POESÍA. NARRATIVA. INFORMACIÓN LITERARIA. CONCURSOS. AUTORES CLÁSICOS Y NÓVELES


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LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)

Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)

Los encontrarás:
En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.
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martes, 23 de abril de 2024

Crónica de una tarde de lluvia en Buenos Aires (De la autora)

 

Llueve en Buenos Aires y yo salgo a comprar libros de inglés. Pero no los clásicos, sino novelas tipo best-sellers. Cada vez que puedo, compro uno para tener a mano en la mesita de luz, por si termino uno, para poder empezar enseguida con otro.  Como era de esperar, en la mayoría de las librerías me ofrecen Shakespeare, George Orwell, Edgar Alan Poe, Dickens, Eugene O’Neill. He leído mucho de ellos en el profesorado, y después también. Pero ahora busco otra cosa, y lo que busco normalmente lo encuentro de segunda mano. Entro y pregunto; son escasos los locales que venden usados.  En todas las librerías –que están abiertas hasta altas horas de la noche- me indican “ahí, en el estante de abajo”, o “en aquel de más arriba”. Nunca en un estante a la altura de mi cabeza.  Entonces, tengo que agacharme, casi acostada, o estirar el cuello hasta donde me dé, para poder leer los títulos de cada ejemplar. Pero no encuentro mucho. Hasta que llego a una librería en calle Corrientes, casi Callao, que tiene en la entrada una caja con usados, tapado con un gran plástico. Sigue lloviendo.  Levanto el plástico, y el empleado me dice que no destape porque se mojan. Busco usados en inglés- le explico. Ah pero no, los de inglés están allá abajo- me contesta, como lo esperaba. Entro sin dudarlo y me agacho al lado de la estantería, mientras pasan algunos extranjeros que no sé qué buscan. Luego me siento en el suelo, porque agachada mucho no aguanto. Y encuentro dos que me interesan. Cada uno de esos libros- como otros que he comprado- tiene una personalidad propia y única. Y yo imagino a sus dueños, deleitándose- como yo- con la lectura entre sus manos, con el olor de la tinta. Alguno tiene una marca de bolígrafo hecha por un niño, otro está rasgado, pero a mí no me importa, porque es parte de la historia y del recorrido que hizo ese ejemplar hasta llegar a mis manos. Y ahora… son míos…


miércoles, 23 de junio de 2021

"La primera mirada" (de la autora)- para Julia

     En ese momento estabas muy ocupada. Todo era muy confuso para vos, estoy segura. La situación se presentaba caótica, desorganizada y no estabas preparada para afrontarlo, nunca te preparan para eso. Escuchabas ruidos metálicos y voces desconocidas que te provocaban miedo y desconfianza incitándote a quedarte donde estabas, segura y protegida, a pesar de la oscuridad y la humedad que te rodeaban.  Pero había que salir, no quedaba otra opción. Afuera todos te estábamos esperando.

     Te gustara o no, fuerzas superiores perturbaban tu largo letargo que estaba llegando a su fin. Habías empezado a sentir presiones, que te impedían controlar tus escasos movimientos. Cuando llegó el momento, divisaste una tenue luz que te indicaba la única salida, el sendero que debías seguir obligatoriamente y que te alejaría de la zona de seguridad. Algo se rompió, y sentiste que ibas a ser desalojada a pesar de tus intentos por quedarte. La incertidumbre era parte de la historia pero la curiosidad no te movilizaba a acelerar el proceso que parecía anárquico, agresivo y desolador. Pero no estabas sola.

     De pronto notaste que ibas llegando a una zona desconocida y eso te asustó aún más, pero ya no podías hacer nada para detenerte, eso escapaba a tu decisión y a tus deseos. Las presiones se hicieron insoportables. Los ruidos y las voces fueron aumentando de a poco y la luz se tornaba cada vez más intensa a medida que te acercabas al final del largo y estrecho túnel, al punto de no permitirte abrir los ojos. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Esto no estaba en tus planes.

     Sin embargo, cuando la realidad parecía estar fuera de control, la violencia cesó por completo al final del laberinto y, aunque sentiste frío y temor, te encontraste en libertad. Las emociones contradictorias que te acechaban te condujeron a un llanto que, luego de nueve meses, completó el ciclo milenario y misterioso.

     Y ahí fue cuando te vieron mamá y papá. No creo que lo recuerdes, porque tu esfuerzo estaba centrado en percibir el entorno borroso y en amoldarte a la nueva situación, pero ese fue el momento en que se encontraron tus ojos con los de ellos por primera vez. Frente a frente. Sin la interferencia del mundo que, en pocos minutos, empezarías a transitar y a enfrentar. Y aquella mirada, la primera, detuvo el tiempo. Y en ese preciso instante, ellos supieron que cambiarías su vida para siempre.  



Nota de la autora: este texto fue modificado para adaptarlo al nacimiento de Julia. El original está  publicado en "Rincones y Acuarelas II" (La Imprenta Digital- Buenos Aires - 2019- de la autora), cuyo link presento a continuación:


jueves, 14 de enero de 2021

"La carrera de alfombras" (de la autora)

         La casa era chica, quizás demasiado para jugar adentro, pero lo suficientemente grande como para que una alfombra sirviera de vehículo para transformar los pasillos, la cocina, el comedor y el living en un espectacular circuito de carreras.

     Tendríamos con Bere esa edad que no se puede precisar en número, pero sí en momentos, esos momentos de la niñez que quedan adheridos a la piel y que no se borran con el paso del tiempo ni con las distancias que nos impone la vida.

     Mi abuelo había comprado una casa de veraneo en las sierras cuando yo tenía apenas un año. Era un modesto chalet típico blanco con tejas rojas, sobre una silenciosa calle de tierra bordeada de árboles, que descendía directo al río y desde donde se veían las montañas cordobesas que rodean a la pequeña ciudad inmersa en el maravilloso valle. La casa de Bere se encontraba a un terreno baldío de por medio, cuyos árboles y malezas invitaban a la aventura de explorarlo. Ella había nacido en esa ciudad montañosa, yo era una forastera que llegaba de otra provincia, donde todo era llano. Con mis padres empezamos a ir todos los años en invierno y verano, y así fue como nuestras familias empezaron a contactarse por ser vecinos y nosotras nos hicimos amigas, de esas que aunque se alejen en kilómetros quedan prendidas por hilos invisibles que, a veces, se tironean con los movimientos de cada una, llamando a la otra.

     Las vacaciones solían ser los momentos en los que poco a poco fuimos afianzando esa amistad, porque durante el resto del año nosotros volvíamos al pueblo para seguir con nuestra vida de rutina. Por eso, aunque nos manteníamos en contacto por carta, añorábamos esas temporadas sin clases para volver a encontrarnos, y ya no nos despegábamos. Entonces, compartíamos tardes en el río o pescando en el lago, jugábamos inolvidables guerras de carnaval con bombuchas que se transformaban en mojadas municiones, íbamos al cine Yolanda, cuando se estrenaba una película, o hacíamos barquitos de papel que lanzábamos por las calles por donde corría agua de alguna acequia. El baldío que mediaba nuestras casas era el terreno ideal para las aventuras de piratas, buscando tesoros escondidos con planos que nosotras mismas habíamos diseñando, entonces nuestra imaginación volaba recorriendo los senderos, encontrando huesos de dinosaurios desaparecidos y escondiéndonos de peligrosos bandidos que nos perseguían. Pero también improvisábamos juegos para aprovechar esos días en los que no podíamos disfrutar del aire libre. Entre los juegos que inventábamos estaba la carrera de alfombras en casa de Bere,  sobre todo, en los días fríos de invierno o los de lluvia que no se prestaban a que saliéramos afuera. Entonces los adultos sabían que, aunque molestáramos un poquito haciendo ruido o moviendo algún mueble de lugar, estaríamos entretenidas, controladas y sin correr peligro alguno. Para ello no necesitábamos demasiados elementos. Tomábamos dos alfombras de las habitaciones, de esas rectangulares con dibujos persas y flecos en las puntas, nos arrodillábamos sobre ellas, y algo mágico nos envolvía de repente: nos impulsábamos con las manos a los costados de las alfombras sobre el lustrado piso de madera y la casa se transformaba en un perfecto autódromo, porque la competencia había comenzado. Cuando veíamos que pasaban la lustradora sabíamos que sería más emocionante aún, ya que ganaríamos en velocidad, las curvas podrían transitarse más fácilmente y la ovación del público sería mayor. La zona del pasillo era la más peligrosa, ya que era muy angosta y había tres puertas a lo largo, las de los dos dormitorios y la del baño, por lo que podría producirse alguna inesperada colisión demorando en ese tramo a alguna de las dos competidoras. Pero la que pasaba el pasillo con mayor astucia, seguramente tomaba la punta, y luego venía el comedor, iluminado por un gran ventanal, con piso de cerámica y con más espacio para que nuestros bracitos pudieran empujar más libremente. Las personas que estuvieran en la casa en ese momento debían hacerse a un lado o esquivarnos para dejarnos pasar, disimulando una protesta silenciosa por tal incomodidad, que nosotras no percibíamos. La pista se completaba pasando por la cocina, donde había una mesa contra la pared, cuyas patas no debíamos enganchar,  y por último el living, con el brillante piso de parquet que quedaba cada vez más limpio a medida que nuestros coches pasaban por allí. Llegando al pasillo comenzaba la otra vuelta, formando así una pista ovalada, continuada y perfecta que transitábamos varias veces en sentido antihorario. Los objetos que pudieran interferir eran corridos temporalmente para evitar posibles colisiones, aunque más de una vez la alfombra quedaba trabada con la pata de algún sillón o la rendija de alguna puerta que no estaba lo suficientemente abierta, entonces, el promedio se complicaba, debiendo ser recuperado con inteligencia por las conductoras para no perder la competencia. La cantidad de vueltas dependía de nuestro cansancio y el calor de la carrera se sentía en la piel y en nuestras ansias por ganar el juego, aunque en ese momento no supiéramos que eso no era lo principal. El reloj cu-cu del living nos marcaba el ritmo cada vez que pasábamos por allí, recordándonos que el tiempo también era importante. Pero eso lo entenderíamos más adelante, cuando ya no habría carreras de alfombras que se volvían mágicas en las tardes de lluvia en las sierras.

