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LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)

Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)

Los encontrarás:
En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.

domingo, 17 de mayo de 2020

"Nadie nada nunca" (por Diego Lanis) TALLER VIRTUAL 3



Papel ajado
base que sostiene
hojas se deslizan
hasta apenas poder
verse.
Puntas que sugieren
dobleces más no
bordes continuos.
Espesores de papel
esconden historias.
Qué blancas las ideas
sin la tinta,
Recuadros de una
carta nunca escrita.
Papeles que amontona
el tiempo.
Recuerdos del futuro.
Resabios de un pasado
presente.
Fruto de un árbol de
leyenda.
Broche que aprisiona
los decires nunca dichos.
Sujeción que no afloja.
Estrías que se mecen
al viento y transportan
letras invisibles al
espacio.
Llave que no gira hace
tiempo.
Cerradura que se espía
a sí misma. Cuando mira
ya no hay nada.
La llave se llevó consigo
al broche, los papeles y
lo escrito.
Fue la última en entrar.
Tras ella, sólo queda
lo inexistente.
Un sueño de papel.


AUTOR: Diego Lanis
C.A.B.A (Buenos Aires- Argentina)

TALLER VIRTUAL 3

"El diario de Zoe" (por Jorge Emilio Bossa) TALLER VIRTUAL 3



Cuando una nave extraterrestre volvió a descender sobre la Tierra, el Siglo XXI (según el calendario de dicho planeta) ya se aproximaba a su final. Habían pasado varios años desde el último aterrizaje. ¿El motivo? El mundo se había convertido en una brasa incandescente. El agua y el aire estaban completamente viciados. Ya no quedaban vestigios de vida animal, ni vegetal. La contaminación, la desforestación, las guerras y la destrucción de las centrales nucleares se convirtieron en una lava, no precisamente volcánica, que arrasó con todo.
Tras haberse apagado aquella pira, el platillo aterrizó sobre un páramo cuadrado, al tiempo que levantaba una nube de cenizas. Sus pocos tripulantes descendieron, provistos de un sofisticado vestuario para evitar efectos nocivos sobre sus cuerpos.
Tefla, el líder del grupo, quien había estudiado durante siglos la vida en dicho planeta, explicó a sus discípulos… “Este sitio era un espacio verde, al que los humanos llamaban ‘plaza’. Estaba cubierto de árboles y flores. También había juegos infantiles. Ese herrumbrado arco de caño era el soporte de unos columpios en los que los niños solían hamacarse. Lo que vemos alrededor de este lugar son ruinas de viviendas. Aquella construcción más grande que quedó por el piso era una iglesia, donde muchos terrícolas asistían a adorar a su Dios.”
Caminaron varios metros y encontraron una casa que, a pesar de su deterioro, aun se mantenía en pie. La puerta estaba caída, sobre la vereda. La corrieron e ingresaron. A medida que la recorrían, veían el penoso estado de los muebles, pero ni vestigios de vida. Tefla narraba qué función cumplía cada habitación. Luego levantó un portarretratos que estaba caído sobre una mesa con su frente hacia abajo. Al tomarlo se desintegró, pero pudieron divisar una vieja fotografía… “Aquí podemos ver una típica familia: el padre, la madre, sus dos hijos (una niña y un varón) y su perro, el animal que cumplía el rol de mascota”.
