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LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA (poesía y narrativa)
Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)
Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)
Los encontrarás:En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.
martes, 23 de abril de 2024
Crónica de una tarde de lluvia en Buenos Aires (De la autora)
miércoles, 23 de junio de 2021
"La primera mirada" (de la autora)- para Julia
En ese momento estabas muy ocupada. Todo
era muy confuso para vos, estoy segura. La situación se presentaba caótica,
desorganizada y no estabas preparada para afrontarlo, nunca te preparan para
eso. Escuchabas ruidos metálicos y voces desconocidas que te provocaban miedo y
desconfianza incitándote a quedarte donde estabas, segura y protegida, a pesar
de la oscuridad y la humedad que te rodeaban. Pero había que salir, no quedaba otra opción.
Afuera todos te estábamos esperando.
Te gustara o no, fuerzas superiores
perturbaban tu largo letargo que estaba llegando a su fin. Habías empezado a
sentir presiones, que te impedían controlar tus escasos movimientos. Cuando
llegó el momento, divisaste una tenue luz que te indicaba la única salida, el
sendero que debías seguir obligatoriamente y que te alejaría de la zona de
seguridad. Algo se rompió, y sentiste que ibas a ser desalojada a pesar de tus
intentos por quedarte. La incertidumbre era parte de la historia pero la
curiosidad no te movilizaba a acelerar el proceso que parecía anárquico,
agresivo y desolador. Pero no estabas sola.
De pronto notaste que ibas llegando a una
zona desconocida y eso te asustó aún más, pero ya no podías hacer nada para
detenerte, eso escapaba a tu decisión y a tus deseos. Las presiones se hicieron
insoportables. Los ruidos y las voces fueron aumentando de a poco y la luz se
tornaba cada vez más intensa a medida que te acercabas al final del largo y
estrecho túnel, al punto de no permitirte abrir los ojos. ¿Qué era lo que
estaba ocurriendo? Esto no estaba en tus planes.
Sin embargo, cuando la realidad parecía
estar fuera de control, la violencia cesó por completo al final del laberinto y,
aunque sentiste frío y temor, te encontraste en libertad. Las emociones
contradictorias que te acechaban te condujeron a un llanto que, luego de nueve
meses, completó el ciclo milenario y misterioso.
Y ahí fue cuando te vieron mamá y papá. No creo que lo recuerdes, porque tu esfuerzo estaba centrado en percibir el entorno borroso y en amoldarte a la nueva situación, pero ese fue el momento en que se encontraron tus ojos con los de ellos por primera vez. Frente a frente. Sin la interferencia del mundo que, en pocos minutos, empezarías a transitar y a enfrentar. Y aquella mirada, la primera, detuvo el tiempo. Y en ese preciso instante, ellos supieron que cambiarías su vida para siempre.
jueves, 14 de enero de 2021
"La carrera de alfombras" (de la autora)
La casa era chica, quizás demasiado para jugar adentro, pero lo suficientemente grande como para que una alfombra sirviera de vehículo para transformar los pasillos, la cocina, el comedor y el living en un espectacular circuito de carreras.
Tendríamos con Bere esa edad que no se puede precisar en número, pero sí en momentos, esos momentos de la niñez que quedan adheridos a la piel y que no se borran con el paso del tiempo ni con las distancias que nos impone la vida.
Mi abuelo había comprado una casa de veraneo en las sierras cuando yo tenía apenas un año. Era un modesto chalet típico blanco con tejas rojas, sobre una silenciosa calle de tierra bordeada de árboles, que descendía directo al río y desde donde se veían las montañas cordobesas que rodean a la pequeña ciudad inmersa en el maravilloso valle. La casa de Bere se encontraba a un terreno baldío de por medio, cuyos árboles y malezas invitaban a la aventura de explorarlo. Ella había nacido en esa ciudad montañosa, yo era una forastera que llegaba de otra provincia, donde todo era llano. Con mis padres empezamos a ir todos los años en invierno y verano, y así fue como nuestras familias empezaron a contactarse por ser vecinos y nosotras nos hicimos amigas, de esas que aunque se alejen en kilómetros quedan prendidas por hilos invisibles que, a veces, se tironean con los movimientos de cada una, llamando a la otra.
