POESÍA. NARRATIVA. INFORMACIÓN LITERARIA. CONCURSOS. AUTORES CLÁSICOS Y NÓVELES


Puedes pedir los libros de la autora al mail: beamarchisone@gmail.com (envíos a todo el país)

LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)

Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)

Los encontrarás:
En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.
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jueves, 16 de julio de 2020

"La chica desaparecida" (por Guadalupe Campos Echazú)) TALLER VIRTUAL 4


Hace mucho tiempo vivía en un palacio cerca del Lago Unaaho y un bosque de hayas, una nena de pelo castaño, ojos hermosos y linda piel, llamada Teresa. Ella tenía dos hermanas, Claudia y María. Siempre les gustaba ir al lago donde había muchas mariposas. 

Un día Claudia decidió ir a dar un paseo al bosque. Feliz caminaba entre los enormes y altos árboles cuando escucha un ruido y alguien que decía: ¡Sálvenme!  

No entendía qué pasaba pero decidió buscar la voz. Quería ayudarla. Estaba tan ocupada buscando que no se dio cuenta que detrás de ella estaba un lobo, con los dientes babeantes listo a saltar. Se asustó tanto que salió corriendo hacia el otro lado del bosque. Se perdió. Se escondió arriba de una rama. 

Mientras tanto sus hermanas, María y Teresa estaban preparando galletas para comer  por la tarde. Fueron a buscar más harina a la despensa, que quedaba en el sótano del castillo.   

____Vayamos a buscar a Claudia , seguro está en la pieza----dijo María.   

____ Sí, vayamos. ___contestó Teresa.  

Tocaron la puerta y no respondía, entonces entraron, vieron en la cama alguien tapado. Lo descubrieron pero para  gran sorpresa  no era Claudia sino el oso que ella siempre lleva a la escuela. 

____¿Entonces dónde estará?___se preguntó María  

____No lo sé, llamemos a mamá.____propuso Teresa. 

 Su mamá se preocupó mucho y después de pensar un rato les dijo que fueran juntas a buscarla al colegio. Cuando llegaron tocaron la puerta y nadie contestó porque estaban todos en clase y no escucharon. María decidió que fueran al bosque. Al llegar comenzaron a llamarla a los gritos, haciendo sonar las palmas muy fuerte.  Claudia mientras tanto pensaba en las galletas que iban a hacer para tomar la leche, riquísimas con chispas de chocolate, cuando las escucha a sus hermanas que gritaban su nombre.   

___Acá, acá estoy ___les contestó.´                                                                 

María y Teresa levantaron la vista y la encontraron en esa alta rama, la ayudaron a bajar, se abrazaron y volvieron las tres muy felices a su castillo a tomar la merienda con galletas con chispas de chocolate.

AUTORA: Guadalupe Campos Echazú

-10 años-

Rosario (Santa Fe- Argentina)

TALLER VIRTUAL 4 

lunes, 6 de julio de 2020

Prólogo de la antología "Había una vez un castillo..."


Este taller surge con motivo de la pandemia mundial de coronavirus, que comenzó a fines de 2019 en China, y se extendió al mundo entero, imponiendo una cuarentena en distintos lugares. Éste ya es el cuarto de una serie de talleres que irán cambiando de tema, a través de una imagen.

   La particularidad de este taller es que tiene dos categorías. La primera es para que participen niños y adolescentes hasta 16 años, y la segunda es para adultos, pero con la temática adecuada a los de la primera categoría.

   Aunque la participación para la primera categoría fue escasa, y aunque no todos los textos de la segunda categoría se adecuan a la temática para niños y adolescentes, considero muy valioso el aporte de los autores participantes, por eso los he incluido a todos.

     La necesidad de escribir es siempre una salida en los momentos de crisis, y un espacio compartido es un lugar de encuentro. Algunos asocian lo que escriben con la realidad; otros apelan a la ficción, para escapar de ella.