En el cuarto matrimonial hallaron un placar derrumbado y, entre los restos de madera, una sencilla caja fuerte de hierro. La misma no tenía combinación, solo un simple cerrojo. Consideraron muy importante ese hallazgo, porque lo que hubiera allí dentro seguramente se encontraría indemne a tanta destrucción. Pero debían hallar la llave que develara el secreto.
Al entrar a la última habitación, la angustia se apoderó de los visitantes. Sobre una deteriorada cama se hallaba el cuerpo casi petrificado de una joven muchacha. A su lado, una agenda que en su frente decía “2064”. Tefla la tomó con cuidado, para que no se deshaga entre sus dedos, pero la misma se deshojaba al mínimo contacto. No obstante aquel líder pudo leerla, gracias a sus conocimientos sobre los idiomas del planeta, fruto de numerosos estudios.
Luego les contó a sus subordinados que se trataba del “diario íntimo” de una niña llamada Zoe, donde plasmaba sus vivencias, combinadas con algunos poemas sentimentales. Allí narraba el final de la escuela primaria, desde el cual no volvió a ver al chico que le gustaba. Hablaba de sus amigas, de su fiesta de quince años y de un nuevo amor que asomaba en su vida y a quien pensaba corresponder…
De pronto, aquellos escritos plenos de esperanza comenzaron a cambiar de tenor. De un día para otro ya no tuvo noticias sobre aquel amado pretendiente. De a poco perdió a sus padres, su hermano y su adorado perrito. Zoe, quien era aún una adolescente, se sintió sola en un mundo agonizante. La desazón se apoderó de su espíritu y escribió: “Existe el Diablo. Él es el culpable de todo. Nos hizo creer que era un Dios y nos sumergió en el infierno. Nos envenenó el alma, pero yo no voy a permitir que haga más daño. Lo voy a encerrar en la caja fuerte de papá y a deshacerme de la llave. Me encargaré de vigilar que no salga nunca más de allí”.
Fueron las últimas palabras escritas por Zoe. ¿Habría llegado a tirar dicha llave? se preguntaronTefla y los suyos, y comenzaron a revisar toda la casa. Pero el líder fue quien halló, muy cerca de la niña, la respuesta en su mesa de luz. De allí extrajo un cajón. En el mismo había varios papeles amarronados que se convertían en polvo al mínimo contacto. Pero, en el fondo de la gaveta, había una vieja llave de bronce.
“Tefla, allí dentro está el Diablo. ¿No estaremos a punto de abrir una ‘caja de Pandora’, como la de esa leyenda humana que usted nos contó?”, dijo un atemorizado visitante. “No teman, yo la abriré”, respondió el cabecilla.
El cerrojo estaba seco y hollinado. El líder lo lubricó y logró abrirlo. Sorprendido, uno de los subordinados exclamó: “¡Aquí hay solo papeles! ¿Dónde está el diablo?”
Tefla contestó: “Debí suponerlo. Ellos guardaban en estos cofres sus valores más preciados: los bienes materiales. No son simples papeles, se llama ‘dinero’. Fue una buena invención de la humanidad, que reemplazó al trueque. Luego, el poder y la ambición desmedida por tenerlo cegaron a muchos habitantes del orbe. Zoe tenía razón: el Diablo les envenenó el alma. Y así, ellos envenenaron al mundo entero.”
Uno de los extraterrestres preguntó si llevarían la caja a su planeta. La respuesta de Tefla, luego de cerrarla nuevamente con llave, fue: “De ninguna manera. Debemos respetar la voluntad de Zoe y dejar el arca bajo su custodia.”
Luego, entre lágrimas, los visitantes se despidieron de la chiquilla. Lamentando no poder besar su frente, abandonaron la casa y volvieron a su platillo.