     Han pasado casi cincuenta años. Esa calle de nuestra infancia ya no es de tierra, los árboles que la bordeaban y daban sombra en las tardes de verano han desaparecido y el baldío donde buscábamos tesoros fue invadido por un edificio que tapó nuestros senderos de piratas para siempre. Tampoco se ven tanto las montañas porque la ciudad fue creciendo en altura, tragándose esa imagen de tarjeta postal y de foto de cuentos que completaba nuestras historias imaginarias. Sin embargo, ambas casas siguen estando en el mismo lugar, aunque la nuestra tiene otros dueños. Bere sigue viviendo allí. El circuito permanece adentro, silencioso y lustrado, esperando que alguien lo recorra con alguna alfombra desgastada. Aunque en los días de lluvia de las sierras, la gente que pasa por la vereda se detiene un momento, a escuchar un extraño ruido a motores que proviene desde una ventana entreabierta de la casa.



-Publicado en "Rincones y Acuarelas II"- Beatriz Chiabrera de Marchisone- La Imprenta Digital- Buenos Aires- 2019

-Publicado en "Cambridge IGCSE- Español como primera lengua"- Cuaderno del alumno- Hodder Education. Londres. Inglaterra. 2020-
 

viernes, 31 de julio de 2020

"La casona abandonada" (por Beatriz Chiabrera de Marchisone) TALLER VIRTUAL 5


     La muchacha pasaba caminando cada mañana por esa misma vereda, la de la casa abandonada. Era una gran mansión señorial del siglo XIX,  con ventanales altos, aunque ya sin vidrios, que alentaban a las malezas a entrar sin pedir permiso.

     Pero un día, la joven se detuvo, al escuchar el sonido de un piano que, aparentemente, provenía del interior. Miró por entre la verja de entrada, pero no percibió movimiento alguno; sin embargo, la melodía se seguía escuchando. Continuó caminando lentamente, hasta alcanzar la esquina y dobló, para ver si del otro lateral divisaba algo. Pero nada. Ella sabía que hacía décadas que nadie habitaba ese lugar. Pero también sabía de los rumores de ruidos extraños escuchados en algunas ocasiones. Decidió entrar para verificar qué estaba ocurriendo; era una aventurera innata y no se perdería la oportunidad. Volvió sobre sus pasos a la entrada principal, una gran puerta de hierro verde oxidado, la empujó y ésta se abrió inmediatamente. Luego, subió los escalones que conducían a la puerta de ingreso y accionó el gran picaporte que, en un tiempo, debió haber sido dorado; se desconcertó al ver que también estaba abierta. Ya desde el hall de acceso, donde una importante escalera de mármol dominaba el lugar, podía ver que la casa literalmente se venía abajo; las paredes descascaradas, las telarañas colgando, escombros por doquier…  Pero algo llamó su atención: la melodía que escuchaba, provenía desde otro sitio, detrás de una puerta doble que empujó sin dificultad. En el instante que cruzó el umbral, la música se detuvo, y pudo ver un vasto salón con un piano que se destacaba entre las ruinas. Cuando se acercó, descubrió una partitura sobre el atril, una rosa roja recién cortada, y una copa de vino volcada, como si alguien la hubiera dejado allí solo un momento atrás. La imagen era insólita en medio de la decadencia de la mansión. Asustada, salió corriendo, y decidió regresar a su casa.

   Esa noche, buscó información sobre la pieza musical que había encontrado sobre el piano; era una sonata compuesta por Rudolph de Weber, a mediados del mil ochocientos. Se acostó pensando en la situación; quizás era su imaginación, en la ciudad había muchos de esos palacetes de principios del siglo pasado con misterios detrás.  Sin embargo, tuvo un sueño que la perturbó aún más. Ella se encontraba en ese mismo salón, el del piano, con un vestido de época, acompañada por un apuesto caballero que, mientras tocaba, la miraba embelesado. Las notas invadían el lugar, y ella se sentía embriagada de felicidad. La melodía era la misma que ella había escuchado en la casona. Alrededor suyo, otras parejas danzaban disfrutando de la fiesta, que parecía ser muy importante. De pronto, el apuesto hombre dejó de tocar,  cogió una rosa que estaba sobre el piano y se la obsequió. Ella la tomó por el tallo y una espina rozó su pulgar, produciendo una herida sangrante. El hombre besó su dedo lastimado y le dijo: No permitas que la destruyan… mientras secaba la sangre con un pañuelo blanco que había extraído de su bolsillo.

   La joven despertó con una sensación muy extraña, y con algo que no podía explicar: su dedo estaba sangrando. Las dudas la invadieron. ¿Qué había querido decir con esa frase? Esa misma mañana, se dirigió a la mansión buscando respuestas, pero la zona estaba cercada, y no permitían que nadie se acercara a la vieja construcción. Ella se abrió paso entre la multitud hasta llegar a un grupo de hombres que, aparentemente, estaban a cargo del operativo.

   Allí le informaron que demolerían la casona para construir una torre de departamentos, que la misma había pertenecido a un famoso pianista austriaco que se suicidó por un amor no correspondido, dejando sobre su piano una sonata escrita para su amada, una rosa roja, y una copa de vino con veneno, que había sido el causante de su muerte.   

   Ante esta situación, ella preguntó si podía entrar, alegando que el día anterior había estado allí, y había visto el piano, la rosa y la copa. Eso era imposible- le dijeron- ya que la casa estaba completamente vacía y sin mobiliario desde hacía años, y nadie había encontrado ningún piano, ni la rosa, ni la copa de vino… Lo único que hallaron al entrar, fue un pañuelo blanco con manchas de sangre fresca.

AUTORA: Beatriz Chiabrera de Marchisone
Clucellas (Santa Fe- Argentina)

miércoles, 29 de abril de 2020

DÍA DEL ANIMAL- "La zorra" (de la autora)