     Los temas que inspiró la imagen del castillo en medio de ese bello paisaje fueron muy variados. Dragones que lanzan flores, piedras con poderes que curan, doncellas y princesas enamoradas, libros y orquestas mágicas, castillos de golosinas, brujas y fantasmas, viajes a través del tiempo.               

     Los textos llegaron desde distintas provincias de Argentina,  desde otros países de América (Chile, Uruguay y Colombia), y desde Europa (España).

     La idea de recopilar los escritos en una antología aparece como forma de valorar el esfuerzo de los escritores, y apreciar los distintos géneros, temas, tonos y enfoques que se pueden aplicar a través de una misma imagen.

     El orden de las obras- cuentos, poemas y relatos- responde al orden en que fueron recibidas y publicadas en el blog:

beatrizchiabrerademarchisone.blogspot.com.

Beatriz Chiabrera de Marchisone

Recopiladora

jueves, 2 de julio de 2020

"El castillo y la rocola" (por Santiago Stessens) TALLER VIRTUAL 4


    Soy Santiago y tengo 13 años. Soy muy curioso y aventurero. Hoy les voy a contar una historia que viví con mis amigos cierto día de nuestras vacaciones de invierno.

    Un 17 de julio, Gastón, Bauti, Dante y yo volvíamos a nuestra cabaña tras una agotadora mañana de excursión. En el camino vimos un gran, alto y asombroso castillo que a todos nos dio curiosidad conocer. A la mañana siguiente rápidamente nos abrigamos para salir de la cabaña e ir al castillo. Después de una larga caminata llegamos, y con intriga, golpeamos una gran puerta de madera. Desde dentro no se escuchó nada, entonces pasamos. Allí vimos una gran sala con paredes blancas y una sombra que corría hacia el primer piso por una enorme escalera. Con miedo salí corriendo hacia allí con mis amigos detrás y no vimos nada, pero escuchamos un sonido que venía de una de las habitaciones, en silencio nos fuimos acercando cada vez más, encontramos una señora con ropa muy extraña para esta época y frente a ella una rocola con luces, entonces nos aproximamos y todos fuimos desapareciendo. Nadie entendía nada, habíamos perdido de vista a la señora y a la rocola y estábamos en medio de un pueblito, y vimos un cartel que decía “Posada”, entramos y mientras esperábamos que nos atendieran, con gran asombro, leímos en un almanaque: año 1920.¡Habíamos viajado al pasado!

    Con mis amigos estábamos asombrados y preguntamos al dueño de la posada por el gran castillo, y nos contó que era muy misterioso, guardaba secretos y estaba a unas horas del lugar. Ya era de noche y decidimos descansar, al menos un poco. El buen señor nos prestó una habitación porque no teníamos dinero, era muy sencilla, con ventanas pequeñas y con muebles antiguos, de aquella época. La noche pareció larga y silenciosa, despertamos temprano, todos con ganas de volver a la cabaña y con nuestras familias.

    Comenzamos a caminar, siguiendo el sendero indicado, rumbo al futuro. Había mucha vegetación y después de varias horas Gastón gritó ¡chicos, el castillo!, ya podíamos verlo. Agotados, nos fuimos acercando y entramos por la gran puerta de madera, subimos las escaleras y nos dirigimos a la habitación buscando desesperadamente la rocola. Allí estaba, justo en el mismo lugar, con sus luces coloridas, nos pusimos frente a ella suplicando que nos regrese a nuestra época, y esta vez nos absorbió. Sentí un temblor muy fuerte y muy aturdido desperté tirado frente a la gran puerta de madera del castillo, junto a mis amigos. Apenas logramos reaccionar comenzamos a correr lo más rápido posible. Chau castillo!!! Chau rocola!!! No los queremos volver a ver.