AUTOR: Jorge Emilio Bossa
San Francisco (Córdoba - Argentina)

TALLER VIRTUAL 3

viernes, 15 de mayo de 2020

"Recuerdos de familia" (por María de los Ángeles Albornoz) TALLER VIRTUAL 3



     En esta tarde, gris y fría de un mayo otoñal,  decidí ordenar la biblioteca, y encontré el álbum familiar,  dejé de lado los libros, me puse cómoda y comencé a mirar las fotos de mis primeros años de vida. La fotografía  de mi bisabuela Teresa, sentada en su hamaca, me trajo a la memoria, un domingo en la década del 40.
-Nuestra familia acostumbraba reunir a los parientes en un almuerzo, un domingo por mes,  alternando las reuniones en casa de nuestros tíos abuelos maternos. La reunión tuvo lugar en casa de mis abuelos Ángel y Rosa, a la nunca pude decirle abuela, debía llamarla Mamá Rosa.  Los hombres se ocupaban de armar, con tablones y caballetes,  una larga mesa en el patio,  mi bisabuela Teresa, se mecía en su hamaca de madera y mimbre. Las mujeres  en la cocina, se encargaban de preparar exquisitos tallarines con salsa, a los niños nos mandaban a  jugar. Este fue un domingo muy particular, cansada y agitada, fui  a  la cocina por agua,  mi madre me alcanzó un  vaso con agua fresca y volvió  a sus menesteres. Curiosa como todo niño, oculta tras la puerta, las escuchaba  hablar en voz baja. Quedé intrigada- ¿por qué hablaban así?   
Llegó septiembre con perfume a jazmines de nuestro jardín, a minutos del mediodía, sonó el timbre, era el cartero, me pareció raro,  acostumbraba pasar por el barrio  a eso de las nueve de la mañana. Apresuré el paso, es un telegrama -dijo el cartero- y  me hizo firmar una planilla. Venía  dirigido a mi padre, Ángel Miguel, el tercero de nueve hermanos, cuya raíz materna, provenía de Italia, en Udine, Venecia. Entregué el telegrama, mientras lo leía, algunas lágrimas empañaban su mirada. .El almuerzo era un momento sagrado, toda la familia alrededor de la mesa bendiciendo los alimentos, era aprovechado por nuestros padres para conversar sobre nuestros  estudios,  y hacer recomendaciones, sobre el respeto y obediencia a la maestra, segunda madre,  que hoy recuerdo con nostalgia. Yo cursaba el segundo grado de la primaria (tercer grado de ahora), en una escuela pública,  mi hermana Teresa, el primer grado, en un colegio religioso.  Finalizado el almuerzo, mi padre  con voz pausada, comentó el contenido del texto del telegrama: “Falleció Teresa”.
- No queríamos preocupar a  la abuela Teresa (nuestra bisabuela) sobre el delicado estado de salud de su madre Teresa, (nuestra tatarabuela) luego de una larga enfermedad, de la que teníamos conocimiento. Había quedado viuda muy joven y nunca pudo superar la partida de sus hijos Luis con su esposa Ana, y cinco hijos,  mi abuela Teresa, con su esposo Valentín y seis hijos, tres varones y tres mujeres, en busca de nuevas oportunidades., en Argentina. Lo hicieron gracias a la ayuda de su madre, y parientes,  familia de buena posición económica. Repuesto de la emoción dijo: debo avisar a mi madre y a mis tíos. Nos levantamos en silencio, pasamos  a la cocina para ayudar a nuestra madre, mamá lavaba los utensilios de cocina, yo ayudaba a secar platos y cubiertos,  mi hermanita a guardar  los cubiertos.
El domingo al mediodía, finalizado el almuerzo, papá retomó  la conversación:
- La Nona Teresa nos contaba  que el viaje a Argentina, fue  largo y sacrificado, lo hicieron alentados por parientes que se aventuraron a viajar, años antes y formaron sus hogares en  Colonia Caroya, localidad de la provincia de Córdoba. A su hermano Luis, le gustó el lugar y se radicó allí. Mis abuelos, viajaron al norte y se radicaron en Monteros, en Tucumán, inauguraron una casa de comida, donde trabajaba toda la familia. Ese día comprendí la conversación en voz baja, que me intrigara  en su momento, el secreto era  el estado de salud de su  abuela Teresa, que ya había sufrido la pérdida de su esposo Valentín y no querían preocuparla, además, descubrí  el porqué de tantas Teresa en la familia.
Pasaron  siete años, la vida continuaba con alegrías y sobresaltos, la bisabuela, falleció, todos decían “murió de pena”. Un domingo de mayo, reunidos en casa de tío Ernesto, uno de los cinco hermanos de Mamá Rosa, los mayores comentaban que la familia debía contribuir, para que Dante, hermano de mi Mamá Rosa, viaje a Italia, para representar a la familia,  por asuntos relacionados con la herencia de los parientes que sobrevivieron a la segunda Guerra Mundial.
De regreso a casa, mi madre, mirándonos con ternura dijo- tendrán que ser muy cuidadosas con todo, tenemos que ahorrar para ayudar a la familia. Con su padre, acordamos  colaborar con dinero, para  la compra del pasaje del tío Dante. 
Después de tres o cuatro meses, recibimos noticias, tío Dante estaba de regreso y traía noticias. Llegó a nuestra casa, una vez más en  domingo, jornada plena  de emociones.  En cierto momento, colocó  sobre la mesa, una caja de madera labrada, no conocía su contenido, con  manos temblorosas, tomó una llave de bronce, que traía consigo,  y la abrió. Sorprendido, tomó una a una,  hojas de papel, eran  cartas amarillentas, arrugadas y de bordes  gastados, el tesoro más preciado de su abuela Teresa, que hoy pasaba de mano en mano, entre sus descendientes. Luego dos  fotografías en blanco y negro, una  de toda la familia, recuerdo de despedida y la otra abrazada a sus hijos,  el día la partida. La imaginé  contemplando esas fotografías, leyendo esas cartas y la hoja desprendida, de un libro, tal vez de  un devocionario…

AUTORA: María de los Ángeles Albornoz
Monteros- (Tucumán- Argentina)
  

TALLER VIRTUAL 3

jueves, 14 de mayo de 2020

"Intrascendencia" (por Yanet Helena Henao Lopera) TALLER VIRTUAL 3



Papeles apilados,
invisibles al presente.
Hedor de los días moribundos:
¡solo moho y humedad!