Las vacaciones solían ser los momentos en los que poco a poco fuimos afianzando esa amistad, porque durante el resto del año nosotros volvíamos al pueblo para seguir con nuestra vida de rutina. Por eso, aunque nos manteníamos en contacto por carta, añorábamos esas temporadas sin clases para volver a encontrarnos, y ya no nos despegábamos. Entonces, compartíamos tardes en el río o pescando en el lago, jugábamos inolvidables guerras de carnaval con bombuchas que se transformaban en mojadas municiones, íbamos al cine Yolanda, cuando se estrenaba una película, o hacíamos barquitos de papel que lanzábamos por las calles por donde corría agua de alguna acequia. El baldío que mediaba nuestras casas era el terreno ideal para las aventuras de piratas, buscando tesoros escondidos con planos que nosotras mismas habíamos diseñando, entonces nuestra imaginación volaba recorriendo los senderos, encontrando huesos de dinosaurios desaparecidos y escondiéndonos de peligrosos bandidos que nos perseguían. Pero también improvisábamos juegos para aprovechar esos días en los que no podíamos disfrutar del aire libre. Entre los juegos que inventábamos estaba la carrera de alfombras en casa de Bere, sobre todo, en los días fríos de invierno o los de lluvia que no se prestaban a que saliéramos afuera. Entonces los adultos sabían que, aunque molestáramos un poquito haciendo ruido o moviendo algún mueble de lugar, estaríamos entretenidas, controladas y sin correr peligro alguno. Para ello no necesitábamos demasiados elementos. Tomábamos dos alfombras de las habitaciones, de esas rectangulares con dibujos persas y flecos en las puntas, nos arrodillábamos sobre ellas, y algo mágico nos envolvía de repente: nos impulsábamos con las manos a los costados de las alfombras sobre el lustrado piso de madera y la casa se transformaba en un perfecto autódromo, porque la competencia había comenzado. Cuando veíamos que pasaban la lustradora sabíamos que sería más emocionante aún, ya que ganaríamos en velocidad, las curvas podrían transitarse más fácilmente y la ovación del público sería mayor. La zona del pasillo era la más peligrosa, ya que era muy angosta y había tres puertas a lo largo, las de los dos dormitorios y la del baño, por lo que podría producirse alguna inesperada colisión demorando en ese tramo a alguna de las dos competidoras. Pero la que pasaba el pasillo con mayor astucia, seguramente tomaba la punta, y luego venía el comedor, iluminado por un gran ventanal, con piso de cerámica y con más espacio para que nuestros bracitos pudieran empujar más libremente. Las personas que estuvieran en la casa en ese momento debían hacerse a un lado o esquivarnos para dejarnos pasar, disimulando una protesta silenciosa por tal incomodidad, que nosotras no percibíamos. La pista se completaba pasando por la cocina, donde había una mesa contra la pared, cuyas patas no debíamos enganchar, y por último el living, con el brillante piso de parquet que quedaba cada vez más limpio a medida que nuestros coches pasaban por allí. Llegando al pasillo comenzaba la otra vuelta, formando así una pista ovalada, continuada y perfecta que transitábamos varias veces en sentido antihorario. Los objetos que pudieran interferir eran corridos temporalmente para evitar posibles colisiones, aunque más de una vez la alfombra quedaba trabada con la pata de algún sillón o la rendija de alguna puerta que no estaba lo suficientemente abierta, entonces, el promedio se complicaba, debiendo ser recuperado con inteligencia por las conductoras para no perder la competencia. La cantidad de vueltas dependía de nuestro cansancio y el calor de la carrera se sentía en la piel y en nuestras ansias por ganar el juego, aunque en ese momento no supiéramos que eso no era lo principal. El reloj cu-cu del living nos marcaba el ritmo cada vez que pasábamos por allí, recordándonos que el tiempo también era importante. Pero eso lo entenderíamos más adelante, cuando ya no habría carreras de alfombras que se volvían mágicas en las tardes de lluvia en las sierras.