(1ª  Mención en Cuento "XXIV Concurso Literario Provincial Mario Vecchioli" - Municipalidad de Sunchales- Sta. Fe -Argentina-2012)
     Esta es la historia de una zorra, que trajeron, hace un tiempo, del campo al pueblo y no tardó en adaptarse como parte nuestra comunidad. Se instaló en un sector que, podríamos decir, es donde hay más movimiento y la entrada obligada para todo el que llega a Clucellas, un pequeño pueblito agrícolo-ganadero de la provincia de Santa Fe. Comenzamos a llamarla “La Zorri”.
     En seguida se ganó la simpatía de todos los vecinos, incluso de las sociedades canina y felina que habitaban el barrio y que la tomaron como un entretenimiento diferente, ya que frecuentemente se la veía jugar con integrantes de estos dos grupos. Era común verla transitar por patios y jardines o frentes de casas, cuyos dueños trataban de no hacer ruido para no espantarla, y mantenerla un ratito más, como si fuera su mascota. Nadie sabía bien donde dormía porque siempre “aparecía” y todos le daban de comer. Cuando veía que alguien le traía comida, se acercaba lentamente, calculando la distancia, y esperaba que la persona se alejara para recién tomar su ración. A veces, se alimentaba de los balanceados de los perros y gatos que robaba con mucha astucia, mientras el verdadero dueño de la comida estaba distraído.
     Formaba parte, también, de las reuniones sociales, durante el transcurso de las cuales comía de las sobras que “caían” al suelo. Era habitué, por ejemplo, de un club del barrio donde semanalmente un grupo de amigos se reunían a comer y donde ella era también protagonista, pasaba casi desapercibida alrededor de la mesa, sin acercarse demasiado, hasta que alguien le tiraba algún pedacito y entonces salía a gran velocidad con el preciado trofeo. Por las mañanas, asistía al izamiento de la bandera en la escuela primaria, lo que distraía la atención de los alumnos que cantaban “Aurora” parados en la fila. Y por las tardes concurría al “campito” donde los chicos se juntaban a jugar al fútbol, ella los provocaba e intentaba quitarles la pelota sin ninguna intención de atacarlos o se quedaba en un extremo de la canchita observándolos mientras jugaba con algo que había encontrado.
     Para los extranjeros era una novedad y un atractivo pintoresco del pueblo. La radio y el cable local hicieron un informe especial que luego transmitieron a localidades vecinas, informando sobre nuestro simpático individuo. También fue motivo de fotos para quienes queríamos tener un testimonio de que lo salvaje puede convivir en armonía con lo doméstico y cotidiano.
     Solitaria, distante y observadora, siempre midiendo las distancias, no se dejaba tocar, como sabiendo que estaba en un lugar que no le correspondía. Pero rondaba libremente las calles del pueblo y ya todos sabíamos que formaría parte de la historia de Clucellas, por eso, la cuidábamos. Cuando pasaba un auto o cualquier vehículo por esa zona, el conductor reducía la velocidad si veía que la zorra estaba cruzando. Y cuando hacía unos días que no aparecía todos preguntábamos por ella y sólo nos quedábamos tranquilos cuando alguien afirmaba con seguridad “yo la vi ayer” o “estaba jugando en tal o cual esquina”.
     De a poco y no sabemos por qué, se fue cambiando de barrio. Y algunos decían que la habían visto peleando con otros perros, varios de ellos acostumbrados a cazar. Muy rara vez se asomaba por el centro del pueblo y su habitual ausencia ya nos preocupaba.
     Un día pasó lo imprevisible, o quizás lo previsible. La zorra volvió al barrio, herida. Se recluyó en el rincón de un patio y casi no se movía. Fue en esos instantes cuando permitió que se le acercaran y la tocaran, acaso en señal de agradecimiento por todo lo que habían hecho por ella los humanos. Un agradecimiento silencioso y profundo, reflejado en su mirada, que poco tenía de salvaje. Había invadido un espacio equivocado, el de los animales domésticos, y la naturaleza, sabia y perfecta, se lo reclamó. A lo mejor, llamó demasiado la atención de los hombres para que los otros animales soportaran su presencia. Celos, lo llaman algunos, competencia, le dicen otros, la supervivencia al fin.
     Ni siquiera el veterinario la pudo salvar, las heridas ya habían hecho lo suyo, en ella… y en nosotros.
 Publicado en el libro “Sentate que te cuento”- Editorial de los cuatro vientos- Bs. As.- 2009.

jueves, 12 de marzo de 2020

"La catástrofe" (De la autora)

     El pueblo debía prepararse. Hace muchos años atrás, un hechicero que habitaba allí predijo que una catástrofe acecharía a sus pobladores. Esa ominosa profecía fue pasando de generación en generación como algo que ocurriría en el  futuro. Algunos tomaron conciencia que esto podría afectarlos gravemente y estaban organizándose como podían. Las historias eran variadas y no pocas muy curiosas. El vecino más rico venía comprando provisiones y armas de toda clase y las almacenaba en un sótano. Una guerra podría ser de lo que hablaba el profeta. Tendría con qué defenderse y cómo alimentarse por un largo tiempo.  El boticario preparaba y guardaba remedios, pociones y ungüentos contra toda enfermedad conocida y las colocaba en un armario que tenía destinado sólo para ese fin, cerrado con una llave con la que únicamente él podría abrir.  Su salud y la de su familia eran lo más importante y había historias de epidemias que habían arrasado con generaciones. A él no lo tomaría por sorpresa.  El dueño de la tienda más grande de la Villa fue acumulando mantas y ropa para olas de frío o de calor ya que el clima, según había escuchado, estaba haciendo estragos en distintas partes del mundo. Por la misma causa, el herrero fabricó novedosas herramientas para remover nieve, quitar árboles caídos o escombros ante posibles tormentas o terremotos que destruyeran el poblado. El habilidoso carpintero había inventado un sistema de puertas y ventanas herméticas que ya tenía instaladas y protegían contra vientos, inundaciones, fuego o cualquier tempestad que se avecinara, porque el problema era que no sabían cómo, cuándo ni de dónde llegaría la catástrofe, sólo una frase los orientaba, “quedarán solos y aislados”, había dicho el cuestionado vidente. Muchos decían que era un farsante, otros pensaban que era un visionario. Y aunque ya había muerto, de una forma u otra, todos creían en la antigua predicción, pero sólo algunos lo reconocían. Cada uno interpretó a su manera la fatídica frase que se convirtió en una amenaza latente para los habitantes. La incertidumbre y la espera los agobiaba día a día, y todo parecía una continua competencia para ver quién estaba mejor armado, mejor preparado, mejor protegido. Y así, todos iban encontrando una posible solución a un problema desconocido, lejano y todavía ausente. El miedo aumentó hasta el punto de no querer salir más de sus casas para no ser sorprendidos por el misterioso desastre, o no querer recibir a ningún visitante por temor a que trajera alguna peste. Y con el miedo vino también la desconfianza y el egoísmo, en un pueblo que antes era cordial y hospitalario. Con el tiempo y con la obsesión de los pobladores, los hábitos de la Villa comenzaron a cambiar. Ya nadie se veía en las calles. Los que salían lo hacían sólo para lo necesario. Ante este panorama, el más inteligente del pueblo vio la oportunidad de destacar sus habilidades. Comenzó a trabajar en una máquina que, según él, solucionaría todos los problemas sin que nadie se moviera de sus moradas. Consistía en un ingenioso sistema de tubos subterráneos que conectaban directamente a cada casa, a través de los cuales se podría conseguir lo que quisieran simplemente apretando un botón desde un dispositivo central y lo requerido les llegaba en poco tiempo. Así, todos lo vieron como la solución a sus miedos. Era lo que faltaba para que ninguna plaga, enfermedad o inclemencia del tiempo los sorprendiera fuera de sus casas. Los hábitos cambiaron aún más. Ya todo llegaba a través de los novedosos tubos. Todo se conseguía por medio del  revolucionario aparato. Ya tenían  lo que querían para enfrentar cualquier desastre: las armas,  las provisiones, los remedios, las herramientas y las puertas y ventanas bien cerradas. Y ahora, la máquina. El más inteligente no demoró en mejorar las funciones y servicios del artefacto. Desde su taller manejaba los pedidos, los transmitía, y en un tiempo muy breve cumplía con todas las demandas de los clientes, que enviaba a través de los conductos. Y se hizo muy rico. Ya nadie pensaba en la catástrofe. Los habitantes, despreocupados, siguieron con sus vidas sin necesidad de salir a ningún lado. Cuando se dieron cuenta ya era tarde. De nada sirvieron las provisiones del rico, los remedios del boticario, las mantas del dueño de la tienda, las herramientas del herrero ni las ventanas herméticas del carpintero.  Ya era demasiado tarde.  Y ahí estaban todos...solos y aislados. 
  

Beatriz Chiabrera de Marchisone
Publicado en "Sentate que te cuento"- Ed. De los cuatro vientos- Buenos Aires- 2009