Hojas huérfanas,
desterradas por la amnesia.
No hay pasado, no hay futuro…
¡decrepitud nefanda!

Cartas desahuciadas,
a la espera del mortal rasguido,
sobre la geometría plana
de un escritorio olvidado.

Testimonios  escritos
—de un empeño, un juramento, un contrato…—
rezagados en el tiempo, 
¡abrazando la extinción!

La clave encriptada
de un registro prohibido;
la referencia de un archivo;
o solo una cifra del azar.

Recuerdos anotados…
realidades  olvidadas
que descansan bajo el peso
de una única llave…



¡De la que no somos los dueños!

AUTORA: Yanet Helena Henao Lopera.
Medellín  (Colombia)

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"En la eternidad" (por Nilda Fux) TALLER VIRTUAL 3



     Algo, una fuerza extraña me llevó hasta allí. Hacía muchos años que no visitaba la antigua casa de la abuela. El perderla, hacía ya más de una década, fue un golpe muy duro y, desde entonces, no me había atrevido a atravesar el umbral del acogedor lugar.
Al ingresar me invadió la pena. Fue algo terriblemente desolador. Nada de lo que conocía era como la recordaba. Todo allí se veía diferente. La sala, otrora color verde oscuro, hoy solo se desplegaba cual húmeda y resquebrajada fotografía de la decadencia. Algunos apolillados muebles aún permanecían allí, desafiando el inexorable calendario. Tanto tiempo sin ser habitada hicieron de ese hogar una tapera inhabitable. Solo ruinas subsistían.
Al final de aquella habitación podía observarse, dejando pasar a través de ella el sol otoñal, en dudoso estado de conservación, la enorme mampara que conducía al patio. Sus enormes vidrios, de variados colores, sorprendentemente, permanecían intactos. Sin dudarlo un instante me dirigí a su encuentro con paso firme y abrí aquella enmohecida puerta. Frente de mí, acusando el olvido, apareció el indisciplinado follaje de variadas plantas, únicos habitantes vivientes, testigos de mi niñez junto a la anciana.
Internarme en aquel patio me pareció una aventura dantesca, un retorno a mi niñez. Por un instante unos tropeles de recuerdos se apoderaron de mí. Todo era nostalgia. Los olores a malvones florecidos, horas en la improvisada hamaca construida con sogas y madera de cajón de manzanas, las meriendas con pan y dulce de zapallo, hecho con el amor de las agiles manos arrugadas por el trascurso de la vida. Era raro estar allí.
Solo el crujir de las hojas desarmándose debajo de mis pies, me regresaron al momento real, fuera de eso, todo era mágico.
Sin pensarlo, alucinando el pasado en el presente, llegué hasta el galponcito del fondo. En absoluto lo frecuentaba en mi infancia. Su ubicación tan alejada, su construcción tan precaria, y el miedo a lo que escondía, hicieron que me mantenga a distancia prudente el él. Pero ya estaba en el lugar. Empujé levemente la puerta y ésta, sin oponer resistencia se abrió. Un paso y ya estaba dentro.
¿Qué me había llevado a este lugar? Algo mágico moraba en el aire. Un extraño perfume a colonia Ambré inundó todo el espacio. Aquel aroma solo podía asociarlo a la antigua residente del sitio. No podía verla, pero, sí, ella estaba en aquel ruinoso depósito. Todo mi cuerpo se estremeció al percibirlo, pero una confortable sensación de paz anegó el espacio. Quizás mis ojos no conseguían divisarla, pero mi alma sí y eso transformaba ese instante en una maravillosa alucinación a la que no pensaba dimitir.
Esa energía envolvió mi cuerpo y me convirtió en desquiciado autómata. Caminé hacia un polvoriento estante, estiré mi brazo desconociendo qué buscaba. Un infrecuente gozo se apoderó de mí al ver en mi mano una derruida llavecilla. Volteé y al otro lado de la abandonada construcción, como un secreto gritado en plena calle, podía observarse, a la espera de ser abierto, un cofre.
Fue solo responder a un impulso y de un solo giro destrabar el acceso de aquel compartimiento, custodio de escondidos tesoros. No más preámbulos en la acción y sin demora acceder al contenido del recipiente.
Mi corazón, en ese momento, latía con tanta potencia que ni cien vientos huracanados lograrían compararse a su fuerza. ¿Era yo viviendo ese momento o aquella poderosa energía me poseía? No lograba entender qué sucedía, pero el frenesí dislocante de ese instante era embriagador.
Ahí, como relato inconfesado se encontraban varias hojas de un papel amarillento. Temblorosa tomé una entre mis manos al instante en que mis ojos se colmaban de lágrimas. Jamás podré relatar cuál era el contenido de ese hallazgo puesto que, en ese momento, el ente que me poseía nubló mi vista a la vez que apretujó en mi pecho aquel retazo de memoria.
Cuando mi visión se desveló, el cofre ya no estaba, tampoco la llave y solo había en aquel mugroso sitio un repugnante olor a humedad.
Algo, una fuerza extraña me llevó hasta allí y ahora comprendo que ha sido…
Hay secretos que pertenecen a la eternidad.