Han pasado casi cincuenta años. Esa calle de nuestra infancia ya no es de tierra, los árboles que la bordeaban y daban sombra en las tardes de verano han desaparecido y el baldío donde buscábamos tesoros fue invadido por un edificio que tapó nuestros senderos de piratas para siempre. Tampoco se ven tanto las montañas porque la ciudad fue creciendo en altura, tragándose esa imagen de tarjeta postal y de foto de cuentos que completaba nuestras historias imaginarias. Sin embargo, ambas casas siguen estando en el mismo lugar, aunque la nuestra tiene otros dueños. Bere sigue viviendo allí. El circuito permanece adentro, silencioso y lustrado, esperando que alguien lo recorra con alguna alfombra desgastada. Aunque en los días de lluvia de las sierras, la gente que pasa por la vereda se detiene un momento, a escuchar un extraño ruido a motores que proviene desde una ventana entreabierta de la casa.
viernes, 31 de julio de 2020
"La casona abandonada" (por Beatriz Chiabrera de Marchisone) TALLER VIRTUAL 5
La muchacha pasaba caminando cada mañana
por esa misma vereda, la de la casa abandonada. Era una gran mansión señorial
del siglo XIX, con ventanales altos,
aunque ya sin vidrios, que alentaban a las malezas a entrar sin pedir permiso.
Pero un día, la joven se detuvo, al
escuchar el sonido de un piano que, aparentemente, provenía del interior. Miró
por entre la verja de entrada, pero no percibió movimiento alguno; sin embargo,
la melodía se seguía escuchando. Continuó caminando lentamente, hasta alcanzar
la esquina y dobló, para ver si del otro lateral divisaba algo. Pero nada. Ella
sabía que hacía décadas que nadie habitaba ese lugar. Pero también sabía de los
rumores de ruidos extraños escuchados en algunas ocasiones. Decidió entrar para
verificar qué estaba ocurriendo; era una aventurera innata y no se perdería la
oportunidad. Volvió sobre sus pasos a la entrada principal, una gran puerta de
hierro verde oxidado, la empujó y ésta se abrió inmediatamente. Luego, subió
los escalones que conducían a la puerta de ingreso y accionó el gran picaporte
que, en un tiempo, debió haber sido dorado; se desconcertó al ver que también
estaba abierta. Ya desde el hall de acceso, donde una importante escalera de
mármol dominaba el lugar, podía ver que la casa literalmente se venía abajo;
las paredes descascaradas, las telarañas colgando, escombros por doquier… Pero algo llamó su atención: la melodía que
escuchaba, provenía desde otro sitio, detrás de una puerta doble que empujó sin
dificultad. En el instante que cruzó el umbral, la música se detuvo, y pudo ver
un vasto salón con un piano que se destacaba entre las ruinas. Cuando se
acercó, descubrió una partitura sobre el atril, una rosa roja recién cortada, y
una copa de vino volcada, como si alguien la hubiera dejado allí solo un
momento atrás. La imagen era insólita en medio de la decadencia de la mansión. Asustada,
salió corriendo, y decidió regresar a su casa.
Esa noche, buscó información sobre la pieza
musical que había encontrado sobre el piano; era una sonata compuesta por
Rudolph de Weber, a mediados del mil ochocientos. Se acostó pensando en la
situación; quizás era su imaginación, en la ciudad había muchos de esos
palacetes de principios del siglo pasado con misterios detrás. Sin embargo, tuvo un sueño que la perturbó
aún más. Ella se encontraba en ese mismo salón, el del piano, con un vestido de
época, acompañada por un apuesto caballero que, mientras tocaba, la miraba
embelesado. Las notas invadían el lugar, y ella se sentía embriagada de
felicidad. La melodía era la misma que ella había escuchado en la casona. Alrededor
suyo, otras parejas danzaban disfrutando de la fiesta, que parecía ser muy
importante. De pronto, el apuesto hombre dejó de tocar, cogió una rosa que estaba sobre el piano y se
la obsequió. Ella la tomó por el tallo y una espina rozó su pulgar, produciendo
una herida sangrante. El hombre besó su dedo lastimado y le dijo: No permitas que la destruyan… mientras
secaba la sangre con un pañuelo blanco que había extraído de su bolsillo.