AUTOR: Santiago Stessens 

11 años

Estación Clucellas - (Santa Fe - Argentina)

TALLER VIRTUAL 4 

martes, 30 de junio de 2020

"Mi castillo azul" (por Linda Tatiana Toro Zapata) TALLER VIRTUAL 4


«En los inviernos de la comarca cuando le duele la noche al alba, aparece tras la bruma un Castillo Azul, justo en la cumbre del abismo donde las almas apesadumbradas se quedaron en el limbo del infinito y la nada.

Con las lluvias del otoño y la sequía del verano, sobre el filo de las colinas, se escuchan preparando los cantos para los sortilegios. Se ven sus sombras, se sienten sus pasos, sedientos y solitarios, en búsqueda de jóvenes apasionados de sangre caliente y ojos grises. Almas caídas por el azar del destino.

Es una suerte de plaga que viene desde los anales del hombre. Cuentan los ancianos de la región, que el Castillo está habitado por seres extraños similares a los reptiles que caminan al vaivén del eco del reloj contenido en cada rincón del enorme palacio. Tienen cuatro patas y sus dedos son como agujas; sus lenguas voraces; sus ojos parecen enloquecidos y sus pieles son verdes y ásperas. Siendo seres expertos en excavar la tierra sobre las lágrimas de generaciones enteras cautivas en sus fauces, que en épocas de sequía se convierten en ínfimas lagartijas.

La ruta de llegada al Castillo no existe en los mapas. Los expedicionarios lo han encontrado con las pistas dadas en los viejos libros de conjuros. Si alguien despierto encontrara su camino, pensaría en un espejismo que dibujaría con rostros indiferentes cargados de ira y placer.

Hay quienes han tejido historias del Castillo con sus salones extensos y solitarios, corredores oscuros y estrechos. En lo más profundo de sus sótanos yacen libros olvidados y jarrones tarjados; las telarañas forman antesala de puertas y ventanas cerradas y oxidadas que con el silencio traen consigo ruidos y movimientos de los rastreros bajo los objetos.

Los ancianos aseguran que esos “reptiles” desaparecen con las primaveras y, otros preparan conjuros para su destierro. Uno de los más poderosos ruegos, dicen, se encuentra entre las líneas de un viejo cuento inacabado, quien lo termine podrá desnudar los fantasmas más terribles de sus pesadillas. El libro fue hallado años atrás, en las memorias del Castillo Azul, localizadas en su biblioteca antigua, ubicada en el sótano y a la que no se puede entrar sin antorchas.

In illo témpore estuve ahí, muy niña, seducida por la ingenuidad, deslumbrada por el azul de sus paredes, sus cúpulas cristalinas y suaves cobertores.  Gracias al favor del tiempo, traduje el conjuro entre las líneas del cuento, extrayendo la “Beta” que dejaba la leyenda sin su poder; borrando de mi cuerpo todas sus rutas de acceso.

A veces, en plena luz del día reconozco en los rostros trasegados que pasan junto a mí, viejos lugares del Castillo Azul inanimado y obscuro que me dejan reconocer en ellos mi sombra».

AUTORA: Linda Tatiana Toro Zapata

Medellín (Antioquia- Colombia)

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"Dulce de grillos" (por Graciela Brown) TALLER VIRTUAL 4


¿Ves esta foto? Aquí trabajaba yo. Era cocinero en el castillo. Mi especialidad eran los desayunos del príncipe: galletas de naranja con dulce de grillos. Y una taza grande de leche caliente. No te rías. Los príncipes tienen gustos raros. Tardé más de diez años en conocerlo. Yo trabajaba en la cocina, en el ala Oeste, y el príncipe tenía su habitación en la torre del ala Este. Si mirás la foto, vas a ver que es un castillo gigantesco ¿ves?

Para llevarle el desayuno o para saber qué quería comer, yo tenía que preguntarle al jefe de cocina que le preguntaba al camarero principal que le preguntaba al mayordomo que le preguntaba a la encargada del ala Este que le preguntaba a la asistente de la reina que le preguntaba al secretario personal del rey que le preguntaba a la niñera del príncipe. Seguro me olvidé de algunos. Esto pasaba todos los días.