AUTORA: Nilda Fux
Rafaela (Santa Fe- Argentina)

TALLER VIRTUAL 3

"Imaginación" (por María Cristina Noguera) TALLER VIRTUAL 3



Con esta llave
abro mis alas
llego al horizonte
derramo las mieles.
Con esta llave
guardo recuerdos
dibujo el día, la noche
extiendo la melancolía.
Con esta llave
recuerdo ausencias
enhebro las horas del hoy
navego hacia el mañana.
Con esta llave
despierto sueños
y sueño despierta.

AUTORA:  María Cristina Noguera
Pergamino (Buenos Aires- Argentina)

TALLER VIRTUAL 3

miércoles, 13 de mayo de 2020

"Contenidos en contexto" (por Anselmo Miguel Molinas) TALLER VIRTUAL 3



Encontrarás un cofre de madera añeja unida, sin clavos. Lo alzarás con dificultad. Te darás cuenta que no posee cierre alguno. Detendrás la tentación de levantar la tapa. Llamarás, solicitarás permiso y te enfadarás al recibir la respuesta que buscabas. Esperarás abrirla, hasta exasperarte, pero esa ha sido tu determinación. Dirás que te forzaron a requerir autorización, sabrás que es una calumnia. Reconocerás que te obligaste a ello, como un acuerdo, será verdad.
            Verás mi llegada. No será una sorpresa. Significará aceptar una decisión impuesta, un legado de ausentes. Comprometer mi presencia ha sido tu elección.
            Reconocerás que acepté abrir juntos el viejo arcón, nunca fue de tu gusto. Abandonarás la molestia de la espera, cumplirás el mandato, será, quizá, una sanación para nosotros, los aún vivos.
            Comprenderás que aquella orden que nos dieron pudo tener alguna lógica y pensarás que podríamos estar frente a un absurdo.
            Imaginarás inútilmente el contenido, posibilidad inaccesible y poco atrayente, un misterio ajado, depreciado, apenas una suposición. Alejarnos de nuestros padres y entre nosotros dos fue una elección familiar, parte de un trato encubierto que no inquietaba sentimientos.
            Admitirás que todo se tornó difícil. Reconocerás que para ti el haber sido el menor te complicó, papá y mamá fueron dos ancianos desconocidos. Embrutecidos tras el arado y el trabajo para su bolsillo, estéril.
            Cumplirás lo prometido y me verás acompañarte. Creerás que otro interés me mueve, eso será una farsa. Jurarás y recibirás  junto a mí el único dato que nos dieron.  Nos miraremos para reconocernos. Ambicionarás una herencia imposible.    Pronto confirmarás que nada del contenido del cofre vale, contendrá miseria.  Tiempo después de que no nos sorprendiera la muerte de los viejos, sabrás que, todo se transformará en un ridículo cuadro dramático. La puesta en escena parecerá importante; creerlo, imposible. Su fallecimiento solo significó no asistir a sus entierros.
            Recibirás luego el llamado de un pariente, habitante del campo lindante. Aceptarás el tardío mensaje y hasta un inocuo pésame.
            Conmigo acordarás el día del viaje y el posterior encuentro. Un fastidio.
            Te enterarás de que no vamos a ser propietarios ni de inmuebles, ni de tierras. Nos quedará quemar desechos, despedirnos sin dolores del lugar donde nacimos y devolver la choza y la finca a sus dueños. Y así finalizará la tarea.
            No creerás que algo cambiará nuestras vidas; sería un engaño. Sincerar la situación es todo. Pensarás que las langostas, la sequía y el hambre nos arrojaron de allí, es falso. Nos fuimos y los abandonamos seguros de no ser condenados.
            Remordimientos, inútil negarlos, tanto como justificar los hechos. Tener a mano las razones del porqué lo hicimos, ya no valen. Hoy volver es lo único que molesta, pero hay que hacerlo.
            Pensarás en el valor que contendrá el rústico cofre de madera añeja unida sin clavos; una ficción. Sabrás que es imposible adivinar qué hicieron de él los dos viejos, solos, enfermos, esquizofrénicos. Podríamos no encontrarlo.