viernes, 14 de febrero de 2020

"El amor en tiempos de guerra" (De la autora)- Basado en una historia real


      Bernardita aún guarda las cartas de Emil Weffling. Los otros días las encontró en un cajón mientras buscaba otra cosa. Estaban descoloridas por el paso del tiempo y bastante deterioradas, como si ellas también hubiesen estado en la guerra. A las más dañadas las había pegado con cinta para que no se perdiera el mensaje que había sobrevivido a tantos años. Ya había perdido la cuenta cuantos.
     Emil, o Bill, o Billy, hasta Emilio algunas veces, como firmaba según su estado de ánimo, había nacido en Arizona, Baja California, en una tribu indígena el 5 de enero de 1920. Ella nunca lo conoció personalmente. Toda la comunicación que tuvieron fue por escrito, con la ayuda de alguna foto que hacía que ella pudiera imaginarse los gestos o movimientos de la cara mientras leía las líneas en letra cursiva, siempre pareja y prolija, reflejando tranquilidad y seguridad. A Bernardita le llamaba la atención, además, la claridad con la que Emil redactaba en Español, idioma que no era el suyo. Ni siquiera conoció su voz, pero casi podía escucharla en las noches que pensaba en él, mirando quizás el mismo cielo, que los conectaba desde donde él estuviera, en altamar o en alguna ciudad lejana donde había llegado su barco. Ella podía imaginar esos remotos lugares con solo cerrar los ojos y leyendo, al lado de la fecha de cada carta, el origen de donde provenía la misma: Malaya, Océano Índico, Filipinas, Japón, Mar de Arabia, Líbano, Rótterdam, Brasil, Atlántico Norte, entre otros tantos. Su mente viajaba de un lado a otro en un mapa inexistente, recorriendo mares, sorteando tormentas, escuchando el cantar de sirenas melancólicas, visualizando noches estrelladas que se confundían con el horizonte, con el ruido de la estela del barco como fondo de esas imágenes. Pero bastaba con abrir los ojos para que todo se esfumara y encontrarse sentada en su habitación con la carta en la mano y sólo el perfume que pudo haber dejado el tacto del escritor sobre el sedoso papel.
     Emil fue soldado en la segunda guerra mundial, pero por el tiempo que habían empezado a escribirse ya habían pasado siete años desde que había terminado la guerra y en ese momento era marino en un barco que viajaba por el mundo llevando combustible.
     Todo nació cuando empezaron a intercambiar postales, revistas, libros y estampillas a través de un club en común, del que él era uno de los coordinadores. Ambos compartían ese hobbie. Y así, Bernardita comenzó a recibir información sobre la cultura de los distintos países donde anclaba su barco, y ella le enviaba material de la Argentina. Llegó a remitirle, entre otras tantas cosas, el “Martín Fierro” en edición rústica, que él mismo le había pedido.
     Los tiempos se hacían eternos para esperar cada respuesta ya que él las despachaba cada vez que llegaba a un puerto y las cartas salían vía marítima o aérea, según donde estuviera y con las distancias que esto implicaba. A veces, la correspondencia de Bernardita quedaba, hasta meses en algún país hasta que el barco de Emil arribara y el agente que correspondía se las entregara, o era enviado a otro porque el recorrido del barco había cambiado a último momento. Entonces, el sobre llegaba cargado de distintos sellos postales que cubrían su frente.
     Con el paso del tiempo, empezaron a confesarse ciertas intimidades que fueron haciendo el trato cada vez más cercano, aunque sólo en las últimas cartas llegaron a tutearse. Entonces, junto con las revistas de moda o de cine que él le enviaba ella encontraba pañuelos o medias de seda que el marino había comprado, quizás en Singapur, Noruega o alguna ciudad exótica de Asia.
     Entre sus proyectos, ella le contaba, estaban el de ser doctora, sueño que seguramente quedaría truncado por la firme oposición de su familia y él dejaba entrever su influencia religiosa de cuando estuvo estudiando en un monasterio durante dos años para ser sacerdote, satisfaciendo el deseo de su madre, lo que no perduró en el tiempo cuando descubrió que su vocación era otra.    
     Las vicisitudes de la segunda guerra también aparecían en las cartas. Así, dejó testimonio en el liviano papel de sus aventuras en el Pacífico, como cuando tuvo que aplicar la extremaunción a compañeros que morían, haciendo honor a sus tiempos de sacerdote, o cuando en Rendova hubo de estrangular enemigos con sus propias manos o matarlos a golpes o cuchilladas, o cuando en la retirada de Bataán, en Filipinas, estuvo agazapado en un hoyo con el agua a la cintura y con el cadáver de un japonés lleno de gusanos pudriéndose a medio metro suyo, alimentado a chocolate y barro,  esperando cuatro días y cuatro noches a que se fuera la patrulla japonesa y poder volver a reunirse con la armada norteamericana.
          Aunque disfrutaban esta relación a la distancia, los dos imaginaban su destino, pero seguían el juego, como si estuvieran filmando una película, porque sabían que cuando terminara, cada actor volvería a su casa a seguir con su vida. Sabían que nunca se encontrarían, que nunca llegarían a tocarse, o decirse palabras de amor al oído, como el común de los enamorados.  Y Bill lo dejaba ver en sus líneas: “…como todo mundo quimérico no podrá ser nuestro realmente pues bien sabes que Dios nos ha conducido hacia él, pero jamás podremos vivir en ese mundo” y en otras delataba, con un dejo de palpable tristeza, la incertidumbre en la vida de un marino, “morimos antes de empezar a vivir”…”sólo tú sabes de cuál, casi seguro, será mi fin”.
     Porque Emil, además, estaba amenazado de muerte. Tenía un pequeño trozo de granada que había entrado por su hombro izquierdo en una batalla en 1944, y ahora, con el tiempo, se había trasladado, quedando alojado a milímetros de su corazón. Una operación podría costarle la vida y de no operarse el metal seguiría moviéndose con un desenlace fatal e inevitable. “Mi espada de Damocles está descendiendo paulatinamente sobre mi cabeza”, le manifestaba. Tres años más de vida, le habían pronosticado. Sólo ese tiempo. Un pequeño lapso en el que debería organizar el resto de lo que le tocaba vivir de la mejor manera posible. Era como si le adelantaran el final de un libro sin haber leído la parte más importante.
     Su ansiedad por conocer a Bernardita era lo que lo mantenía esperanzado, “…ahora que quiero vivir para compartir nuestro amor, tengo que morir y morir sin luchar…”. Viendo la evolución en las constantes radiografías que le tomaban en el hospital, los médicos no podían creer que la esquirla no hubiera llegado antes a su destino final, “debe estar enamorado”, le decían.
     Su esperanza residía en que alguna vez se encontraran y esas manos que antes habían tomado una pluma para enviarle su mensaje de amor a través de los mares, fueran las que quitara ese fragmento de metal de su pecho, siendo ya doctora. Pero el tiempo apremiaba y la distancia no los favorecía.       
     Las palabras de las últimas cartas recibidas fueron las siguientes: “vamos, mi amiga, a ver si me promete que será doctora y le juro que entonces tentaré la suerte, la remota posibilidad que tengo y dejaré que sus manos sean las que me operen…cuántos años más me da usted? No de vida, sino para recibirse…”
     Bernardita dejó de escribirle. Quizás por el dolor que le causaba no poder cumplir con él,  y con ella misma. Quizás por la nostalgia que le provocaba la distancia, las palabras escritas entre sus manos y el olor de la tinta sobre el papel sedoso. Porque en definitiva, sabía, que muy pronto, cada actor  volvería a su casa.
     Y hoy, tocando esas palidecidas cartas y releyendo una vez más esas líneas que escribió el marino desconocido, vuelve atrás en el tiempo y en el espacio, y siente lo mismo que hace más de cincuenta años, con la ilusión, quizás, de poder inventar otro final para su película, una película de amor en tiempos de guerra.
    
Publicado en el libro “Sentate que te cuento”- Ed. De los cuatro vientos- Bs. As. 2009

martes, 24 de diciembre de 2019

"Testigo"- Un cuento de Navidad (De la autora)


     Mientras estaba llegando, pude divisar una luz que inundaba el lugar. El tumulto dentro de la cueva me impedía ver con claridad; los animales estaban alterados por la situación y no obedecían las órdenes de los pastores que trataban de calmarlos y ubicarlos en algún espacio para que no molestaran.
     Yo tenía mi cabeza cubierta, como las otras mujeres que también iban llegando alertadas por los rumores. Todo era muy confuso y nadie sabía muy bien lo que estaba ocurriendo; me abrí paso entre los curiosos intentando acercarme un poco más. El resplandor seguía siendo muy potente y estaba centrado, como si estuviera dirigido a iluminar un punto determinado. ¿De dónde provenía esa luminosidad tan intensa en esa noche tan oscura de fines de diciembre? De pronto, los animales se calmaron y se acostaron sobre la paja que hacía de piso. Los hombres y mujeres presentes comenzaron a arrodillarse y allí tuve una perspectiva mucho más amplia de lo que estaba sucediendo. Había un hombre y una mujer, y en medio de ellos, un niño, envuelto en pañales. Todos mirábamos con asombro como queriendo descubrir la causa de nuestra presencia. Me dijeron sus nombres y que la mujer era virgen. ¿Virgen? Yo no los conocía. Pero la mayoría de los pastores que estaba con sus rebaños no se sorprendió. Algunos tuvieron miedo, aunque no lo confesaron. Lo sé porque pude escuchar lo que hablaban entre ellos. Contaban que se les había aparecido un ángel, anunciando ese nacimiento, y que ese niño sería nuestro Salvador, otros lo llamaban Mesías. Quedé estupefacta. Muchos profetas ya lo habían anunciado y no había ocurrido. ¿Por qué tenía que ser esto verdad? Sin embargo, una gran paz me invadió de pronto. Me arrodillé yo también y bajé mi cabeza, cuidando de que no cayera mi velo. Cerré los ojos y junté mis manos. Podía escuchar un silencio tan profundo que penetraba en mi cuerpo y lo transformaba; sentía una energía casi sobrenatural que no podía entender. Mi emoción me impedía volver a mirar, y corroborar lo que estaba ocurriendo. Yo también tuve miedo, como los pastores. Pero mi miedo se centraba en confirmar mi incredulidad.
     Pasaron unos pocos segundos cuando levanté la cabeza. Entonces miré. Allí estaba, en el pesebre, frágil pero lleno de luz. Ya no hicieron falta más palabras ni explicaciones. Entonces comprendí, como si yo también hubiera recibido un mensaje. Me levanté tratando de no hacer ruido, y me alejé para no perturbar la escena. No me creerán, pensé. Y ellos, la mujer, el hombre y el niño, también sufrirán exilio y rechazo. Se me llenaron los ojos de lágrimas con solo pensarlo.
     Emprendí mi regreso a casa, en las colinas, a contarles a todos lo que había visto. Noté que otros tantos hicieron lo mismo. Todos caminábamos con el paso firme llevando un recado para los que no habían estado allí. Cuando ya me encontraba bastante lejos de la cueva, me detuve y me di vuelta. Y la maravillosa luz seguía brillando en medio de la noche azul, como si ya nunca más fuera a apagarse.
 3er PREMIO – Familia Trentina de Rafaela (2017)  
   