La joven despertó con una sensación muy
extraña, y con algo que no podía explicar: su dedo estaba sangrando. Las dudas
la invadieron. ¿Qué había querido decir con esa frase? Esa misma mañana, se
dirigió a la mansión buscando respuestas, pero la zona estaba cercada, y no
permitían que nadie se acercara a la vieja construcción. Ella se abrió paso
entre la multitud hasta llegar a un grupo de hombres que, aparentemente,
estaban a cargo del operativo.
Allí le informaron que demolerían la casona
para construir una torre de departamentos, que la misma había pertenecido a un
famoso pianista austriaco que se suicidó por un amor no correspondido, dejando
sobre su piano una sonata escrita para su amada, una rosa roja, y una copa de
vino con veneno, que había sido el causante de su muerte.
Ante esta situación, ella preguntó si podía entrar, alegando
que el día anterior había estado allí, y había visto el piano, la rosa y la
copa. Eso era imposible- le dijeron- ya que la casa estaba completamente
vacía y sin mobiliario desde hacía años, y nadie había encontrado ningún piano,
ni la rosa, ni la copa de vino… Lo único que hallaron al entrar, fue un pañuelo
blanco con manchas de sangre fresca.
miércoles, 29 de abril de 2020
DÍA DEL ANIMAL- "La zorra" (de la autora)
jueves, 12 de marzo de 2020
"La catástrofe" (De la autora)
Publicado en "Sentate que te cuento"- Ed. De los cuatro vientos- Buenos Aires- 2009
viernes, 14 de febrero de 2020
"El amor en tiempos de guerra" (De la autora)- Basado en una historia real
martes, 24 de diciembre de 2019
"Testigo"- Un cuento de Navidad (De la autora)
miércoles, 23 de octubre de 2019
"El faro"- (De la autora)
Publicado en "Rincones y Acuarelas"- La Imprenta Digital- Buenos Aires- 2019
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| Pintado por YASMÍN PÉREZ- Premio del Concurso |
Fallo del "XVI Concurso de Poesía y Cuento Escritor Alfredo Cossi"- S.A.D.E. Baradero-San Pedro (Buenos Aires)
domingo, 20 de octubre de 2019
"La primera mirada" (De la autora)
miércoles, 25 de septiembre de 2019
"Feriado inesperado"- (De la autora)
entro y me siento en una mesa que da a la
calle, así tengo luz para escribir mientras tomo algo; hay varias mesas
ocupadas. Escucho una canción de Abel Pintos que me alegra la mañana, siempre
es bueno escucharlo. Cuando llega la camarera le pido un café y busco en mi
cartera algo dónde escribir y una lapicera. El cuaderno que tenía adentro lo
dejé en casa, y los lentes quedaron en el auto. No importa. Una servilleta va a
ser muy chica. Revolviendo, encuentro un viejo presupuesto arrugado en el fondo de la
cartera, que me puede servir; la parte de atrás está en blanco. Escribo igual, sin lentes y en el
papel desprolijo. Levanto la vista cada tanto para mirar las noticias en el
televisor; la vista me va a pasar factura, seguro. Por la ventana veo que pasan
algunas personas caminando. Pocas. Busco en Internet por la fecha del día del Empleado
de Comercio, porque tengo mucha duda. ¿Cómo no escuchamos nada? Encuentro
información que me confunde aún más: jueves, 5 de septiembre de 2019
"Patronales" (de la autora)
es la hora. Las campanas de la iglesia anuncian el comienzo de la Procesión en pocos minutos. Se coloca los zapatos, se apresura frente al espejo con los últimos retoques y sale a la calle camino a la plaza. El sol está radiante y eso ayuda a que mucha gente mayor, como él, pueda cumplir con el ritual anual. La Procesión sale de la Iglesia así que tendrá que caminar varias cuadras; a él nunca le gustó eso de “engancharse” en la vuelta. Ni bien cruza la puerta de su casa ya puede escuchar la propaladora con las canciones religiosas, de donde