            “Hermano, olvidarte es la actitud más comprensible. Hagámoslo”, te diría y apuraría la limpieza de la casa antes de que el sol huya de la noche.
            Olvidar, a veces es bueno, hasta necesario. Rebuscar, una actitud de avaro, de codicioso y ruin.  Recordarás la orden de papá, volver para buscar la caja.
            No te resultará fácil hallarla, plantarla junto a mi vista, pero intentarás. Esperarás mi consentimiento para abrirla, oírme decir que sí. Sentirás la emoción del codicioso. Levantarás la tapa convencido de que si yo la encontraba no te lo hubiera dicho.  Creerás que tener un cuchillo en la cintura te hace peligroso. Intenta usarlo. Sabrás cuán rápido es el plomo de un 38.
            Abrirás el cofre, echarás una primera mirada. Tomarás doce páginas recortadas escritas con tipos de imprenta. Descubrirás que son las que  faltan a los únicos libros sin dueños que habitaban en la casa y nunca se leyeron. Nadie sabía hacerlo, ninguno se interesaría. Quizá odio acumulado, un desenlace cerebral ignorado, fue papá quien lo hizo con tijeras. En otras hojas apretadas por un broche metálico verás un mensaje, un anuncio para el que acepta los misterios, están en blanco. Y creerás que había otras cosas quizá, antes de que llegues, sustraídas por el pariente vecino. Oirás lo que dice, eso de que el viejo le contó antes de morir, el encuentro de  un tesoro enterrado, la bolsa con antiguas monedas españolas de oro que bien las tenía a resguardo en un depósito situado en la ciudad. Y verás aquí solo una caja de madera añeja unida sin clavos, que guarda hojas de libros despojados, un broche apretando otras en blanco y una llave hermosa y obsoleta que permitiría descubrir la riqueza acobachada.
            Palparás la hermosa llave. Se estremecerán, por un segundo, nuestros espíritus y se sacudirán las carnes hasta el temblor. Te darás cuenta que desconoces el lugar donde hallar la concavidad de la bocallave. Eso te abatirá. Sentirás que no ha sido un olvido y padecerás el sabor de la venganza. Soltarás la llave, la tapa se cerrará sola y me verás de espalda partir. Hermano, así es la vida.


AUTOR: Anselmo Miguel Molinas
Santa Fe (Argentina)

TALLER VIRTUAL 3

"Un viaje al pasado" (por Soledad Ayala) TALLER VIRTUAL 3



Llaves que abren historias guardadas en el corazón, otras en la memoria y muchas otras escritas guardadas  en cofres a las que recurrimos cuando estamos tristes, cuando extrañamos, cuando no sabemos dónde estamos, cofres que se abren para recordar  relatos que marcaron nuestras vidas.

Hoy encontré la llave para abrir mi cofre y contar un pedacito de la vida de mi bisabuelo, el que dejó una de las marcas más importantes en mí.

Fernando, fuerte, alto y con una paz que solo él podía llevar.

Llego a Argentina por allá en 1915 con sus papás y hermanos, venían todos de Italia, para ser más específicos de Turín.

Sí, eran inmigrantes y llagaron a Argentina en busca de un futuro.
¡Y vaya que lo encontró!

Se enamoró de la mujer más testaruda y buena que había en el mundo (algo tenía que sacarlo de su paz), luego llegaron sus hijos, y con ellos nietos y de más está decir que también bisnietos. 

Fernando, en tono suave y chistoso, hablaba de su vida y en cada cena, con una copa de vino blanco, repetía alguna que otra anécdota que les gustaba escuchar a sus nietos. 

Entre tantas de esas cenas y relatos que contaba, siempre tenía presente su llegada al país, la guerra, su primer y único amor, cómo logró todo lo que tenía y cuánto amaba vivir, porque si hay algo que no dejó nunca de hacer fue vivir.  