Cuando el príncipe cumplió dieciocho años, el mismo día de su cumpleaños, se apareció por la cocina.

-¿Quién es el cocinero que prepara mi desayuno?- preguntó con malos modos. Qué maleducado, pensé.

-Soy yo, su alteza- dije, acercándome hacia él, pero no mucho.

Él me miró con enojo por un minuto.

-Traigan la caja- les ordenó a sus ayudantes.- Vuélquenla sobre la mesa.

Ante mi sorpresa, se desparramaron sobre la madera una gran cantidad de galletas de naranja con dulce de grillos. Yo estaba asustado, sorprendido, confuso...

El príncipe me volvió a mirar con enojo.

-Señor cocinero- me dijo- ¿Qué es esto?

-Lo que su alteza pedía para desayunar: galletas de naranja con dulce de grillos.

-¡No!- me gritó- ¡Yo quería galletas de naranja con dulce de membrillo!

Yo no supe qué contestar. De pronto, el príncipe soltó una carcajada. Todos se reían. Se agarraban la panza de la risa. A mí me daba mucha vergüenza. El príncipe se me acercó y me dió un abrazo, sin dejar de reírse. Al final, terminé riéndome yo también.  

AUTORA:  Graciela Brown

Suipacha (Buenos Aires- Argentina)

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lunes, 29 de junio de 2020

"Adaluz" (por María de los Ángeles Albornoz) TALLER VIRTUAL 4


Adaluz, es una niña muy feliz,  que  vive en un enorme y antiguo castillo de Francia,  en medio de un bosque, rodeado de montañas y  de un río de aguas cristalinas. Su padre, Felipe, hombre de negocios,  lo compró para transformarlo en un hotel.

Durante el año escolar, estudia  en Paris, en casa de su tío Enrique, hermano de su papá.  A fines de mayo,  época de vacaciones, sus padres pasan  a buscarla.

Su regreso al hogar es muy festejado por los empleados de su padre. A la mañana  muy temprano, Adaluz, la regalona de la familia, desayuna con sus padres. Después, recorre los amplios salones del castillo.  No se cansa de visitar la biblioteca de su padre, le gusta mirar los grandes cuadros que cuelgan sobre las altas paredes, con retratos de los reyes que vivieron en el castillo,  hace muchos, pero muchos años, obra de famosos pintores.  Le causa risa ver los rostros serios de esos señores,  con grandes bigotes y pelucas con rulos. Su preferido, es el cuadro de una señora muy hermosa, que se llamaba  Sabrina, como su madre,  vistiendo un lujoso vestido de seda blanca, bordado con piedras preciosas. Cuando se aburre,  regresa a su dormitorio, a jugar con sus muñecas, o  ver dibujos animados en su celular, regalo de sus padres por pasar de grado. Se entretiene chateando con su prima Celina, hija de su tío Enrique, compañera de grado y de travesuras, para recordarle que prometió venir el fin de semana para festejar su cumpleaños, también lo hace a sus compañeras de grado.

Después de almorzar decide ir a pasear al bosque que rodea el castillo, acompañada  por Lila, la hija de la cocinera, ex compañera de estudios de su madre,  que vive en una habitación del castillo, destinada a los empleados.

Se internan caminando por un sendero, riendo y cantando, hasta encontrar un hermoso lugar del bosque, que descubrieran durante un paseo el año anterior. Ellas lo llaman el bosque encantado, donde imaginan hablar con los animales y los árboles. Adaluz, se  abraza al tronco de un pino, entona  una bella melodía, las ramas se mecen al compás de su canción.

-Lila, busca otro árbol y  a danzar a su alrededor, al compás de la dulce melodía.

 Siguen caminando y descubren en lo alto de una rama, entre el frondoso follaje, a unas curiosas ardillitas. La más audaz,  saltando de rama en rama, se les acerca.

Ten cuidado, le dice Lila -  puede morderte

-No temas, le responde Adaluz- mientras recoge el fruto de una araucaria, almendras dulces, dispersas sobre la hierba.

