abro ventanas para que entre el sol, levanto ropa sucia para poner en el lavarropas. De pronto, silencio en la línea. Se cortó, pienso. Vuelvo a marcar el número. Luego de esperar nuevamente a un representante humano con el acompañamiento musical, me atiende alguien. Otra persona. -Buenos días, le habla Noelia, en qué puedo ayudarle?. – Buenos días, recién llamé para hablar con Fulano de Tal y me dijeron que espere, pero creo que se cortó la comunicación. – Se cortó o quedó mudo? – Bueno, quedó mudo. – Tiene que esperar a que la atiendan cuando queda mudo. Con paciencia le respondo. – ah no sabía, bueno entonces fijate si podés comunicarme. – Espere en línea. Espero. Y acomodo los portarretratos, preparo el libro que tengo que fotocopiar y el escaner, siempre con la cálida musiquita de fondo que ya me está alterando. Luego de unos minutos, y sin haber cortado, me atiende otra persona. -Buenos días, le habla Agostina, en qué puedo ayudarle?. –Mirá, yo llamé antes y ya me pasaron por dos personas que me preguntan lo mismo y no me comunican con Fulano de Tal. Si esta persona no me puede atender, me podés averiguar quién me puede informar sobre el tema?- Usted se está comunicando con un conmutador, espere que le averiguo. Espero. Música. Camino por la casa con el celular pegado al oído y mantengo el archivo abierto en la computadora para volver a la pantalla para cuando alguien que no sea del conmutador me pida los datos sobre lo que necesito averiguar. De pronto, otra vez el silencio. Espero, como me dijo la operadora. Pero me canso y corto. Vuelvo a marcar. Y siento, necesito pensar que conmigo no van a poder. Pero pueden. Siempre pueden. Primero la computadora, a la que no puedo reclamar, luego la música, que ya no me parece tan agradable y por último, la operadora, que me parece alguna de las que ya me atendió. -Buenos días, le habla Camila, en qué puedo ayudarle?. – Si, yo no sé si ya hablé con vos, porque llamé tres veces. Averiguame si alguien me puede atender así no espero. Si no puede Fulano de Tal, avisame por favor. – Espere en línea. Respiro hondo. El archivo sigue abierto. Pongo la ropa en el lavarropas y activo el manos libres para escuchar por si me atienden. – Buenos días, habla Fulano de Tal.  Aleluya. – Buenos días, yo te quería consultar porque ya te envié tres mails sobre este tema y no recibí respuesta. – Ah, me fijo. (Busca) Mire, va a tener que hablar con Mengano por ese tema porque yo esto se lo derivo a él. – Vos no podés preguntarle a Mengano y luego informarme por mail? Digo, ya que seguramente tenés un acceso más directo, además ya te envié todos los documentos que me pediste. Cuando corto me siento como si hubiera corrido una maratón. Pero bueno, por lo menos la casa está un poco más ordenada.

lunes, 4 de marzo de 2019

Destino San Javier - Justo Ahora - Ganadores Competencia Internacional Festival Viña del Mar 2019



JUSTO AHORA
     “Justo ahora yo me vengo a enamorar de aquellos ojitos negros…”, escucho que comienza la zamba en un programa de televisión de los domingos al mediodía. Inmediatamente identifico al conjunto folklórico que la está interpretando: Destino San Javier. Con esa canción se presentan en el Festival de Viña del Mar en Chile. Los tres tucumanos son hijos de dos de los integrantes del “Trío San Javier”, emblemático grupo folklórico que tuvo sus orígenes en los años 70. Pedro Favini, Pepe Ragone y el Paz Martínez fueron los primeros, retirándose este último para seguir su carrera como solista, y siendo reemplazado por Carlos Bazán. La repentina muerte de Favini en un accidente marca el final de una etapa. Es ahora que los hijos de Ragone y Favini forman el nuevo grupo, continuando con el consagrado repertorio de sus padres. Pero la historia conocida siempre tiene una anécdota, que marca momentos especiales. Nosotros seguíamos al Trío San Javier por los Festivales de Cosquín o en sus ocasionales presentaciones en la zona. En una oportunidad que se presentaron en San Francisco fuimos al show, estando yo embarazada de una de mis hijas. Así fue cómo Pedro Favini preguntó quiénes eran las embarazadas de la sala. Por supuesto, levanté la mano y me dedicaron la siguiente canción. Comenzaron a cantar “Será varón, será mujer”, y luego “Se llama Franco mi niño”. Ese niño, Franco (hijo de Pedro Favini), es hoy integrante de Destino San Javier, y me emociona escucharlos al homenajear a sus padres. Hoy son los premiados en el Festival de Viña del Mar en la competencia folklórica, habiendo deslumbrado al público en la Quinta Vergara, recibieron la Gaviota de Plata a la mejor canción y a los mejores intérpretes. Enhorabuena Destino San Javier.