POESÍA. NARRATIVA. INFORMACIÓN LITERARIA. CONCURSOS. AUTORES CLÁSICOS Y NÓVELES


Puedes pedir los libros de la autora al mail: beamarchisone@gmail.com (envíos a todo el país)

LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)

Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)

Los encontrarás:
En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.

sábado, 26 de octubre de 2019

"Títere" (De la autora)

Poesía homenaje a Javier Villafañe. Poeta, escritor y titiritero argentino.



Un muñeco de plástico y de trapo,
descansa en su caja de madera.

De vellón su cabeza inanimada,
su boca tiesa y sus ojos fijos,
desgarbada su figura articulada,
mezclada con las cuerdas y los hilos.
De pronto, una mano se desliza,
lo toma, lo levanta, lo acomoda con destreza,
el aspa de mandos está lista,
el corazón inerte cobra vida
y el muñeco levanta la cabeza.
Con movimientos torpes, primitivos,
se desplaza en el retablo con soltura,
el personaje se adueña del espacio,
camina, llora, ríe
y con una reverencia nos saluda.
La voz chillona de la marioneta
se convierte, de repente, en un hechizo,
el público lo mira embelezado,
aplaude, se divierte con sus mimos.
Las piernas y las manos obedecen,
al hombre detrás del mecanismo,
su espíritu enciende la ilusión,
y una brisa encantada llena el alma
de los grandes y los chicos.
La historia se vuelve entretenida,
y la función se llena de colores,
habrá sido una velada inolvidable,
actuada por los mágicos actores.

Y en el final,
el telón se cierra
y vuelve el títere de trapo
a su caja de madera,
dejando feliz al hombre oculto,
que con sus manos y la magia de su voz
inventa un mundo de quimera.

Javier Villafañe - Wikipedia, la enciclopedia libre

miércoles, 23 de octubre de 2019

"El faro"- (De la autora)

     Llegué al faro con el único motivo de visitarlo. Nunca había visto uno de cerca y siempre me habían parecido misteriosos, como si en su interior se guardaran historias de marineros y barcos fantasmas. Pero en el fondo, una parte de mí me alertaba que quizás había visto demasiadas películas de Hollywood.
     Yo sabía que muchos faros habían dejado de funcionar por la invención del GPS, algunos de ellos fueron remodelados y transformados en museos, otros, en observatorios de vida silvestre o en centros de investigación atmosférica, cambiando así su función, pero siempre manteniendo el atractivo pintoresco para los visitantes de la zona.
     Y allí estaba ante mí, imponente, desafiante, vigilante, pintado de azul y blanco a rayas, erigido sobre una punta de tierra elevada que entraba al mar y terminaba en un acantilado. Llegué sola, en el jeep que habíamos alquilado para el fin de semana, escapándome de mi familia que había quedado en la playa. Quería recabar datos que pudieran ayudarme en la novela que estaba escribiendo, y para eso necesitaba hacer preguntas a alguna persona idónea del lugar. Supuse que podría encontrar a algún cuidador o encargado que estuviera allí en ese momento.
     Estacioné sobre la arena firme, cerca del sendero principal y me dirigí hacia la puerta blanca de madera un tanto gastada por el viento marino, que hacía de entrada al mismo. Mientras tanto, las olas rompían contra el acantilado desgastándolo cada vez un poco más, en un vaivén constante y perpetuo. Golpeé dos veces con mi puño cerrado y el sonido retumbó en el interior delatando su altura hueca. Miré a mi alrededor y como nadie aparecía toqué la manija y, ante mi sorpresa, la puerta se abrió sin dificultad, la empujé suavemente y se quejó con un chirrido agudo que alertaría a cualquiera de mi presencia. Deduje que el lugar estaría vacío porque no escuché ningún movimiento. Entonces, decidí recorrerlo por mi cuenta con mi libreta y mi bolígrafo en la mano, preparada para anotar cualquier información que pudiera resultarme útil. Me sentía como esos chicos que se escapan a la hora de la siesta para realizar alguna travesura a escondidas de sus padres, con toda la adrenalina que eso implica.
     Ya adentro, elevé mi vista y pude ver una escalera interior, en forma de caracol, que lo recorría íntegramente hasta la cúpula, donde se encontraba el habitáculo con las grandes linternas que hacen de guía a los barcos, ofreciendo un camino seguro a la costa. Yo sabía,  porque había buscado material en Internet para agilizar el proceso de mi novela, que la alimentación de las luces de los faros había pasado por diferentes etapas, desde el aceite de ballena, la parafina vaporizada, los generadores diesel hasta llegar a la energía solar, económica y ecológica. Comencé a subir lentamente, pisando con mucho cuidado, iluminada por las ventanas que estaban en algunos tramos del recorrido, y mientras iba ascendiendo pude percibir que una tormenta, oscura y amenazante, se acercaba por el lado del mar. Ante tal situación, aceleré el paso para poder averiguar lo que necesitaba antes de que la inminente borrasca me sorprendiera allí. Si no lo hacía ahora, mi visita no se repetiría.
     El torreón contaba con otros cuartos pequeños desplegados a los costados de la escalera, necesarios para su funcionamiento diario. Pasé por la sala de control llena de aparatos que no entendía, por una pequeña recámara con herramientas, elementos de limpieza y víveres, y por el cuarto de servicio, siempre tomando notas de aquellos detalles que pudieran enriquecer mi escritura y estimular mi imaginación. Me sorprendió una pequeña biblioteca, ubicada ya casi al final de la escalera, donde se encontraban algunos libros que seguramente servirían para entretenimiento del farero, considerando el tiempo que el hombre debería transcurrir encerrado. Todo parecía normal y tranquilo, como si el encargado hubiera salido por un momento, pero cuando ya estaba llegando a la cúpula, se escuchó un ruido extraño, como el de una palanca accionada, produciendo que la luz del faro comenzara a girar originando un gran resplandor en los ventanales superiores de la torre. Como afuera ya estaba bastante oscuro por los nubarrones, la luminosidad resaltaba aún más. Sorprendida, me detuve inmediatamente y me apoyé contra la pared, porque evidentemente habría alguien arriba, que yo no había visto. Comencé a llamar para que la persona que había encendido el aparato me escuchara pero no obtuve respuesta alguna. El sol ya había desaparecido por completo a causa de la tormenta y mi familia ya estaría en la cabaña; pensé que probablemente se asustarían cuando no me encontraran allí. Yo no había dado información sobre mi aventura; me había escabullido sin aviso, y mi celular había quedado en el jeep. Decidí seguir. Terminé de subir el último tramo de escalera que quedaba y llegué a la cima, encandilada por los destellos que no cesaban. Efectivamente, allí no había nadie. Quizás el mecanismo se había activado automáticamente con algún reloj programado, conjeturé, aliviando el trabajo del personal. Entre los grandes ventanales de la torre pude encontrar una puerta, también de vidrio, que conducía al balcón externo, desde donde se podía divisar la inmensa costa. La abrí y salí a una especie de mirador compuesto por una angosta pasarela contenida por una baranda de hierro. Se me cortó la respiración ante semejante panorama. La brisa marina chocaba contra mi cara y el sonido de las olas penetraban en mis oídos como una sinfonía afinada y única. Todo el paisaje era mío. Extendí mis brazos, como para acapararlo. Me apoyé luego, sobre el barral y me sumergí en el espectáculo que tenía ante mis ojos.  De no ser por la tormenta, me hubiera quedado allí todo el día; cualquier escritor se hubiera sentido inspirado. Deduje que mi familia entendería cuando les contara la experiencia. De pronto, mi concentración se rompió al divisar un objeto que se movía entre las olas. Pude distinguir con dificultad, que era la figura de un barco en medio de la tempestad que se avecinaba, dirigiéndose a la bahía a una velocidad  intrépida y desconcertante. Chocaría contra los arrecifes si no reducía la marcha de inmediato. La luz del faro debería alertarlo pero yo no sabía si el mensaje que enviaban las luces era el correcto. En un movimiento del oleaje quedó al descubierto el nombre de la embarcación que resaltaba en letras blancas sobre la pintura magenta del casco: “Prestige”, pude leer.  Mi desesperación aumentó cuando me dí cuenta que se dirigía directamente hacia una roca gigantesca que por momentos quedaba escondida por la marejada. No había boya alguna que marcara las rocas traicioneras que estaban sumergidas pero que eran una amenaza para cualquier vehículo marítimo. Pensé que podrían ver los rayos que emitía la torre y virar la nave evitando la colisión, pero no fue así. Los desprevenidos navegantes chocaron de lleno contra el objeto que se les interpuso en su ruta de navegación; pude escuchar el estruendo y quedé petrificada.  Comencé a bajar las escaleras rápidamente para pedir auxilio a la guardia costera, mientras las linternas del faro seguían girando, emitiendo señales intensas que seguramente, se verían a la distancia. No pude entender cómo desde el Pretige no pudieron divisarlas, e imaginar así que estaban acercándose a la costa, para tomar las precauciones necesarias. Ya la lluvia golpeaba contra los vidrios y supuse que me resultaría difícil el trayecto hasta el pueblo con el jeep ya que no soy una experta conductora. Pero cuando salí y me asomé lo más que pude al extremo del acantilado, ya no pude encontrar el barco encallado, la roca se veía claramente pero el Prestige no estaba allí. No era lógico que se hubiera hundido en ese pequeño lapso que me llevó bajar las escaleras de la torre. Subí al jeep y me alejé buscando ayuda, en medio de la tormenta que no cesaba. Mi celular tenía llamadas perdidas de mi familia que seguro me estaría buscando, pero debía llegar a avisar sobre la tragedia lo antes posible. El jeep no tenía techo y la lluvia golpeaba mi cara con fuerza y por momentos me obstruía la visibilidad. Mientras conducía no podía dejar de pensar que había sido testigo de un tremendo accidente.
     Cuando llegué al centro de guardia costera que estaba en el ingreso al pueblo, les informé lo que había ocurrido. Ellos me miraron estupefactos y lo que es peor, no se sobresaltaron. Quedé desconcertada cuando me dijeron que el faro hacía años que no funcionaba, que había sido clausurado y que el Prestige era un barco que había encallado hacía cincuenta años llevándose al fondo del mar a toda la tripulación. Para convencerme y disipar mis evidentes dudas, me mostraron una foto que estaba colgada en la oficina donde podía verse exactamente lo que yo había visto desde el balcón de la torre: el barco encallado, hundiéndose, y su nombre claramente visible en letras blancas sobre el casco magenta. 
 