Publicado en "Rincones y Acuarelas II"- La Imprenta Digital- Buenos Aires- (2019).                                                     

miércoles, 23 de octubre de 2019

"El faro"- (De la autora)

     Llegué al faro con el único motivo de visitarlo. Nunca había visto uno de cerca y siempre me habían parecido misteriosos, como si en su interior se guardaran historias de marineros y barcos fantasmas. Pero en el fondo, una parte de mí me alertaba que quizás había visto demasiadas películas de Hollywood.
     Yo sabía que muchos faros habían dejado de funcionar por la invención del GPS, algunos de ellos fueron remodelados y transformados en museos, otros, en observatorios de vida silvestre o en centros de investigación atmosférica, cambiando así su función, pero siempre manteniendo el atractivo pintoresco para los visitantes de la zona.
     Y allí estaba ante mí, imponente, desafiante, vigilante, pintado de azul y blanco a rayas, erigido sobre una punta de tierra elevada que entraba al mar y terminaba en un acantilado. Llegué sola, en el jeep que habíamos alquilado para el fin de semana, escapándome de mi familia que había quedado en la playa. Quería recabar datos que pudieran ayudarme en la novela que estaba escribiendo, y para eso necesitaba hacer preguntas a alguna persona idónea del lugar. Supuse que podría encontrar a algún cuidador o encargado que estuviera allí en ese momento.
     Estacioné sobre la arena firme, cerca del sendero principal y me dirigí hacia la puerta blanca de madera un tanto gastada por el viento marino, que hacía de entrada al mismo. Mientras tanto, las olas rompían contra el acantilado desgastándolo cada vez un poco más, en un vaivén constante y perpetuo. Golpeé dos veces con mi puño cerrado y el sonido retumbó en el interior delatando su altura hueca. Miré a mi alrededor y como nadie aparecía toqué la manija y, ante mi sorpresa, la puerta se abrió sin dificultad, la empujé suavemente y se quejó con un chirrido agudo que alertaría a cualquiera de mi presencia. Deduje que el lugar estaría vacío porque no escuché ningún movimiento. Entonces, decidí recorrerlo por mi cuenta con mi libreta y mi bolígrafo en la mano, preparada para anotar cualquier información que pudiera resultarme útil. Me sentía como esos chicos que se escapan a la hora de la siesta para realizar alguna travesura a escondidas de sus padres, con toda la adrenalina que eso implica.
     Ya adentro, elevé mi vista y pude ver una escalera interior, en forma de caracol, que lo recorría íntegramente hasta la cúpula, donde se encontraba el habitáculo con las grandes linternas que hacen de guía a los barcos, ofreciendo un camino seguro a la costa. Yo sabía,  porque había buscado material en Internet para agilizar el proceso de mi novela, que la alimentación de las luces de los faros había pasado por diferentes etapas, desde el aceite de ballena, la parafina vaporizada, los generadores diesel hasta llegar a la energía solar, económica y ecológica. Comencé a subir lentamente, pisando con mucho cuidado, iluminada por las ventanas que estaban en algunos tramos del recorrido, y mientras iba ascendiendo pude percibir que una tormenta, oscura y amenazante, se acercaba por el lado del mar. Ante tal situación, aceleré el paso para poder averiguar lo que necesitaba antes de que la inminente borrasca me sorprendiera allí. Si no lo hacía ahora, mi visita no se repetiría.
     El torreón contaba con otros cuartos pequeños desplegados a los costados de la escalera, necesarios para su funcionamiento diario. Pasé por la sala de control llena de aparatos que no entendía, por una pequeña recámara con herramientas, elementos de limpieza y víveres, y por el cuarto de servicio, siempre tomando notas de aquellos detalles que pudieran enriquecer mi escritura y estimular mi imaginación. Me sorprendió una pequeña biblioteca, ubicada ya casi al final de la escalera, donde se encontraban algunos libros que seguramente servirían para entretenimiento del farero, considerando el tiempo que el hombre debería transcurrir encerrado. Todo parecía normal y tranquilo, como si el encargado hubiera salido por un momento, pero cuando ya estaba llegando a la cúpula, se escuchó un ruido extraño, como el de una palanca accionada, produciendo que la luz del faro comenzara a girar originando un gran resplandor en los ventanales superiores de la torre. Como afuera ya estaba bastante oscuro por los nubarrones, la luminosidad resaltaba aún más. Sorprendida, me detuve inmediatamente y me apoyé contra la pared, porque evidentemente habría alguien arriba, que yo no había visto. Comencé a llamar para que la persona que había encendido el aparato me escuchara pero no obtuve respuesta alguna. El sol ya había desaparecido por completo a causa de la tormenta y mi familia ya estaría en la cabaña; pensé que probablemente se asustarían cuando no me encontraran allí. Yo no había dado información sobre mi aventura; me había escabullido sin aviso, y mi celular había quedado en el jeep. Decidí seguir. Terminé de subir el último tramo de escalera que quedaba y llegué a la cima, encandilada por los destellos que no cesaban. Efectivamente, allí no había nadie. Quizás el mecanismo se había activado automáticamente con algún reloj programado, conjeturé, aliviando el trabajo del personal. Entre los grandes ventanales de la torre pude encontrar una puerta, también de vidrio, que conducía al balcón externo, desde donde se podía divisar la inmensa costa. La abrí y salí a una especie de mirador compuesto por una angosta pasarela contenida por una baranda de hierro. Se me cortó la respiración ante semejante panorama. La brisa marina chocaba contra mi cara y el sonido de las olas penetraban en mis oídos como una sinfonía afinada y única. Todo el paisaje era mío. Extendí mis brazos, como para acapararlo. Me apoyé luego, sobre el barral y me sumergí en el espectáculo que tenía ante mis ojos.  De no ser por la tormenta, me hubiera quedado allí todo el día; cualquier escritor se hubiera sentido inspirado. Deduje que mi familia entendería cuando les contara la experiencia. De pronto, mi concentración se rompió al divisar un objeto que se movía entre las olas. Pude distinguir con dificultad, que era la figura de un barco en medio de la tempestad que se avecinaba, dirigiéndose a la bahía a una velocidad  intrépida y desconcertante. Chocaría contra los arrecifes si no reducía la marcha de inmediato. La luz del faro debería alertarlo pero yo no sabía si el mensaje que enviaban las luces era el correcto. En un movimiento del oleaje quedó al descubierto el nombre de la embarcación que resaltaba en letras blancas sobre la pintura magenta del casco: “Prestige”, pude leer.  Mi desesperación aumentó cuando me dí cuenta que se dirigía directamente hacia una roca gigantesca que por momentos quedaba escondida por la marejada. No había boya alguna que marcara las rocas traicioneras que estaban sumergidas pero que eran una amenaza para cualquier vehículo marítimo. Pensé que podrían ver los rayos que emitía la torre y virar la nave evitando la colisión, pero no fue así. Los desprevenidos navegantes chocaron de lleno contra el objeto que se les interpuso en su ruta de navegación; pude escuchar el estruendo y quedé petrificada.  Comencé a bajar las escaleras rápidamente para pedir auxilio a la guardia costera, mientras las linternas del faro seguían girando, emitiendo señales intensas que seguramente, se verían a la distancia. No pude entender cómo desde el Pretige no pudieron divisarlas, e imaginar así que estaban acercándose a la costa, para tomar las precauciones necesarias. Ya la lluvia golpeaba contra los vidrios y supuse que me resultaría difícil el trayecto hasta el pueblo con el jeep ya que no soy una experta conductora. Pero cuando salí y me asomé lo más que pude al extremo del acantilado, ya no pude encontrar el barco encallado, la roca se veía claramente pero el Prestige no estaba allí. No era lógico que se hubiera hundido en ese pequeño lapso que me llevó bajar las escaleras de la torre. Subí al jeep y me alejé buscando ayuda, en medio de la tormenta que no cesaba. Mi celular tenía llamadas perdidas de mi familia que seguro me estaría buscando, pero debía llegar a avisar sobre la tragedia lo antes posible. El jeep no tenía techo y la lluvia golpeaba mi cara con fuerza y por momentos me obstruía la visibilidad. Mientras conducía no podía dejar de pensar que había sido testigo de un tremendo accidente.
     Cuando llegué al centro de guardia costera que estaba en el ingreso al pueblo, les informé lo que había ocurrido. Ellos me miraron estupefactos y lo que es peor, no se sobresaltaron. Quedé desconcertada cuando me dijeron que el faro hacía años que no funcionaba, que había sido clausurado y que el Prestige era un barco que había encallado hacía cincuenta años llevándose al fondo del mar a toda la tripulación. Para convencerme y disipar mis evidentes dudas, me mostraron una foto que estaba colgada en la oficina donde podía verse exactamente lo que yo había visto desde el balcón de la torre: el barco encallado, hundiéndose, y su nombre claramente visible en letras blancas sobre el casco magenta. 
 