- Adaluz le muestra el fruto, la ardillita la toma entre sus manitas, y sale saltando a  esconderse dentro del hueco de un tronco,  a saborear  tan delicioso manjar.

Las niñas continúan su paseo entre risas y canciones, saltando de alegría, alborotando a las aves del lugar. Una bandada de pájaros se posa sobre las ramas de un roble centenario, y acompañan con sus trinos, el canto de las niñas, mientras  curiosos animalitos, asoman sus cabecitas,  desde sus guaridas,  en los huecos de troncos viejos.

Descubren un hermoso espacio libre de árboles y se sientan  sobre la hierba verde,  a jugar con las flores silvestres que crecen entre los pastos. Hacen lindos collares y coronas con flores multicolores, campanillas azules, amapolas rojas, verbenas blancas y tréboles de flores amarillas.

Lila le regala una corona de flores azules a Adaluz, y Adaluz,  un collar de flores rojas y amarillas, a Lila.

 De regreso, cuando atraviesan el puente levadizo, Adaluz grita sorprendida de encontrar  a Celina con sus tíos, Lila saluda y se retira. 

La mañana del sábado,  amanece con un sol brillante. Adaluz dormía, cuando  Celina entra  corriendo  y la despierta con un--¡Feliz cumpleaños, dormilona!

Adaluz se viste ayudada por su prima, y  bajan a desayunar. Su madre, Sabrina,  aprovecha para dejar sobre su cama, una enorme caja blanca con un moño rojo y una tarjeta que dice: ¡Feliz cumpleaños, querida Adaluz. Dios te bendiga ! Mamá.

 Paula y Lila, esperaban a las niñas con humeante chocolate, panecillos salados  y medialunas recién salidas del horno. Terminado el desayuno, Celina  le pide acompañarla a recorrer la caballeriza del antiguo castillo. Al abrir la puerta,  Adaluz encuentra a su padre al lado de un Pony, de sedoso pelaje blanco con manchas marrones y un gran moño en el cuello, que le dice- Tu regalo de cumpleaños, querida hija. Adaluz,  dando saltos de alegría, corre a abrazar a su padre.

Hasta el mediodía las niñas se turnan para montar el Pony, pasean dentro del castillo, bajo la mirada atenta de un empleado. Después todo fue como mágico. Adaluz entra a su dormitorio  y encuentra el regalo de su madre

- Se apresura a desatar  el moño, abre la caja,  adentro envuelto en papel de seda,  la esperaba un vestido de seda  rosa, adornado con alforzas y cintas de raso  del mismo color y un gran lazo de raso de un rosa más fuerte. El vestido más hermoso del mundo,  dice Adaluz.  y corre a  contárselo a Celina.

El salón de fiesta estaba maravillosamente adornado con globos, guirnaldas y un banner tamaño natural con el retrato de Adaluz, luciendo su vestido nuevo, con un letrero que tenía pintado un número ocho y abajo  - ¡Bienvenidos a festejar mi cumple!!

Invito,  al  lector a  escribir  el final e ilustrarlo.

AUTORA:  María de los Ángeles Albornoz

Monteros (Tucumán-Argentina)

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viernes, 26 de junio de 2020

"Mil pequeños arcoiris" (por María Rosa Rzepka) TALLER VIRTUAL 4


En un castillo encantado

me gustaría vivir.

Jugar con hadas y duendes.

Con la reina compartir

un té con muchas masitas,

una tetera marfil que

con su vapor haga nubes

que lleguen hasta el jardín.

En la sala los sillones

esperando describir

mil cuentos de fantasía con un gato saltarín.

Por las ventanas abiertas

las aves han de venir

para cantar las canciones

que todos gustan oír.

A lo lejos un arroyo

que enrosca como un piolín

los prados donde apacentan

desde un burro a un puerco espín.

Un castillo sin fantasmas,

muchas puertas para abrir.

Soy niño, soy inocente,

quiero una vida feliz.