saldrá la voz que conducirá el rezo hasta el Templo. Cuando él era joven solía haber una banda que acompañaba la doble fila de peregrinos, también hubo ocasiones en las que alguien encabezaba el recorrido con un megáfono para que todos pudieran escuchar. Su trayecto hasta el templo le permite seguir recordando. Al llegar a la puerta de la iglesia, se coloca detrás de aquellos que arribaron antes que él. La cola es larga y lo será aún más a medida que vayan acercándose los vecinos más remolones. Mientras va recorriendo el sendero perimetral ya puede ver los stands de los vendedores que, como todos los años, llegan al pueblo con la mercadería o los juegos que tienen para ofrecer. Se forma como una feria, que mientras fue pasando el tiempo, fue mutando también, adaptándose a las necesidades de la sociedad. La ruleta, el peludo, el alquiler de carros y los saltarines fueron suplantando a la carrera de embolsados, la sortija, las piñatas llenas de harina y caramelos, las carreras de obstáculos y el palo enjabonado con un lechón de premio. Y cuando llega la noche, es el momento del tradicional baile. El salón del Club Florida aún mantiene la estructura por donde pasaron tantas reuniones sociales, y entre ellas, las de las fiestas patronales. Aunque antes de realizarse allí, se hacían donde ahora es el Salón Cultural de la Biblioteca Bonini, lo que luego funcionó como cine. Igualmente la antesala de los primeros bailes fueron los Pabellones. Juan recuerda cuando llevaban a todos los niños al campo a la casa de un tío para que no molestaran cuando los ensamblaban. Esas estructuras tenían piso de madera y estaban cubiertas por una carpa donde se bailaba al compás de alguna orquesta Típica como la Gomez-Vazquez, que tocaba especialmente tangos, milongas, pasodobles y valses; o Característica, que interpretaba además jazz, foxtrot o tarantelas, entre otros ritmos más modernos. Pero él no tuvo la oportunidad de bailar en esos pabellones que tuvieron su apogeo en los años treinta y cuarenta, allí transitaron sus padres y sus abuelos, y ese recuerdo lo remonta a imaginar las historias de amor que se habrán gestado sobre esas tablas, cuando no había computadoras ni celulares para concertar citas, y los horarios máximos de los eventos no pasaban la medianoche. También recuerda que tenía una única camisa que debía cuidar para los demás bailes de la zona, porque las fiestas patronales de los pueblos vecinos se festejan casi todas en la misma época. Su memoria va y viene en el tiempo constantemente, trasladándolo a situaciones imaginarias que lo conmueven y lo transportan. Ya casi está por la mitad de la Procesión cuando visualiza, casi como por arte de magia, las llamadas “vuelta del perro” en la plaza, donde los varones giraban en torno al predio yendo para un lado y las mujeres para el otro, para poder verse a los ojos en el punto de coincidencia. Era como un juego de seducción sin palabras, donde la mirada tomaba fuerza y transmitía mensajes. Y luego, estaban las reuniones familiares. La casa paterna era el escenario de los festejos, donde largas mesas con abundante comida, preparada durante días, despedían aromas mezclados, de los salames de las carneadas, las tentadoras mayonesas, el lechón adobado y otras exquisiteces para compartir con los parientes del dueño de casa. Aún tiene grabado en sus oídos las conversaciones en piamontés entre sus familiares mayores, dialecto que fue aprendiendo de a poco, a través de las canciones o charlas que escuchaba diariamente, porque los abuelos de Juan habían llegado de Italia a principios del Siglo XX, acarreando su idioma, sus costumbres y tradiciones.
