1er PREMIO Concurso de Poesía y Cuento organizado por la SADE Baradero-San Pedro, Escritor Alfredo Cossi, edición 2019-
Publicado en "Rincones y Acuarelas"- La Imprenta Digital- Buenos Aires- 2019 
       
Pintado por YASMÍN PÉREZ- Premio del Concurso
YASMÍN PÉREZ:  Oriunda de Baradero, donde posee su atellier. Profesora en Bellas Artes (Universidad Nacional de Rosario)- Ella pintó el cuadro que fue premio para la escritora.
Fallo del "XVI Concurso de Poesía y Cuento Escritor Alfredo Cossi"- S.A.D.E. Baradero-San Pedro (Buenos Aires)

domingo, 20 de octubre de 2019

"La primera mirada" (De la autora)



A mis hijos
     En ese momento estabas muy ocupado. Todo era muy confuso para vos, estoy segura. La situación se presentaba caótica, desorganizada y no estabas preparado para afrontarlo, nunca te preparan para eso. Escuchabas ruidos metálicos y voces desconocidas que te provocaban miedo y desconfianza incitándote a quedarte donde estabas, seguro y protegido, a pesar de la oscuridad y la humedad que te rodeaban.  Pero había que salir, no quedaba otra opción. Afuera todos te estaban esperando.
     Te gustara o no, fuerzas superiores perturbaban tu largo letargo que estaba llegando a su fin. Habías empezado a sentir presiones, que te impedían controlar tus escasos movimientos. Cuando llegó el momento, divisaste una tenue luz que te indicaba la única salida, el sendero que debías seguir obligatoriamente y que te alejaría de la zona de seguridad. Algo se rompió, y sentiste que ibas a ser desalojado a pesar de tus intentos por quedarte. La incertidumbre era parte de la historia pero la curiosidad no te movilizaba a acelerar el proceso que parecía anárquico, agresivo y desolador. Pero no estabas solo.
     De pronto notaste que ibas llegando a una zona desconocida y eso te asustó aún más, pero ya no podías hacer nada para detenerte, eso escapaba a tu decisión y a tus deseos. Las presiones se hicieron insoportables. Los ruidos y las voces fueron aumentando de a poco y la luz se tornaba cada vez más intensa a medida que te acercabas al final del largo y estrecho túnel, al punto de no permitirte abrir los ojos. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo? Esto no estaba en tus planes.
     Sin embargo, cuando la realidad parecía estar fuera de control, la violencia cesó por completo al final del laberinto y, aunque sentiste frío y temor, te encontraste en libertad. Las emociones contradictorias que te acechaban te condujeron a un llanto que, luego de nueve meses, completó el ciclo milenario y misterioso.
     Y ahí fue cuando te vi. No creo que lo recuerdes, porque tu esfuerzo estaba centrado en percibir el entorno borroso y en amoldarte a la nueva situación, pero ese fue el momento en que se encontraron nuestros ojos por primera vez. Frente a frente. Sin la interferencia del mundo que, en pocos minutos, empezarías a transitar y a enfrentar. Y aquella mirada, la primera, detuvo el tiempo. Y en ese preciso instante supe que mi vida cambiaría para siempre.  


 Mención Premio Farfalla- Flia. Trentina- Rafaela-2016

miércoles, 25 de septiembre de 2019

"Feriado inesperado"- (De la autora)

Nos levantamos temprano, más que lo habitual, para ir a Rafaela. Cuando uno viaja del pueblo a las ciudades cercanas, siempre “acumula” varias cosas para hacer: trámites, compras, etc. Mientras estamos llegando, mi hija averigua por teléfono por algo que yo debo comprar en un negocio donde ella tiene un conocido, y le dicen que “mirá, hoy no, porque está cerrado por el Día del Empleado de Comercio”. Nuestras caras cambian por completo; igual seguimos. Algo estará abierto, pensamos, un supermercado, algún negocio. Pero no, todo herméticamente cerrado; algunos locales hasta con persianas y rejas. Bueno, la dejo a ella que tiene una reunión y voy al centro a ver qué puedo hacer. Igualmente me traje un libro; en la plaza me podré sentar a leer. Estaciono, y antes de bajarme le mando un mensaje a Claudia, que vive acá, por si tiene tiempo de tomar un café. En seguida me contesta que “lástima, estoy saliendo para una reunión”. Me sugiere un super Chino que “puede estar abierto”. Me bajo del auto y camino hacia el centro. Me cruzo con Julián Ratti. Claro, él no me conoce, pero yo lo escucho siempre en la propaladora de mi pueblo. Los lugares donde debo ir están cerrados; ya lo comprobé. El Chino también. Igualmente me consuela que no soy la única; una pareja está leyendo el cartel y comentando que no sabían. Sigo caminando, el día está precioso y la primavera se palpita en el aire. Miro las vidrieras que no tienen las persianas cerradas; tengo tiempo de ver todas las novedades y leer todos los carteles,  pero me aburre; no vine a mirar vidrieras. Me cruzo en la vereda con un empleado del Correo Argentino en bicicleta que está repartiendo la correspondencia en los negocios cerrados; claro, no tiene problema porque las veredas están vacías. Veo un local abierto y me alegro, pero es de quiniela. Yo ni siquiera juego; podría empezar hoy, pienso. Llego hasta el cine y cruzo la calle. Del otro lado me vuelvo a encontrar con el empleado del Correo. Llego a un café,
entro y me siento en una mesa que da a la calle, así tengo luz para escribir mientras tomo algo; hay varias mesas ocupadas. Escucho una canción de Abel Pintos que me alegra la mañana, siempre es bueno escucharlo. Cuando llega la camarera le pido un café y busco en mi cartera algo dónde escribir y una lapicera. El cuaderno que tenía adentro lo dejé en casa, y los lentes quedaron en el auto. No importa. Una servilleta va a ser muy chica. Revolviendo, encuentro un viejo presupuesto arrugado en el fondo de la cartera, que me puede servir; la parte de atrás está en blanco. Escribo igual, sin lentes y en el papel desprolijo. Levanto la vista cada tanto para mirar las noticias en el televisor; la vista me va a pasar factura, seguro. Por la ventana veo que pasan algunas personas caminando. Pocas. Busco en Internet por la fecha del día del Empleado de Comercio, porque tengo mucha duda. ¿Cómo no escuchamos nada? Encuentro información que me confunde aún más:  
“El 26 de septiembre, los/as empleados/as de comercio de todo el país celebramos nuestro día, conforme con la ley 26.541, sancionada el 11 de noviembre de 2009; ratificando lo establecido por el artículo 76 de nuestro Convenio Colectivo de Trabajo 130/75. Para este 2019, se ha resuelto, trasladar el feriado para el lunes 23, con el objetivo que todos los trabajadores y trabajadoras puedan gozar de su día de descanso.” 
 ¿26 de septiembre? ¿23 de septiembre? Hoy es 25 de septiembre. Bueno, festejemos los 3 días. Siempre hay lugar para un feriado más.

jueves, 5 de septiembre de 2019

"Patronales" (de la autora)