Mis amigos, los guardianes

me ayudan a corregir

las tareas de la escuela

en un cuaderno alelí.

Aromas de la cocina

se esconden en mi nariz.

Salen de un horno encantado

y no hay brujas por allí.

Son las manos de mi madre

que han preparado un budín.

Este castillo es mi casa.

Los duendes en el jardín

cantan y danzan, se esconden

entre flores carmesí.

Las hadas con las ceritas

que me sacaron a mí

han pintado en las paredes

mil  pequeños arcoíris

y no paran de reír.


AUTORA: María Rosa Rzepka

Florencio Varela (Buenos Aires- Argentina)

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lunes, 22 de junio de 2020

"Historia de Princesas" (por Yanet Helena Henao Lopera) TALLER VIRTUAL 4


¿Qué esconde aquel castillo?

Pregunto…

 

¿El recuerdo vago

de un príncipe,

que osó prometer reinos y coronas,

cuando al amor lo definía

una metáfora?

 

¿El pincel gastado

de un artista

que se mudó a la torre del vigía,

para atrapar

—en el invierno de sus lienzos—

el tibio bermejo del ocaso?

 

¿Tal vez las notas saltarinas

de una tarantela que,

entre figuras musicales

y un eco de siglos,

espera aún el comienzo del baile?

 

Quizá no esconda nada aquel castillo;

y es solo la portada inmensa

de un libro:

una historia de princesas,

que algún padre

ha de leer —a su hija—,

en una azarosa noche de tormenta.

 

Autora: Yanet Helena Henao Lopera

Medellín (Colombia)

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"Solo libros" (por Cristina Gioffreda) TALLER VIRTUAL 4


Tenía los ojos muy negros y la piel cetrina, los pies descalzos, la ropa raída y sucia, su andar era cansino con silencios largos y tristes, habitaba  un rancho con techo de chapa, piso de tierra y ladrillos.

Pero había algo que la diferenciaba de su entorno; eran sus libros, solo libros invadiendo el pequeño y miserable espacio, dicen que no se sabe cómo empezó a hilvanar letras convirtiéndolas en palabras, y estas en frases que devoraba dentro de esos libros como factor prioritario de su vida.

Alguien, no se sabe quién, la abastecía de ese alimento que se multiplicaba y apilaba en el rancho junto a recortes de revistas, fotos y artículos de periódicos. Así fue creciendo hasta que sus hábitos fueron llamando la atención de los que tenía a su alrededor.

Cuando llovía, juntaba las gotas en pequeños recipientes diciendo que eran diamantes enviados desde el cielo; con latas oxidadas, alambres y hojas secas armaba lo que ella llamaba tiaras y calzaba de manera grácil, las piedras que encontraba en la calle, las engarzaba con piolines rústicos, colgándolas de su cuello como si fueran verdaderas joyas. Cuando la noche era iluminada por la luna, ponía un paño deshilado debajo de sus pies, por la mañana recogía el mismo diciendo que esas estrellas que habían caído, bordarían su vestido; no eran pocas las veces que se la veía arrodillada sobre el piso de ladrillos puliéndolo en forma vehemente que según ella brillaría como espejo, mientras relataba ser una cortesana  que debía realizar esa tarea por estar castigada.

Las pocas veces que la visité llamaba mi atención, la pintura de un castillo de colores pendiendo de las lonas que hacían las veces de pared; ese castillo mágico y colorido estaba muy lejos de ser el lugar que ella habitaba, sus riquezas y joyas no eran tales y las estrellas jamás bajaron para iluminar sus raídas ropas, no era solo eso, el sonido del viento lo atribuía a la llegada de carruajes y caballos que circundaban el castillo trasladando  a nobles y amantes de la corte.

Decía de sus libros, que ahí se guardaban importantes secretos familiares, al igual que hacía mención a su piel muy clara y sus ojos azules, los que había heredado de su bisabuela belga. Saludaba a los árboles como a valerosos caballeros habitantes del magnífico castillo, y Moro, el único caballo que poseían fue convertido en el príncipe que la cortejaba.