1er PREMIO Concurso de Poesía y Cuento organizado por la SADE Baradero-San Pedro, Escritor Alfredo Cossi, edición 2019-
Publicado en "Rincones y Acuarelas"- La Imprenta Digital- Buenos Aires- 2019 
       
Pintado por YASMÍN PÉREZ- Premio del Concurso
YASMÍN PÉREZ:  Oriunda de Baradero, donde posee su atellier. Profesora en Bellas Artes (Universidad Nacional de Rosario)- Ella pintó el cuadro que fue premio para la escritora.
Fallo del "XVI Concurso de Poesía y Cuento Escritor Alfredo Cossi"- S.A.D.E. Baradero-San Pedro (Buenos Aires)

lunes, 21 de octubre de 2019

Fallo del "XVI Concurso de Poesía y Cuento Escritor Alfredo Cossi"- S.A.D.E. Baradero-San Pedro (Buenos Aires)


Premiados cuentos:
-1º Premio EL FARO Beatriz Chiabrera de Marchisone
Clucellas- Santa Fe
-2º Premio ÚNICA GIRA, Marcela Mabel Pelagatti
Bella Vista, Bs. As.
-3º Premio MÁSCARAS, César Augusto Bruzzone
Santa Fe

-1ª Mención EL DIARIO DE LEONARDO DA VINCI, Mirta Krevneris
CABA
-2ª Mención ALAVÁ, Jaime Leonardo Kleidermacher
CABA
-3ª Mención LA ESPERA, María Inés López Fabre
CABA

Premiados Poesía:
-1º Premio POEMA DE AMOR, Rafael Restaino
Pergamino
-2º Premio ENCENDER LOS PÁJAROS, Evaristo Santana
Ituzaingó, Bs. As.
-3º Premio POESÍA PARA LEER MIENTRAS LLUEVE /POESÍA ESCRITA EN EL PECHO, Antonio Cali
Puerto Madryn, Chubut

-1ª Mención CRÓNICA DE UN DÍA DE VERANO, Gladis Naranjo
Claromecó, Tres Arroyos, Bs. As.
-2ª Mención A-DIOS, Anahí Duzevich Bezoz
Cañada de Gómez, santa Fe
-3ª Mención INTERROGACIÓN, Griselda Rulfo
Villa María, Córdoba

domingo, 20 de octubre de 2019

"La primera mirada" (De la autora)