A mí, particularmente me gustaba que me cuente de su familia.                                   
 Era el hombre más memorioso que conocí y a sus 95 años seguía contándome con nombre, fecha y detalle, sobre sus papás, hermanos y alguna que otra cosa que recordaba en el momento.

Yo, para no olvidarme nunca de eso, me armé su árbol genealógico. 
Árbol que quedó plasmado en un papel y que hoy es mi mejor tesoro, mi ancla y mi salvavidas.
Un pedazo de él, que me acompañara siempre.


AUTORA: Soledad Ayala
Vila (Santa Fe- Argentina)

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"La casa de mi abuela" (por Ricardo José Montenegro) TALLER VIRTUAL 3



Ya ni recuerdo de dónde era la llave. Quizá de la puerta o el cajón de un mueble antiguo de esos que abundaban en la vieja casona de mi abuela. El clip era otro misterio. Seguramente sostuvo entre sus mandíbulas desdentadas un conjunto de papeles de los cuales tampoco quedan memoria, quizás con anotaciones importantes. Anotaciones que se borran con el paso del tiempo cuando sus dueños mueren y de a poco no va quedando nadie que los recuerde.
Yo conocí aquella casa. Era de estilo inglés con paredes de ladrillos a la vista y ventanas de madera pintadas de verde con vidrios emplomados formando dibujos tales como ignotos escudos de armas supuestamente falsos ya que mi abuela no tenía ningún antecedente noble entre sus ancestros
En realidad la riqueza de mi abuela había sido amasada por su padre, el viejo Charles Landfort. Cualquiera que haya vivido por la zona ha oído de Landfort. Era un empresario para los habitantes del pueblo que ignoraban sus verdaderas actividades presuntamente ilegales. Un self made man nacido en la más pobre de las casas del más pobre de los barrios y aun siendo joven ya disponía de dinero suficiente para comprar la mitad de los negocios de la ciudad.
No tuve la suerte, o la desdicha, de haber conocido a mi bisabuelo. En mi niñez solía escuchar a mis padres conversando sobre los negocios de Landfort hasta que reaccionaban y dándose cuenta que yo estaba allí me echaban de la sala mandándome al dormitorio. Por lo tanto nunca tuve, entonces, una clara idea de cómo adquirió su riqueza.
Y ahora, estoy sentado mirando los objetos que quedaron luego de que la casa de mi abuela fuera demolida pues mis padres vendieron la propiedad y la compró un empresario de bienes raíces que tenía proyectado construir un gran edificio de departamentos.
Muebles y toda clase de obras de arte fueron rematados en una enorme carpa situada en el mismo terreno. Y allí es donde estoy. Mirando sin poner demasiada atención. No soy afecto a las cosas antiguas. Soy amante del modernismo.
Pero esos papeles viejos, ajados y amarillentos, el clip y la llave han captado mi curiosidad y no me explico por qué. Son como un imán del que no me puedo desprender.
¿Por qué esos papeles sin anotaciones estaban acomodados como si fueran importantes? ¿Por qué estaban en blanco? ¿Alguien los dejo como al descuido? ¿O quisieron dejar un mensaje? ¿Y por qué yo me sentía tentado de tomarlos y estudiarlos?
No resistí el deseo. Tomé la llave y abroché los papeles con el clip y me los llevé a casa. Estuve varios días mirándolos sin darme cuenta que ya se habían convertido en una obsesión. Y probablemente hubiera seguido así si no hubiera sucedido lo que sucedió.
Una de las hojas quedó cerca de la pava caliente que usaba para el mate. Cuando la separé me di cuenta que se estaba formando un texto que estaba invisible antes de que le llegara el calor.
La escritura indicaba un plano de la casa y un punto marcado. Con lo que sabía de la distribución me di cuenta que era el sótano, al que nunca accedí pues su puerta siempre estaba cerrada con llave. ¡La llave!
Tome el resto de los papeles y los acerque al calor. Con gran sorpresa pude ver que se trataba de una lista de cantidades de dinero y hasta de lingotes de oro. ¡Era evidente que estaban escondidos en el sótano!
Salí corriendo de mi casa. Lo hice tan rápido como pude. Al llegar al terreno ya vacío y rodeado de una alta valla pude ver que todavía había operarios trabajando. Quise entrar y no me dejaron. Intente usar la fuerza pero eran varios y lograron echarme de nuevo a la vereda.
Impotente, no se me ocurrió mejor idea que revelarles mi hallazgo con ellos para que pudiéramos compartirlo. Una gran carcajada a coro fue la única respuesta.
Mientras tanto, la grúa levantaba un enorme arcón de madera y lo depositaba en un camión. Los operarios no dejaban de burlarse de mí.