Luego de muchos años al ser trasladada a Buenos Aires pude visitarla nuevamente ya que era un personaje apasionante, los libros habían alimentado tanto su imaginación, que según sus palabras ahora vivía en el “Condado de la Santa Constitución” cito en Amancio Alcorta casi Avenida Caseros que según ella, algunos insolentes insistían en llamar “Hogar Rawson”.

Esas historias donde abundaban castillos habitados por caballeros, príncipes, princesas, hadas y riquezas, han hecho en su mente y alma de niña volar tan alto su imaginación hasta confundir la realidad con la ficción, producto de sus libros, solo libros y esto sí, es la triste realidad.-

AUTORA: Cristina Gioffreda

C.A.B.A. (Buenos Aires. Argentina)

TALLER VIRTUAL 4 

jueves, 18 de junio de 2020

"La nueva historia" (por Georges René Weinstein) TALLER VIRTUAL 4


Érase un castillo, incrustado

en la más alta cordillera;

imponente… ¡inalcanzable!

recostándose en las nubes.

El sueño de los más esforzados

caballeros, que iban en aras

de la fama, y ser parte de  la historia.

 

Después refugio… de unos cuantos:

tal vez aventureros, quizás

de campesinos que labraron

en el valle –cultivos de copiosos

frutos– su oficio y el sustento.

 

Pero ahora, en días de pandemia,

nadie sube, ni entra, ni se atreve

a escalar sus propios miedos.

Tampoco, nadie sale,

los habitantes decretaron cuarentena;

decidieron rendir culto, ¡y soñar!

en las hadas invisibles en que creen.

 

Aterrados, guardan distancia

y se abrazan a fantasmas milenarios

que circundan, y amenazan regresar

y apoderarse del planeta.


AUTOR: Georges René Weinstein

Medellín (Antioquia- Colombia)

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miércoles, 17 de junio de 2020

"La cuarentena de Tobías" (por Beatriz Chiabrera de Marchisone) TALLER VIRTUAL 4


  Cada noche, Tobías lee un cuento antes de dormir; sobre todo ahora, que debe quedarse adentro por todo eso de la cuarentena. Con sus nueve escasos años, tiene una biblioteca enorme, con todos los cuentos imaginados para la niñez. Los personajes son parte de su vida y su imaginación vuela a través de cada historia. Desde los entrañables Pinocho, Cenicienta, Blancanieves y Pluto, hasta los tétricos y sombríos Capitán Garfio y Cruela de Vil, entre otros, lo acompañan diariamente en osadas aventuras. Cada vez que lee, se sumerge en el mar con Nemo o la Sirenita, atraviesa bosques con siete enanos o vuela por el aire con Aladino. Y por la mañana, le cuenta a su familia que se escapó de un lobo o que rescató a una princesa.

  Pero una de esas noches que buscaba algo para leer ocurrió algo diferente. Encontró que los cuentos estaban vacíos; los personajes habían desaparecido, sólo quedaban los espacios y los paisajes. ¿Dónde se habían ido todos?

  Revisó la biblioteca de punta a punta, abriendo y cerrando cada libro. Pero nada. Inspeccionó debajo de la cama, detrás de las cortinas, en los cajones y estantes. Y nada.  Hasta que, ya entrada la medianoche, encontró un cuento que sí tenía personajes; la tapa era la imagen de un bello castillo en el medio de un bosque, entre colinas y cerca de un lago, y el título era: “El libro mágico”. Muy extraño; nunca lo había visto. Sin perder más tiempo, comenzó a leerlo.

 “Érase una vez, en un tiempo no muy lejano, que una plaga azotó al mundo. Pero había un lugar, sólo uno, que era seguro: un castillo que pertenecía al Príncipe de los Cuentos. Allí se dirigieron todos los personajes de todos los cuentos escritos por los hombres, para protegerse de esa terrible pandemia…”.