     Los zapatos están lustrados. Y el traje de Juan está listo, aún colgado, para que no se arrugue. Es el día de las Patronales de Clucellas y el pueblo se detiene para festejar. Habrá que levantarse temprano porque la misa de acción de gracias es a las nueve y media, con el Obispo. Igual, antes está la Procesión. Irá abrigado. Siempre va abrigado el día de la fiesta. Porque todavía hace frío a principios de septiembre. Y caminar alrededor de la plaza a paso lento hace que se sienta más. La Virgen, impecable, irá cargada en andas llevada por algunos voluntarios, y los niños caminarán arrojándole pétalos de rosas que caerán como lluvia sobre su manto mientras los fieles la acompañamos rezando. Antes era llevada por muchachas solteras, muchas veces escoltada por Granaderos; hubo un período en que era transportada por conscriptos, pero ahora no hay un criterio determinado. Algunas cosas han cambiado demasiado, piensa Juan, y una gran melancolía lo invade como queriendo retornar a aquellas épocas. Siguiendo con sus evocaciones determina que tampoco habrá bombas. La primera se arrojaba en la víspera, cuando caía el sol, y luego, el día de la Fiesta se anunciaba, al amanecer, muy temprano, el comienzo de las jornadas patronales. Un primer estruendo despertaba a la población en su conjunto; era como un despertador masivo para que todos abriéramos los ojos al mismo tiempo y nos comenzáramos a preparar para los festejos. Luego, se arrojaban otras para acompañar la Procesión, provocando el estremecimiento de algunos distraídos, el llanto de unos pocos niños y el inminente revuelo de los pájaros de los alrededores. Por eso se suspendieron, para no asustar a los animales; muchos perros desaparecían por unos días a causa de los explosivos, igual que en Navidad y Año Nuevo. Igualmente sigue siendo una fiesta, decide Juan mientras se pone el traje con mucho cuidado. Los zapatos se los colocará antes de salir, luego de desayunar, para que no se ensucien. Su traje, está quizás un poco pasado de moda. Pero es un traje, y la ocasión lo amerita. Recuerda que la ropa que se compraba para las patronales tenía que usarse igualmente, sin importar si el clima no era el adecuado. Su hermana y su madre modificaban los vestidos para que parecieran nuevos, agregándole o quitándole algún detalle, porque la mayoría de las mujeres de la familia sabía coser. Corte y confección habían estudiado. Ya
es la hora. Las campanas de la iglesia anuncian el comienzo de la Procesión en pocos minutos. Se coloca los zapatos, se apresura frente al espejo con los últimos retoques y sale a la calle camino a la plaza. El sol está radiante y eso ayuda a que mucha gente mayor, como él, pueda cumplir con el ritual anual. La Procesión sale de la Iglesia así que tendrá que caminar varias cuadras; a él nunca le gustó eso de “engancharse” en la vuelta. Ni bien cruza la puerta de su casa ya puede escuchar la propaladora con las canciones religiosas, de donde saldrá la voz que conducirá el rezo hasta el Templo. Cuando él era joven solía haber una banda que acompañaba la doble fila de peregrinos, también hubo ocasiones en las que alguien encabezaba el recorrido con un megáfono para que todos pudieran escuchar. Su trayecto hasta el templo le permite seguir recordando. Al llegar a la puerta de la iglesia, se coloca detrás de aquellos que arribaron antes que él. La cola es larga y lo será aún más a medida que vayan acercándose los vecinos más remolones.  Mientras va recorriendo el sendero perimetral ya puede ver los stands de los vendedores que, como todos los años, llegan al pueblo con la mercadería o los juegos que tienen para ofrecer. Se forma como una feria, que mientras fue pasando el tiempo, fue mutando también, adaptándose a las necesidades de la sociedad. La ruleta, el peludo, el alquiler de carros y los saltarines fueron suplantando a la carrera de embolsados, la sortija, las piñatas llenas de harina y caramelos, las carreras de obstáculos y el palo enjabonado con un lechón de premio. Y cuando llega la noche, es el momento del tradicional baile.  El salón del Club Florida aún mantiene la estructura por donde pasaron tantas reuniones sociales, y entre ellas, las de las fiestas patronales. Aunque antes de realizarse allí, se hacían donde ahora es el Salón Cultural de la Biblioteca Bonini, lo que luego funcionó como cine. Igualmente la antesala de los primeros bailes fueron los Pabellones. Juan recuerda cuando llevaban a todos los niños al campo a la casa de un tío para que no molestaran cuando los ensamblaban. Esas estructuras tenían piso de madera y estaban cubiertas por una carpa donde se bailaba al compás de alguna orquesta Típica como la Gomez-Vazquez, que tocaba especialmente tangos, milongas, pasodobles y valses; o Característica, que interpretaba además jazz, foxtrot o tarantelas, entre otros ritmos más modernos. Pero él no tuvo la oportunidad de bailar en esos pabellones que tuvieron su apogeo en los años treinta y cuarenta, allí transitaron sus padres y sus abuelos, y ese recuerdo lo remonta a imaginar las historias de amor que se habrán gestado sobre esas tablas, cuando no había computadoras ni celulares para concertar citas, y los horarios máximos de los eventos no pasaban la medianoche. También recuerda que tenía una única camisa que debía cuidar para los demás bailes de la zona, porque las fiestas patronales de los pueblos vecinos se festejan casi todas en la misma época. Su memoria va y viene en el tiempo constantemente, trasladándolo a situaciones imaginarias que lo conmueven y lo transportan. Ya casi está por la mitad de la Procesión cuando visualiza, casi como por arte de magia, las llamadas “vuelta del perro” en la plaza, donde los varones giraban en torno al predio yendo para un lado y las mujeres para el otro, para poder verse a los ojos en el punto de coincidencia. Era como un juego de seducción sin palabras, donde la mirada tomaba fuerza y transmitía mensajes. Y luego, estaban las reuniones familiares. La casa paterna era el escenario de los festejos, donde largas mesas con abundante comida, preparada durante días, despedían aromas mezclados, de los salames de las carneadas, las tentadoras mayonesas, el lechón adobado y otras exquisiteces para compartir con los parientes del dueño de casa. Aún tiene grabado en sus oídos las conversaciones en piamontés entre sus familiares mayores, dialecto que fue aprendiendo de a poco, a través de las canciones o charlas que escuchaba diariamente, porque los abuelos de Juan habían llegado de Italia a principios del Siglo XX, acarreando su idioma, sus costumbres y tradiciones.          
     Esas fueron y seguirán siendo nuestras fiestas patronales. Una jornada de contemplación y respeto respaldada por la fe religiosa, pero también de descanso de las tareas laborales y de festejo, que revela las más hondas rutinas y las raíces del pueblo. Por eso, hoy, como todos los ocho de septiembre hace más de sesenta años, una vez más, Juan  asiste a la misa, se dará una vuelta por la plaza y compartirá alguna reunión con algún amigo, tomando un vermouth, quizás en el Bar Bessone. Y así lo seguirán haciendo sus hijos y sus nietos, a través de generaciones, aunque cambien algunas costumbres y aunque los ritos no sean los mismos, ya que el orgullo pueblerino será lo que los mueva y los identifique.


1er Premio Centro de Revisionismo Histórico SALAC y Revista Ay Patria Mía.  (Córdoba) -2017

domingo, 25 de agosto de 2019

"Acostumbrarse"- (De la autora)

Publicado en "FOTOGRAFÍAS DEL ALMA"- Edición de autor- Talleres Diario "La Opinión"- Rafaela- 2011