A mis hijos
     En ese momento estabas muy ocupado. Todo era muy confuso para vos, estoy segura. La situación se presentaba caótica, desorganizada y no estabas preparado para afrontarlo, nunca te preparan para eso. Escuchabas ruidos metálicos y voces desconocidas que te provocaban miedo y desconfianza incitándote a quedarte donde estabas, seguro y protegido, a pesar de la oscuridad y la humedad que te rodeaban.  Pero había que salir, no quedaba otra opción. Afuera todos te estaban esperando.
     Te gustara o no, fuerzas superiores perturbaban tu largo letargo que estaba llegando a su fin. Habías empezado a sentir presiones, que te impedían controlar tus escasos movimientos. Cuando llegó el momento, divisaste una tenue luz que te indicaba la única salida, el sendero que debías seguir obligatoriamente y que te alejaría de la zona de seguridad. Algo se rompió, y sentiste que ibas a ser desalojado a pesar de tus intentos por quedarte. La incertidumbre era parte de la historia pero la curiosidad no te movilizaba a acelerar el proceso que parecía anárquico, agresivo y desolador. Pero no estabas solo.
     De pronto notaste que ibas llegando a una zona desconocida y eso te asustó aún más, pero ya no podías hacer nada para detenerte, eso escapaba a tu decisión y a tus deseos. Las presiones se hicieron insoportables. Los ruidos y las voces fueron aumentando de a poco y la luz se tornaba cada vez más intensa a medida que te acercabas al final del largo y estrecho túnel, al punto de no permitirte abrir los ojos. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Esto no estaba en tus planes.
     Sin embargo, cuando la realidad parecía estar fuera de control, la violencia cesó por completo al final del laberinto y, aunque sentiste frío y temor, te encontraste en libertad. Las emociones contradictorias que te acechaban te condujeron a un llanto que, luego de nueve meses, completó el ciclo milenario y misterioso.
     Y ahí fue cuando te vi. No creo que lo recuerdes, porque tu esfuerzo estaba centrado en percibir el entorno borroso y en amoldarte a la nueva situación, pero ese fue el momento en que se encontraron nuestros ojos por primera vez. Frente a frente. Sin la interferencia del mundo que, en pocos minutos, empezarías a transitar y a enfrentar. Y aquella mirada, la primera, detuvo el tiempo. Y en ese preciso instante supe que mi vida cambiaría para siempre.  


 Mención Premio Farfalla- Flia. Trentina- Rafaela-2016

miércoles, 16 de octubre de 2019

Carta para Cacho, que ya no está... (de la autora)

A Cacho Castaña.
Mirá Cacho, qué te puedo decir que no sepas. Un pueblo te está despidiendo en medio de esta “humedad, llovizna y frío..”, como dice uno de tus tangos. Eternos tangos que quedan prendidos en cada esquina de tu país tanguero. Allá irás a codearte con aquellos que tanto admiraste: con Gardel, para quien querías entoldar las calles de Buenos Aires antes del amanecer, por si volviera; con Tita, con quien compartiste algunas veces tus pasos por el Favaloro, y tuvo la oportunidad de reclamarte que le habías escrito al Polaco y a ella no; con Goyeneche, aquel de la Garganta con arena y sus tangos “insolentes y equilibristas”. Paso uno a uno tus temas. Tus letras no se pueden creer.
“Te pintaron las cejas con dos pinceladas de asfalto caliente,
Y quedó Buenos Aires, pintado en tu frente” (Tita de Buenos Aires)
“Hermano bandoneón, prestame un tango más” (Qué tango hay que cantar)
Busco información. A los 14 años ya eras profesor de piano, casi un niño prodigio. Empezaste como pianista en orquestas de tango, y en la segunda mitad de la década de 1960 te presentaste como cantante en programas "ómnibus", de esos que duraban más de 6 horas en vivo). Formaste el grupo Beto y los Huracanes, dando tus primeros pasos como vocalista. Y de allí no paraste.  En 2005 recibiste el Diploma al Mérito de los Premios Konex a la Música Popular en la disciplina "Autores/Compositores de Tango" como uno de los 5 mejores de la década en Argentina. Pero no te quedaste en el tango. En 2008 compusiste junto a Valeria Lynch la canción Por amor a vos, la cual sería cortina musical de la telecomedia del mismo nombre. Esta canción ganó el premio Martín Fierro a la mejor canción original. No se pueden mencionar todas tus canciones. Ni elegir. Cantaste con todos. Con La Berisso hiciste un video increíble. Con Lavié los escuchamos sentados a una mesa, cuando ya te costaba respirar.  Te hicieron homenajes y los disfrutaste. Nosotros también te disfrutamos y lo seguiremos haciendo. Porque las voces no mueren nunca. ¿Cómo podés haber pintado a Buenos Aires de esa manera?.  Ahora será el turno de algún poeta canta-autor, tan pasional como vos, que te escriba y te pinte. Te lo merecés Cacho. Gracias.

La Beriso y Cacho Castaña - Cacho de Buenos Aires - YouTube

miércoles, 9 de octubre de 2019

"Más allá de la guerra" - (de la autora)


Voy escuchando las noticias en la radio mientras ando en el auto por el pueblo, haciendo las compras. Debo detenerme en un negocio, pero antes, quiero escuchar el informe del periodista. Un veterano de guerra de Malvinas recibirá su casco que fuera entregado por un marine inglés en la embajada argentina en Londres, luego de 37 años. Ambos se habían enfrentado en el Monte Harriet, el 11 de junio de 1982, en una cruel batalla que dejó herido gravemente al argentino Héctor Pereyra. Andy Damstag lo tomó prisionero primero y luego lo protegió con su casco para que no fuera alcanzado por la artillería argentina. Luego lo llevó a un
hospital donde los médicos británicos le salvaron la vida. Los dos marinos tenían 18 años en ese momento y según relata el argentino, su “enemigo” inglés le comentó que no tenía idea de la existencia de las islas. También hablaron de fútbol; Andy le mencionó a Ardiles, que en ese momento estaba jugando en el Tottenham de Inglaterra. En esos momentos de confusión donde no se sabe bien qué están haciendo en una guerra de otros, esos chicos trataban de llevar adelante la situación hablando de temas que los sacaran del lugar. 37 años después, Andy lo contactó por las redes sociales y acordó devolverle el casco que tuviera su nombre y DNI. En el acto que se realizó en la embajada de nuestro país en Gran Bretaña, Andy besó el casco antes de entregarlo, lo que emocionó profundamente a los presentes.
     No puedo dejar de pensar en la situación. Una guerra, cruel, devastadora, feroz. Con tantas víctimas. Pero aún así, aparecen ciertos actos de nobleza que engrandecen a las personas. Y me entristece compararlo con la actualidad, donde encontramos diariamente un grado de enemistad dentro de nuestro país, como si estuviéramos viviendo una guerra. Y aunque busco, no encuentro un solo acto de nobleza que engrandezca a nadie. Todos somos enemigos.