AUTOR: Ricardo Jose Montenegro
Villa Ballester  (Buenos Aires- Argentina)

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"Sepia" (por Rosa Lía Cuello) TALLER VIRTUAL 3



Estos papeles color sepia
Son una  llave
para encontrar las palabras
que una vez tallamos  en el viento
para inaugurar  el principio             
de aquel amor en la distancia.

Hoy duele la ausencia todavía
el tiempo que pasa y desierta las miradas
y el camino imaginario
que lleva hasta  tu casa
esa carta que nunca te escribí.

AUTORA: Rosa Lía Cuello
(Cañada de Gómez-Santa Fe)

TALLER VIRTUAL 3


martes, 12 de mayo de 2020

"Quiero?" (por Rita Perlo) TALLER VIRTUAL 3




    Quiero utilizar esa llave? Remover añejos recuerdos, o no tan lejanos, repasar fotos del pasado con momentos sublimes, otros descoloridos y algunos tristes? Se diluyen con el tiempo, como la niebla se aleja en la mañana de este otoño. Quiero sí, vivir cada minuto de este día...y de los que vendrán... Captar todos y cada uno de los colores y las luces, el sonido de las risas de los niños, sus caricias..., el susurro de la voz de mis nietas contando algún secreto...el gorjeo de las aves, las melodías armoniosas de la naturaleza, atrapar los abrazos y las miradas de mis hijos, la complicidad de mis amigas, y seguir caminando de la mano de mi compañero para llegar, pasado el invierno a una nueva primavera.

AUTORA: Rita Perlo
Vila (Santa Fe- Argentina)

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"Las fotos del baúl" (por María Elena Singh) TALLER VIRTUAL 3


El viejo baúl estaba siempre como un banco a los pies de la cama de sus padres y nunca reparó en su existencia a pesar de subirse muchas veces por ahí hasta la cama para jugar.
La maestra le había pedido fotos antiguas y su madre abrió el misterioso recinto.
No sabía que ella guardaba allí recuerdos de familia muy antiguos y otros muy recientes.
Allí habitaban muchas hojas y documentos desgastados, algunos arrugados y olvidados; cuidados de algún modo de la corrosión del aire y la luz.
Prendidas de un viejo y herrumbrado broche había dos fotos amarillentas y ajadas, como separadas del resto, vaya a saber, por qué motivo.
Todo esto era como encontrar un tesoro escondido. Estaba entusiasmado y la curiosidad lo invadía.
Estiró la mano y tomó las fotos sostenidas por el broche y grande fue su sorpresa cuando vio en las imágenes al mismo hombre con el que había soñado la noche anterior.
Preguntó con asombro a su madre quién era.
Ella respondió:
-       Era mi abuelo paterno. Vino de la India en el año catorce, escapando de la guerra, escondido en un barco.
            Murió cuando yo tenía diez años.

-       Anoche lo conocí en mis sueños – respondió el niño, con naturalidad.
AUTORA: María Elena Singh
la Carlota (Córdoba- Argentina)


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"La llave" (por Juan Carlos Gruski) TALLER VIRTUAL 3



Esta llave secreta y dorada.
abrirá puertas misteriosas
de la vida.
Es una llave encantada,
que apagará incendios
y alumbrará
con su mágica luz,
la oscuridad de la densa noche.

Noche, que esconde
cosas maravillosas; 
en su oscura entraña, 
caminan los sueños, 
habla el silencio
y una extraña música
nocturna, se expande
largamente.

Hojas mustias, color del tiempo; 
han pasado los días,
los años, parte de la vida.
Están dadas vueltas
hacia el reverso, pero en el anverso
están escritas hermosas
cartas de amor; 
algunos se concretaron.

Otros, no.
Fueron regadas de lágrimas
y también, iluminadas
por la luz de la felicidad:
¡Cuántas ilusiones marchitas, 
sacudidas por el dolor,
inundadas de penas!...
¡Cuántos encuentros furtivos!...

¡El amor, ese inmenso despertar
a la vida y a las bondades de él!...
¡El amor,
esencia de la vida,
motivo de las grandes acciones!
¡Por amor se da la vida!
Sin amor, no habría continuidad
de la existencia.

AUTOR: Juan Carlos Gruski
Avellaneda (Santa Fe- Argentina9

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