     Con el apuro, había dejado el barbijo sobre la mesa de la cocina. Lo recordó mientras venía caminando por la avenida central de lo que, hasta hace poco, era una ciudad llena de movimiento, con gente que iba y venía del trabajo, con vendedores de bagatelas en todas las esquinas, con paseadores de perros que aprovechaban el fresco de la mañana en la plaza central, con los que salían a correr por las sendas aledañas. Vida normal en una ciudad normal. Eso ya no existía. Sólo en su memoria y en la de los pocos transeúntes que aún quedaban y que deambulaban perdidos con la mirada absorta y buscando explicaciones de cómo habían llegado hasta ese punto. Ya no había vuelta atrás, y eso era lo más triste.
     Si no se apuraba llegaría tarde. Había comenzado a llover. Pensó en sus hijos que, otra vez, se quedarían sin salir a la calle. Siempre habría alguna causa, un día los incendios, otro día la lluvia. Lluvia ácida, la llamaban. Al fin conocía en carne y hueso lo que era. Lo que había visto en alguna película de ficción era ahora su realidad y la de su familia, que no volverían a tener la vida de antes, al menos no en un corto tiempo, o quizás más largo de lo que pensaba, si es que alguna vez volverían a tenerla. Si todos se hubieran dado cuenta antes.  No quería olvidar los tiempos felices, pero de ahora en más sólo debería pensar en sobrevivir. Ni siquiera podía preguntarse por qué le había tocado a él ya que todos, sin distinciones, estaban afectados.
     Y allí se encontraba ahora, por las calles semidesiertas de la ciudad, en su rutina diaria de buscar agua.  Algo tan simple y que antes parecía tan sencillo, ahora se había transformado en una odisea cotidiana. Agua tratada y purificada. La que el municipio extraía, limpiaba  y distribuía cada día para abastecer a la población que no había almacenado anteriormente. Y los que llegaban tarde al reparto tendrían que rebuscársela de otra forma, porque nunca alcanzaba para todos.
     Mientras iba caminando en un paso apresurado, pensaba qué podía encontrar de positivo. Bueno, al menos la lluvia extinguiría los focos de incendio que quedaban, que habían arrasado con las pocas pasturas de los alrededores y de los que todavía se podía ver el humo en las afueras de la ciudad. No sabía qué era mejor, que lloviera o que no, porque el fuego se apagaba pero el aire no se limpiaba con el agua que caía, que lo quemaba todo, aunque de otra manera. Una manera silenciosa y traicionera. De a poco y sin que uno se diera cuenta. El fuego quemaba, el agua quemaba, el aire quemaba. Todo quemaba. La piel, los pulmones, los ojos.
     No quería olvidar. Ahora todo era desolación. La mayoría de los alimentos también estaban contaminados, como el agua y el aire. Y las personas que no habían muerto, estaban padeciendo enfermedades a causa de la desesperante situación. Sabía que estaba respirando ácido sulfúrico y ácido nítrico, porque lo había escuchado en la televisión montones de veces. Sabía que, este aire enfermo, entraba lentamente a su cuerpo por donde pudiera, invadiéndolo,  destruyendo lo que encontraba a su paso, dentro y fuera de él. Últimamente, le ardían demasiado las fosas nasales y los ojos. Y para colmo se había olvidado el barbijo. Los informativos recomendaban usarlo siempre y ya era difícil conseguirlos. De pronto, recordó que tenía un pañuelo en el bolsillo y lo sacó para protegerse un poco del aire contaminado.
     Miró su reloj y apuró la marcha aún más. A pesar de la lluvia, el calor era agobiante. Llevaba dos bidones vacíos y algo de dinero para comprar, si encontraba, algunos alimentos envasados.  Para que la precipitación ácida no lo alcanzara se resguardó debajo del toldo de un viejo hotel abandonado, que un tiempo antes, había estado lleno de turistas. Leyó el cartel corroído que anunciaba las comodidades del alojamiento: desayuno y habitaciones con aire acondicionado. Miró a través del vidrio sucio de la puerta principal y pudo ver el pasillo vacío que conducía a los ascensores. Todo estaba lleno de tierra, como esperando que lo limpiaran para recibir a los viajeros. Pero los viajeros no volverían. Cerró los ojos para imaginárselo lleno de gente, como antes, pero la imagen duró muy poco, demasiado poco. De eso vivían, de imágenes del pasado, de un pasado que paulatinamente se iría desvaneciendo de sus mentes. Y él hacía todo lo posible para no olvidar. Diariamente ejercitaba su imaginación con los recuerdos más frescos que aún podía llenar de colores, de sabores y de olores. Tenía miedo de perder todo eso. Y se alimentaba de esa forma, era como una terapia personal. Ejercicio mental constante, para no decaer.
      Seguía lloviendo. Una lluvia oscura, pesada, densa e irrespirable, que mientras caía levantaba vapor del pavimento siempre caliente, dificultando aún más la visibilidad. Vio un local de provisiones abierto y se detuvo para comprar dos latas de verduras envasadas y dos de carne, todo lo que pudo conseguir para ese día. Siguió caminando por la vereda, de toldo en toldo y de techo en techo para mojarse lo menos posible, hasta llegar al dispensario del municipio donde repartían el agua. Había cola, como todos los días. La gente con bidones y botellas, con caras largas y miradas perdidas, estaban esperando el turno para cargar el preciado tesoro. Ojala que no se agotara la ración de hoy tan pronto. Alguien del municipio estaba repartiendo barbijos a los que no tenían. Cuando llegó su turno, llenó los envases y emprendió el camino de regreso a casa, con su barbijo puesto.  Los bidones, ahora llenos, le pesaban y tenía demasiado calor. La lluvia lo lavaba, o lo ensuciaba, lo enfermaba como a todos, cada vez un poco más.
     Habían prohibido la circulación de vehículos y controlaban la emanación de gases de las fábricas que aún quedaban, pero eso estaba muy lejos de resolverles el problema. Y sabía que era una medida ridícula y tardía, como echar un balde de agua para apagar un incendio en un bosque en llamas. Si se hubieran dado cuenta antes. Ridículo. Todo le parecía ridículo y patético.
      Se sentía amenazado de muerte. Como en una guerra, pero sin armas de fuego y con un enemigo invisible y constante al que no sabían cómo atacar. Nadie sabía. Nadie nunca había sabido, aunque les hacían creer que sí. Tantos simposios climáticos y congresos ambientales, ¿para qué?  Siguió caminando evitando pensar tanto, para que su mente no se enfermara tan rápido como su cuerpo. Sin embargo, un alud de palabras lo acosaban como clavándole alfileres que dolían: industrialización, efecto invernadero, calentamiento global, agujero de ozono, errores humanos. Errores. Errores fatales. Cuántas veces había escuchado tratar sobre estos temas en los informativos, alertando a la población. Cuántos intereses de gente muy poderosa habían llevado a esta situación irreversible e insoportable. Intereses, siempre intereses.
      Le dolían sus hijos, el futuro de su familia. Le dolía recordar la vida normal y rutinaria de la que antes se quejaba por simple y repetitiva y que ahora valoraba más que nunca: las mañanas de sol radiante y las lluvias normales de verano, con ese aroma a tierra mojada que traían los campos cercanos llenos de pasturas y sembrados, la luz y el olor de la naturaleza sana… eso ya no existía. Estaban rodeados de bosques arrasados y ríos llenos de peces muertos. La naturaleza rebelde, enojada… No quería olvidar. Pero a cada paso había algo que le recalcaba que estaba transitando en un mundo sin futuro, y ya casi sin presente. Sólo el pasado rondando su mente, un pasado cada vez más lejano e impalpable. Y este presente lo hostigaba demasiado: los edificios y monumentos corroídos, los escasos árboles en la plaza central de los que sólo quedaba el esqueleto, algún que otro perro muerto que se le iba apareciendo en el camino, los negocios cerrados. Gente anónima corriendo con barbijos y pañuelos tapando su cara, gente buscando. Casi una ciudad fantasma. Un mundo fantasma, porque en otros lados era igualmente desolador. No había donde ir, sólo sobrevivir. Sobrevivir diariamente.
          Se detuvo debajo de una parada de colectivo inutilizada porque se sentía cansado y los ojos le ardían y le llorisqueaban. Ya no sabía si era por el ardor o por la impotencia, pero los ojos le lloraban. Las lágrimas se confundían y lo confundían, e iban quemando sus mejillas. A su alrededor, la gente pasaba corriendo, cargando con alguna provisión para el día y resguardándose donde podían. Dejó los bidones y la bolsa con los alimentos  a un costado y se sentó en el banco de la parada para descansar un poco. Sacó el pañuelo de su bolsillo y se secó los ojos. Se dio cuenta que no podía respirar bien y que se le había nublado la vista. Mantuvo el pañuelo un rato sobre los párpados cerrados para ver si le pasaba ese efecto desagradable. Y así, a oscuras, lo invadieron sensaciones que antes nunca habían pasado por su mente. Quizás sería mejor olvidar, pensó. Y acostumbrarse. A los barbijos, los bidones y la lluvia. Al cielo denso, siempre opaco. A la ciudad desierta, llena de despojos humanos, vacía de vida. A correr y buscar. Siempre correr y buscar. A esqueletos en las calles, de árboles, de animales y quizás muy pronto, de seres humanos.
    De repente, un ruido lo despertó de su estado aletargado y quitando el pañuelo de su cara, que sentía sucia y mojada, volvió a abrir los ojos. Los bidones y la bolsa habían desaparecido.  Miró con desesperación a su alrededor  y vio que un hombre  se los llevaba corriendo por el centro de la calle. Salió detrás de él y en vano intentó alcanzarlo porque el ladronzuelo se confundió con la multitud desorientada. Corrió hasta que lo perdió de vista y se detuvo porque le faltaba el aire y ya no podía controlar el llanto. Las lágrimas, de impotencia, de dolor eran cada vez más abundantes, se confundían con la lluvia y lastimaban, dejaban marcas profundas.
        Siguió caminando con la respiración entrecortada y la mente ausente y cada vez un poco más enferma. Algo había cambiado en él en ese preciso instante. No sabía precisar qué era exactamente, pero se sentía distinto.  Sí, sería mejor acostumbrarse. Todos se acostumbrarían, al final. Él, sólo caminaba, ahora con las manos vacías. Su mirada había cambiado, las lágrimas se habían detenido de repente. Caminaba, con su barbijo siempre puesto, mirando a ambos lados, minuciosamente, buscando, tratando de encontrar a algún distraído que, como él, dejara un bidón con agua al alcance de su mano. Sí, decidió que seguramente lo encontraría… antes de llegar a su casa.