El veterano de Malvinas Héctor Pereyra recuperará su casco ...

viernes, 4 de octubre de 2019

Finalistas Cuarto Premio Nacional Literario S. E. G. A.- Miramar- (Pcia de Buenos Aires)- 2019. Género: Poesía


Aquí están las 20 obras finalistas, seleccionadas entre 346 obras recibidas, que integrarán el libro de poesías:
Luego de deliberar, el jurado formado por 6 miembros de la comisión directiva, encontró las 20 obras finalistas que integrarán el libro de poesías, resumen del cuarto Concurso Nacional.
Los títulos de las poesías, sus autores y respectivos lugares de residencia son:

-Bitácora de vida Susana Angélica  Orden-   C. A. B. A.
  -Cónclave animal Juan José Reimondez Florencio Varela. Bs. As.
  -Credo Mario Corradini Mar del Plata
  -Deja vú Raúl Oscar D´Alessandro Mar del Plata
  -Instrucciones para preparar un ocaso Hernán Misael SosaCaleta Olivia. Santa Cruz
  -La taba Héctor Pablo Golfetto C. A. B. A.
  -La trama Graciela Isabel Ferraro Tandil
  -Llora el mar Beatriz Chiabrera de Marchisone Clucellas. Santa Fe
  -Los viejos Trudy Pocoví Santa Fe
  -Mientras no cicatrice, se está a tiempo Silvia Gabriela Vázquez Lanús. Bs. As.
  -Mujeres de ceniza José Luis Frasinetti Gral. Belgrano Bs. As.
  -Nuestra esencia Raúl Ángel Fernández Villa Adelina, San Isidro.
  -Origami íntimo Silvina María Gatti Comodoro Rivadavia.
-Romance a José Pedroni Juan Carlos Pirali Dolores. Bs. As.
  -Savia Aldo Renato Guardatti Bº Tres Cerritos. Salta
  -Se me perdió una palabra Josette Digna Sabaté Pergamino. Bs. As.
  -Soneto Marcelo Galliano C. A. B. A.
  -Un  mar que vuelve María Marta Pugliese C. A. B. A.
  -Un otoño más  Yamila Urban  Indio Rico. Bs. As.
  -Vamos mi niño Manuel Sindín Chamorro Córdoba, Capital

Seguimos trabajando y deliberando para encontrar los tres primeros premios!
Muchas gracias! a los 346 participantes de distintos lugares de nuestro país y felicitaciones a los finalistas!
A todos los esperamos el sábado 23 de noviembre a partir de las 17 hs. en la Biblioteca Municipal José de San Martín, calle 34 Nº 940 de la ciudad de Miramar.
Realizaremos entonces la entrega de premios recordando los 23 años de nuestra sociedad.

FUENTE: https://segamiramar.wordpress.com./

jueves, 3 de octubre de 2019

"Patria" (de la autora)

Qué sola estás mi Patria,
qué sola y lastimada, Patria mía,
sangras sin cesar por tus rincones,
y no alcanzan los ungüentos
para sanar todas tus heridas.
No decaigas,
ya no trastabilles,
no permitas que manchen tu bandera,
no te dejes ultrajar por los bandidos,
por aquellos que traicionan en tu nombre,
por los otros, que afilan sus cuchillos.
Qué triste y solitaria estás mi Patria,
qué lejos, te han llevado, de tu cauce,
andas sin fuerza, y con temores,
cargando una mochila de injusticias,
sorteando a los lobos
y la perenne amenaza de sus fauces.
Resiste Patria mía,
no dejes que despojen tus entrañas,
recoge las esquirlas
y fragmentos,
intenta nuevamente,
respira,
resiste en nombre de tu pueblo.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

"Feriado inesperado"- (De la autora)

Nos levantamos temprano, más que lo habitual, para ir a Rafaela. Cuando uno viaja del pueblo a las ciudades cercanas, siempre “acumula” varias cosas para hacer: trámites, compras, etc. Mientras estamos llegando, mi hija averigua por teléfono por algo que yo debo comprar en un negocio donde ella tiene un conocido, y le dicen que “mirá, hoy no, porque está cerrado por el Día del Empleado de Comercio”. Nuestras caras cambian por completo; igual seguimos. Algo estará abierto, pensamos, un supermercado, algún negocio. Pero no, todo herméticamente cerrado; algunos locales hasta con persianas y rejas. Bueno, la dejo a ella que tiene una reunión y voy al centro a ver qué puedo hacer. Igualmente me traje un libro; en la plaza me podré sentar a leer. Estaciono, y antes de bajarme le mando un mensaje a Claudia, que vive acá, por si tiene tiempo de tomar un café. En seguida me contesta que “lástima, estoy saliendo para una reunión”. Me sugiere un super Chino que “puede estar abierto”. Me bajo del auto y camino hacia el centro. Me cruzo con Julián Ratti. Claro, él no me conoce, pero yo lo escucho siempre en la propaladora de mi pueblo. Los lugares donde debo ir están cerrados; ya lo comprobé. El Chino también. Igualmente me consuela que no soy la única; una pareja está leyendo el cartel y comentando que no sabían. Sigo caminando, el día está precioso y la primavera se palpita en el aire. Miro las vidrieras que no tienen las persianas cerradas; tengo tiempo de ver todas las novedades y leer todos los carteles,  pero me aburre; no vine a mirar vidrieras. Me cruzo en la vereda con un empleado del Correo Argentino en bicicleta que está repartiendo la correspondencia en los negocios cerrados; claro, no tiene problema porque las veredas están vacías. Veo un local abierto y me alegro, pero es de quiniela. Yo ni siquiera juego; podría empezar hoy, pienso. Llego hasta el cine y cruzo la calle. Del otro lado me vuelvo a encontrar con el empleado del Correo. Llego a un café,
entro y me siento en una mesa que da a la calle, así tengo luz para escribir mientras tomo algo; hay varias mesas ocupadas. Escucho una canción de Abel Pintos que me alegra la mañana, siempre es bueno escucharlo. Cuando llega la camarera le pido un café y busco en mi cartera algo dónde escribir y una lapicera. El cuaderno que tenía adentro lo dejé en casa, y los lentes quedaron en el auto. No importa. Una servilleta va a ser muy chica. Revolviendo, encuentro un viejo presupuesto arrugado en el fondo de la cartera, que me puede servir; la parte de atrás está en blanco. Escribo igual, sin lentes y en el papel desprolijo. Levanto la vista cada tanto para mirar las noticias en el televisor; la vista me va a pasar factura, seguro. Por la ventana veo que pasan algunas personas caminando. Pocas. Busco en Internet por la fecha del día del Empleado de Comercio, porque tengo mucha duda. ¿Cómo no escuchamos nada? Encuentro información que me confunde aún más:  
“El 26 de septiembre, los/as empleados/as de comercio de todo el país celebramos nuestro día, conforme con la ley 26.541, sancionada el 11 de noviembre de 2009; ratificando lo establecido por el artículo 76 de nuestro Convenio Colectivo de Trabajo 130/75. Para este 2019, se ha resuelto, trasladar el feriado para el lunes 23, con el objetivo que todos los trabajadores y trabajadoras puedan gozar de su día de descanso.” 
 ¿26 de septiembre? ¿23 de septiembre? Hoy es 25 de septiembre. Bueno, festejemos los 3 días. Siempre hay lugar para un feriado más.

viernes, 20 de septiembre de 2019

"Complemento" (De la autora)- Inspirado en "Cohesión" de María Elena Doleatti


¿En qué rincón pronunciarán su amor?
ese que no habla de ficciones,
tan lejos de la farsa cotidiana,                                                 
el que por su particular pureza
resuena en el tañer de las campanas.
¿Qué espacio contendrá tanta pasión?
esa que se funde con la piel y con la sangre,
la que reverbera en los latidos mutuos                          
del abrazo simple
entrelazando sus almas inmortales.
Ambos se prefieren,
se entregan sin razón ni condiciones,                    
desafiando al tiempo,
fundiéndose con lazos invisibles
que quiebran las barreras,
formando un único elemento.                                    
Ambos existen opuestos, diferentes,
mas ligados por un impulso necesario,
como la luz seduce a la penumbra,                      
la tierra es nada sin el cielo,                                              
y al fuego le urge el agua a sosegarlo.
Yacen allí, ajenos, solitarios,
fruto del artista
que ha plasmado su genio en el cemento,                      
dos fuerzas que profesan armonía,
volcando su energía
en el equilibrio final del complemento.
Nadie nunca sabrá, nunca,    
lo que murmuran con su voz caliza
qué secretos recónditos y ocultos
están grabados en sus formas esculpidas.
Quizás sea un rumor de despedida
o el susurro inicial de una promesa,
mas sin duda el destello del recado                
dejará  su huella eterna en las veredas.                                                         
Sin embargo, el grito del creador se expresa
con una voz imperceptible y muda
que trasciende el tiempo y las fronteras 
y destaca otra forma de lenguaje,                          
y en un intento por honrar la vida                                                              
exhibe su labor con respeto y homenaje.



Inspirado en Cohesión   (Escultura de María Elena Doleatti- 2003-
Ubicada en la Plaza San Martín- Clucellas- Santa Fe)
Dice la escultora de su obra: “Es un bloque compacto de cemento y ladrillos con un poco de hierro en la base y en el cuello. Se realizó por adición. Representa el Yin y el Yang de la creación, y el amor correspondido y desinteresado” (María Elena Doleatti)

martes, 10 de septiembre de 2019

"Carta de un alumno a su maestra"- (De la autora)

Seño:
     Sólo quería aclarar algunas cosas y que queden sentadas antes de comenzar. Compartiremos el espacio diario y estaremos juntos andando hacia una misma meta. Pero vos vas a estar de un lado y yo del otro. En realidad, no sé si tu objetivo es el mismo que el mío, pero de lo que sí estoy seguro es que marcharemos juntos en la tarea.
     Deberás seducirme, no lo dudes. Porque para que yo te siga, tendrás que atraerme y hacer que yo me interese en lo que me cuentas. Y eso se logra sólo con una cuota de seducción que no cualquiera tiene. Pero eso, vas a demostrarlo solamente si sos capaz de involucrarme. Vas a tener que aplicar métodos y técnicas variadas para que no me aburra, disfrazar situaciones, hacerme creer que estoy jugando y lograr que yo disfrute cuando me estás probando. En cierto sentido vas a tener que actuar, como cualquier actor en escena, estudiando tu libreto para cautivar al público. Porque yo voy a ser tu público. Sí, nos evaluaremos mutuamente. Porque la evaluación que me tomes será también tu evaluación. Y solamente habrás tenido éxito cuando el resultado demuestre que yo entendí y sé cómo aplicar los contenidos en las situaciones concretas. Los malos resultados generales también serán tu falla, porque querrá decir que, o no supiste explicarnos, o no te entendimos, o estás evaluando de una manera diferente a cómo nos enseñaste. La evaluación que tomaste el año anterior no siempre se adecuará al grupo actual. Entonces deberás cambiar. No tengas miedo de cambiar, ni de equivocarte. Entenderé si debes buscar información para la próxima clase porque no podés saberlo todo. Por eso, prefiero que no me mientas, así no te perderé el respeto.
     También necesito que seas justa conmigo, que valores mis esfuerzos, mi responsabilidad y mi compromiso, que corrijas mis errores para que no los vuelva a cometer y mantengas tu palabra. Tu palabra es muy importante, no lo olvides. Si me encomendaste algo para hoy, pero la mayoría no lo hizo, no lo dejes pasar. Por lo del respeto, viste.
     Te pido también, que no te tiemble el pulso para darme un premio o un castigo. El premio justo será un estímulo seguro para mí, y el castigo será un llamado de atención que no olvidaré. En ambos casos lo entenderé, aunque me duela lo segundo. Y aprenderé de ello, no lo dudes. Pero también deberás estar segura que el falso premio no dará resultado, y será una mala señal de tu parte.
     Por último, te recomiendo que no me impongas miedo, sino respeto, porque será la única forma que yo valore lo que estás haciendo. Y algo fundamental, que tampoco me impongas tus ideas, sobre todo las políticas, porque me estarás haciendo mucho daño y eso te degradará, no lo dudes. Porque demostrará que no eres capaz de mostrar la realidad sino de disfrazarla como a vos te convenga.
     Será un camino arduo en el que nos deberemos tener paciencia recíprocamente. Sé que te recordaré solo si fuiste justa, honesta y si demostraste pasión en lo que haces, que además, es lo que elegiste hacer.
                                                         Con afecto,
                                                                        Tu alumno

"Llevarás..." (De la autora)

Llevarás siempre en tus ojos
la imagen de tus días frente al aula,
la mirada tierna de tus niños
reflejando toda tu confianza.

Llevarás pegado a tus oídos
un verso, un himno y una marcha,
el murmullo de voces en el patio
y el lejano son de una campana.

Sentirás por siempre entre tus dedos
el roce de una caricia vaga
tocando caritas inocentes,
calmando cabecitas despeinadas.

Y no dejarás que se te olvide
la imagen de la bandera izada,
que en el mástil, al ritmo de la Aurora,
más de una vez te despertó una lágrima.

Conservarás entre todos tus tesoros
una flor... en tu carpeta, aún guardada,
un guardapolvo con todos los aromas
y un puñado de niños en el alma.  

 

Publicado en "Sentate que te cuento"- Editorial De los cuatro vientos- Bs. As. 2009-

jueves, 5 de septiembre de 2019

"Patronales" (de la autora)

     Los zapatos están lustrados. Y el traje de Juan está listo, aún colgado, para que no se arrugue. Es el día de las Patronales de Clucellas y el pueblo se detiene para festejar. Habrá que levantarse temprano porque la misa de acción de gracias es a las nueve y media, con el Obispo. Igual, antes está la Procesión. Irá abrigado. Siempre va abrigado el día de la fiesta. Porque todavía hace frío a principios de septiembre. Y caminar alrededor de la plaza a paso lento hace que se sienta más. La Virgen, impecable, irá cargada en andas llevada por algunos voluntarios, y los niños caminarán arrojándole pétalos de rosas que caerán como lluvia sobre su manto mientras los fieles la acompañamos rezando. Antes era llevada por muchachas solteras, muchas veces escoltada por Granaderos; hubo un período en que era transportada por conscriptos, pero ahora no hay un criterio determinado. Algunas cosas han cambiado demasiado, piensa Juan, y una gran melancolía lo invade como queriendo retornar a aquellas épocas. Siguiendo con sus evocaciones determina que tampoco habrá bombas. La primera se arrojaba en la víspera, cuando caía el sol, y luego, el día de la Fiesta se anunciaba, al amanecer, muy temprano, el comienzo de las jornadas patronales. Un primer estruendo despertaba a la población en su conjunto; era como un despertador masivo para que todos abriéramos los ojos al mismo tiempo y nos comenzáramos a preparar para los festejos. Luego, se arrojaban otras para acompañar la Procesión, provocando el estremecimiento de algunos distraídos, el llanto de unos pocos niños y el inminente revuelo de los pájaros de los alrededores. Por eso se suspendieron, para no asustar a los animales; muchos perros desaparecían por unos días a causa de los explosivos, igual que en Navidad y Año Nuevo. Igualmente sigue siendo una fiesta, decide Juan mientras se pone el traje con mucho cuidado. Los zapatos se los colocará antes de salir, luego de desayunar, para que no se ensucien. Su traje, está quizás un poco pasado de moda. Pero es un traje, y la ocasión lo amerita. Recuerda que la ropa que se compraba para las patronales tenía que usarse igualmente, sin importar si el clima no era el adecuado. Su hermana y su madre modificaban los vestidos para que parecieran nuevos, agregándole o quitándole algún detalle, porque la mayoría de las mujeres de la familia sabía coser. Corte y confección habían estudiado. Ya
es la hora. Las campanas de la iglesia anuncian el comienzo de la Procesión en pocos minutos. Se coloca los zapatos, se apresura frente al espejo con los últimos retoques y sale a la calle camino a la plaza. El sol está radiante y eso ayuda a que mucha gente mayor, como él, pueda cumplir con el ritual anual. La Procesión sale de la Iglesia así que tendrá que caminar varias cuadras; a él nunca le gustó eso de “engancharse” en la vuelta. Ni bien cruza la puerta de su casa ya puede escuchar la propaladora con las canciones religiosas, de donde saldrá la voz que conducirá el rezo hasta el Templo. Cuando él era joven solía haber una banda que acompañaba la doble fila de peregrinos, también hubo ocasiones en las que alguien encabezaba el recorrido con un megáfono para que todos pudieran escuchar. Su trayecto hasta el templo le permite seguir recordando. Al llegar a la puerta de la iglesia, se coloca detrás de aquellos que arribaron antes que él. La cola es larga y lo será aún más a medida que vayan acercándose los vecinos más remolones.  Mientras va recorriendo el sendero perimetral ya puede ver los stands de los vendedores que, como todos los años, llegan al pueblo con la mercadería o los juegos que tienen para ofrecer. Se forma como una feria, que mientras fue pasando el tiempo, fue mutando también, adaptándose a las necesidades de la sociedad. La ruleta, el peludo, el alquiler de carros y los saltarines fueron suplantando a la carrera de embolsados, la sortija, las piñatas llenas de harina y caramelos, las carreras de obstáculos y el palo enjabonado con un lechón de premio. Y cuando llega la noche, es el momento del tradicional baile.  El salón del Club Florida aún mantiene la estructura por donde pasaron tantas reuniones sociales, y entre ellas, las de las fiestas patronales. Aunque antes de realizarse allí, se hacían donde ahora es el Salón Cultural de la Biblioteca Bonini, lo que luego funcionó como cine. Igualmente la antesala de los primeros bailes fueron los Pabellones. Juan recuerda cuando llevaban a todos los niños al campo a la casa de un tío para que no molestaran cuando los ensamblaban. Esas estructuras tenían piso de madera y estaban cubiertas por una carpa donde se bailaba al compás de alguna orquesta Típica como la Gomez-Vazquez, que tocaba especialmente tangos, milongas, pasodobles y valses; o Característica, que interpretaba además jazz, foxtrot o tarantelas, entre otros ritmos más modernos. Pero él no tuvo la oportunidad de bailar en esos pabellones que tuvieron su apogeo en los años treinta y cuarenta, allí transitaron sus padres y sus abuelos, y ese recuerdo lo remonta a imaginar las historias de amor que se habrán gestado sobre esas tablas, cuando no había computadoras ni celulares para concertar citas, y los horarios máximos de los eventos no pasaban la medianoche. También recuerda que tenía una única camisa que debía cuidar para los demás bailes de la zona, porque las fiestas patronales de los pueblos vecinos se festejan casi todas en la misma época. Su memoria va y viene en el tiempo constantemente, trasladándolo a situaciones imaginarias que lo conmueven y lo transportan. Ya casi está por la mitad de la Procesión cuando visualiza, casi como por arte de magia, las llamadas “vuelta del perro” en la plaza, donde los varones giraban en torno al predio yendo para un lado y las mujeres para el otro, para poder verse a los ojos en el punto de coincidencia. Era como un juego de seducción sin palabras, donde la mirada tomaba fuerza y transmitía mensajes. Y luego, estaban las reuniones familiares. La casa paterna era el escenario de los festejos, donde largas mesas con abundante comida, preparada durante días, despedían aromas mezclados, de los salames de las carneadas, las tentadoras mayonesas, el lechón adobado y otras exquisiteces para compartir con los parientes del dueño de casa. Aún tiene grabado en sus oídos las conversaciones en piamontés entre sus familiares mayores, dialecto que fue aprendiendo de a poco, a través de las canciones o charlas que escuchaba diariamente, porque los abuelos de Juan habían llegado de Italia a principios del Siglo XX, acarreando su idioma, sus costumbres y tradiciones.          
     Esas fueron y seguirán siendo nuestras fiestas patronales. Una jornada de contemplación y respeto respaldada por la fe religiosa, pero también de descanso de las tareas laborales y de festejo, que revela las más hondas rutinas y las raíces del pueblo. Por eso, hoy, como todos los ocho de septiembre hace más de sesenta años, una vez más, Juan  asiste a la misa, se dará una vuelta por la plaza y compartirá alguna reunión con algún amigo, tomando un vermouth, quizás en el Bar Bessone. Y así lo seguirán haciendo sus hijos y sus nietos, a través de generaciones, aunque cambien algunas costumbres y aunque los ritos no sean los mismos, ya que el orgullo pueblerino será lo que los mueva y los identifique.


1er Premio Centro de Revisionismo Histórico SALAC y Revista Ay Patria Mía.  (Córdoba) -2017

jueves, 29 de agosto de 2019

"Tengo prisa"- (de la autora)

Tengo prisa.
Que me urge de un diluvio de violencia,
esta tempestad que aplastó la convivencia
en un pueblo perdido, aletargado.
Siento urgencia de unir lo separado,
de contaminarme con verbos de ternura
que aniquilen todas las locuras
que salpican este mundo atormentado.
Tengo prisa de un aire depurado,
de un cielo sin chantajes ni amenazas,
de árboles libres, niños sanos,
de suelos inmunes a las armas,
de aguas cristalinas, trasparentes,
que espejen la riqueza de su fauna,
de tierras fecundas, promisorias,
sin grietas que lastimen sus entrañas.
Temo que no alcancen los intentos,
que no surjan todas las palabras,
que no basten todas las urgencias,
temo que, como otros, llegue a acostumbrarme.
Y este temor de contagiarme,
me recuerda que aún siento la prisa
de arrancarme esto que me asfixia
porque temo que mañana sea tarde.
No sea cosa que queden las esquirlas,
que ya no encontremos los fragmentos.
Entonces… ya no habrá una razón para mi prisa,
ni habrá un buen final para mi cuento.                 

Basado en  "Tengo prisa" - Publicado en el libro de la autora FOTOGRAFÍAS DEL ALMA- Edición de autor- (Rafaela- 2011)           

domingo, 25 de agosto de 2019

"Acostumbrarse"- (De la autora)

Publicado en "FOTOGRAFÍAS DEL ALMA"- Edición de autor- Talleres Diario "La Opinión"- Rafaela- 2011


     Con el apuro, había dejado el barbijo sobre la mesa de la cocina. Lo recordó mientras venía caminando por la avenida central de lo que, hasta hace poco, era una ciudad llena de movimiento, con gente que iba y venía del trabajo, con vendedores de bagatelas en todas las esquinas, con paseadores de perros que aprovechaban el fresco de la mañana en la plaza central, con los que salían a correr por las sendas aledañas. Vida normal en una ciudad normal. Eso ya no existía. Sólo en su memoria y en la de los pocos transeúntes que aún quedaban y que deambulaban perdidos con la mirada absorta y buscando explicaciones de cómo habían llegado hasta ese punto. Ya no había vuelta atrás, y eso era lo más triste.
     Si no se apuraba llegaría tarde. Había comenzado a llover. Pensó en sus hijos que, otra vez, se quedarían sin salir a la calle. Siempre habría alguna causa, un día los incendios, otro día la lluvia. Lluvia ácida, la llamaban. Al fin conocía en carne y hueso lo que era. Lo que había visto en alguna película de ficción era ahora su realidad y la de su familia, que no volverían a tener la vida de antes, al menos no en un corto tiempo, o quizás más largo de lo que pensaba, si es que alguna vez volverían a tenerla. Si todos se hubieran dado cuenta antes.  No quería olvidar los tiempos felices, pero de ahora en más sólo debería pensar en sobrevivir. Ni siquiera podía preguntarse por qué le había tocado a él ya que todos, sin distinciones, estaban afectados.
     Y allí se encontraba ahora, por las calles semidesiertas de la ciudad, en su rutina diaria de buscar agua.  Algo tan simple y que antes parecía tan sencillo, ahora se había transformado en una odisea cotidiana. Agua tratada y purificada. La que el municipio extraía, limpiaba  y distribuía cada día para abastecer a la población que no había almacenado anteriormente. Y los que llegaban tarde al reparto tendrían que rebuscársela de otra forma, porque nunca alcanzaba para todos.
     Mientras iba caminando en un paso apresurado, pensaba qué podía encontrar de positivo. Bueno, al menos la lluvia extinguiría los focos de incendio que quedaban, que habían arrasado con las pocas pasturas de los alrededores y de los que todavía se podía ver el humo en las afueras de la ciudad. No sabía qué era mejor, que lloviera o que no, porque el fuego se apagaba pero el aire no se limpiaba con el agua que caía, que lo quemaba todo, aunque de otra manera. Una manera silenciosa y traicionera. De a poco y sin que uno se diera cuenta. El fuego quemaba, el agua quemaba, el aire quemaba. Todo quemaba. La piel, los pulmones, los ojos.
     No quería olvidar. Ahora todo era desolación. La mayoría de los alimentos también estaban contaminados, como el agua y el aire. Y las personas que no habían muerto, estaban padeciendo enfermedades a causa de la desesperante situación. Sabía que estaba respirando ácido sulfúrico y ácido nítrico, porque lo había escuchado en la televisión montones de veces. Sabía que, este aire enfermo, entraba lentamente a su cuerpo por donde pudiera, invadiéndolo,  destruyendo lo que encontraba a su paso, dentro y fuera de él. Últimamente, le ardían demasiado las fosas nasales y los ojos. Y para colmo se había olvidado el barbijo. Los informativos recomendaban usarlo siempre y ya era difícil conseguirlos. De pronto, recordó que tenía un pañuelo en el bolsillo y lo sacó para protegerse un poco del aire contaminado.
     Miró su reloj y apuró la marcha aún más. A pesar de la lluvia, el calor era agobiante. Llevaba dos bidones vacíos y algo de dinero para comprar, si encontraba, algunos alimentos envasados.  Para que la precipitación ácida no lo alcanzara se resguardó debajo del toldo de un viejo hotel abandonado, que un tiempo antes, había estado lleno de turistas. Leyó el cartel corroído que anunciaba las comodidades del alojamiento: desayuno y habitaciones con aire acondicionado. Miró a través del vidrio sucio de la puerta principal y pudo ver el pasillo vacío que conducía a los ascensores. Todo estaba lleno de tierra, como esperando que lo limpiaran para recibir a los viajeros. Pero los viajeros no volverían. Cerró los ojos para imaginárselo lleno de gente, como antes, pero la imagen duró muy poco, demasiado poco. De eso vivían, de imágenes del pasado, de un pasado que paulatinamente se iría desvaneciendo de sus mentes. Y él hacía todo lo posible para no olvidar. Diariamente ejercitaba su imaginación con los recuerdos más frescos que aún podía llenar de colores, de sabores y de olores. Tenía miedo de perder todo eso. Y se alimentaba de esa forma, era como una terapia personal. Ejercicio mental constante, para no decaer.
      Seguía lloviendo. Una lluvia oscura, pesada, densa e irrespirable, que mientras caía levantaba vapor del pavimento siempre caliente, dificultando aún más la visibilidad. Vio un local de provisiones abierto y se detuvo para comprar dos latas de verduras envasadas y dos de carne, todo lo que pudo conseguir para ese día. Siguió caminando por la vereda, de toldo en toldo y de techo en techo para mojarse lo menos posible, hasta llegar al dispensario del municipio donde repartían el agua. Había cola, como todos los días. La gente con bidones y botellas, con caras largas y miradas perdidas, estaban esperando el turno para cargar el preciado tesoro. Ojala que no se agotara la ración de hoy tan pronto. Alguien del municipio estaba repartiendo barbijos a los que no tenían. Cuando llegó su turno, llenó los envases y emprendió el camino de regreso a casa, con su barbijo puesto.  Los bidones, ahora llenos, le pesaban y tenía demasiado calor. La lluvia lo lavaba, o lo ensuciaba, lo enfermaba como a todos, cada vez un poco más.
     Habían prohibido la circulación de vehículos y controlaban la emanación de gases de las fábricas que aún quedaban, pero eso estaba muy lejos de resolverles el problema. Y sabía que era una medida ridícula y tardía, como echar un balde de agua para apagar un incendio en un bosque en llamas. Si se hubieran dado cuenta antes. Ridículo. Todo le parecía ridículo y patético.
      Se sentía amenazado de muerte. Como en una guerra, pero sin armas de fuego y con un enemigo invisible y constante al que no sabían cómo atacar. Nadie sabía. Nadie nunca había sabido, aunque les hacían creer que sí. Tantos simposios climáticos y congresos ambientales, ¿para qué?  Siguió caminando evitando pensar tanto, para que su mente no se enfermara tan rápido como su cuerpo. Sin embargo, un alud de palabras lo acosaban como clavándole alfileres que dolían: industrialización, efecto invernadero, calentamiento global, agujero de ozono, errores humanos. Errores. Errores fatales. Cuántas veces había escuchado tratar sobre estos temas en los informativos, alertando a la población. Cuántos intereses de gente muy poderosa habían llevado a esta situación irreversible e insoportable. Intereses, siempre intereses.
      Le dolían sus hijos, el futuro de su familia. Le dolía recordar la vida normal y rutinaria de la que antes se quejaba por simple y repetitiva y que ahora valoraba más que nunca: las mañanas de sol radiante y las lluvias normales de verano, con ese aroma a tierra mojada que traían los campos cercanos llenos de pasturas y sembrados, la luz y el olor de la naturaleza sana… eso ya no existía. Estaban rodeados de bosques arrasados y ríos llenos de peces muertos. La naturaleza rebelde, enojada… No quería olvidar. Pero a cada paso había algo que le recalcaba que estaba transitando en un mundo sin futuro, y ya casi sin presente. Sólo el pasado rondando su mente, un pasado cada vez más lejano e impalpable. Y este presente lo hostigaba demasiado: los edificios y monumentos corroídos, los escasos árboles en la plaza central de los que sólo quedaba el esqueleto, algún que otro perro muerto que se le iba apareciendo en el camino, los negocios cerrados. Gente anónima corriendo con barbijos y pañuelos tapando su cara, gente buscando. Casi una ciudad fantasma. Un mundo fantasma, porque en otros lados era igualmente desolador. No había donde ir, sólo sobrevivir. Sobrevivir diariamente.
          Se detuvo debajo de una parada de colectivo inutilizada porque se sentía cansado y los ojos le ardían y le llorisqueaban. Ya no sabía si era por el ardor o por la impotencia, pero los ojos le lloraban. Las lágrimas se confundían y lo confundían, e iban quemando sus mejillas. A su alrededor, la gente pasaba corriendo, cargando con alguna provisión para el día y resguardándose donde podían. Dejó los bidones y la bolsa con los alimentos  a un costado y se sentó en el banco de la parada para descansar un poco. Sacó el pañuelo de su bolsillo y se secó los ojos. Se dio cuenta que no podía respirar bien y que se le había nublado la vista. Mantuvo el pañuelo un rato sobre los párpados cerrados para ver si le pasaba ese efecto desagradable. Y así, a oscuras, lo invadieron sensaciones que antes nunca habían pasado por su mente. Quizás sería mejor olvidar, pensó. Y acostumbrarse. A los barbijos, los bidones y la lluvia. Al cielo denso, siempre opaco. A la ciudad desierta, llena de despojos humanos, vacía de vida. A correr y buscar. Siempre correr y buscar. A esqueletos en las calles, de árboles, de animales y quizás muy pronto, de seres humanos.
    De repente, un ruido lo despertó de su estado aletargado y quitando el pañuelo de su cara, que sentía sucia y mojada, volvió a abrir los ojos. Los bidones y la bolsa habían desaparecido.  Miró con desesperación a su alrededor  y vio que un hombre  se los llevaba corriendo por el centro de la calle. Salió detrás de él y en vano intentó alcanzarlo porque el ladronzuelo se confundió con la multitud desorientada. Corrió hasta que lo perdió de vista y se detuvo porque le faltaba el aire y ya no podía controlar el llanto. Las lágrimas, de impotencia, de dolor eran cada vez más abundantes, se confundían con la lluvia y lastimaban, dejaban marcas profundas.
        Siguió caminando con la respiración entrecortada y la mente ausente y cada vez un poco más enferma. Algo había cambiado en él en ese preciso instante. No sabía precisar qué era exactamente, pero se sentía distinto.  Sí, sería mejor acostumbrarse. Todos se acostumbrarían, al final. Él, sólo caminaba, ahora con las manos vacías. Su mirada había cambiado, las lágrimas se habían detenido de repente. Caminaba, con su barbijo siempre puesto, mirando a ambos lados, minuciosamente, buscando, tratando de encontrar a algún distraído que, como él, dejara un bidón con agua al alcance de su mano. Sí, decidió que seguramente lo encontraría… antes de llegar a su casa.