  Tobías no lo podía creer; a medida que daba vuelta las páginas, veía que todos los personajes de sus cuentos estaban allí, conviviendo en el castillo. Sin darse cuenta, frotó la primera página y algo mágico ocurrió: se encontró de pronto frente a la gran puerta que hacía de ingreso al Palacio. El bello paisaje que lo rodeaba lo impactó. Las montañas, a lo lejos, con sus picos nevados, se confundían con el cielo de nubes de diversos colores; el lago sereno espejaba los árboles del inmenso bosque donde estaba enclavado el castillo. Miró el portón de hierro y madera y, a pesar de que golpeó con su pequeña mano varias veces, nadie se asomó. Inmediatamente escuchó una voz desde lo alto. Cuando levantó la mirada, vio que Rapunzel estaba asomada desde una de las ventanas de la torre.  – Sube, Tobías! La puerta no se abrirá hasta que pase la plaga. Si estás aquí, es porque frotaste el libro mágico que cambia de nombre cuando cambia la historia.- le dijo, al mismo tiempo que extendía su largo cabello trenzado a modo de cuerda, para que él trepara. ¡Ella sabía su nombre! Quizás todos los personajes sabían los nombres de los niños que leían sus historias, pensó con ilusión. ¿Qué había querido decir con que el libro cambiaba de nombre?

  Cuando ya estaba dentro de la fortaleza, comenzó a recorrerla, y en el momento en que bajaba las alfombradas escaleras, se cruzó con los tres chanchitos que subían apurados. Por las ventanas podía ver los inmensos jardines del castillo, donde Bambi y Dumbo jugaban con una pelota, y el Lobo Feroz cargaba leña para la estufa. En el gran salón, Caperucita estaba bailando con el Gato con botas, y Donald con la Bella Durmiente, al compás del piano que tocaba Gepetto. En la cocina, se asustó al ver a Úrsula, la bruja del mar, que revolvía una gran olla, pero ella estaba preparando comida para todos, mientras un dragón- que no recordaba de qué cuento había salido-  echaba fuego para calentarla. Los malvados también tenían sus tareas: Maléfica estaba limpiando los grandes ventanales y La Bruja Cachavacha barría con su escoba voladora los interminables salones. El Sastrecillo Valiente estaba a cargo de mantener en condiciones las prendas de todos, y Peter Pan, que era el único que salía del Castillo, volaba hacia la aldea más cercana para buscar las provisiones cuando era necesario.  Había un gran clima de armonía y solidaridad.

  Tobías decidió que se quedaría allí hasta que terminara la cuarentena; quizás los personajes también regresarían cada uno a sus respectivos cuentos cuando todo finalizara.

  Cuando llegó la mañana, la mamá de Tobías abrió la puerta del dormitorio del niño, y se asombró al encontrar su cama vacía y un libro de cuentos sobre la almohada. Ella lo tomó y comenzó a hojearlo. Mucho se sorprendió al ver que en una de sus páginas, Tobías estaba jugando  a las escondidas con Pulgarcito y Alicia, la del País de las Maravillas.

  ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo sacaría a su hijo de allí? Como no sabía qué hacer, comenzó a leer el cuento. Su sorpresa aumentaba a medida que iba avanzando con la historia.

“…pero un niño apareció de pronto en el palacio. Los personajes le dieron la bienvenida y lo invitaron a quedarse con ellos para transitar la peste que azotaba a las aldeas. Tobías aceptó gustoso pensando que podría jugar y compartir aventuras con sus héroes, y por qué no con los villanos. Le tocó compartir la habitación con Gulliver, el de los viajes fantásticos, y con Harry Potter,  quien de noche dejaba su varita mágica sobre la mesita de luz…”

  Tobías parecía feliz, sin embargo ella estaba muy asustada. Se apuró en llegar al final del cuento para ver qué ocurriría, y las últimas frases relataban:

“Y así fue que un buen día todo volvió a la normalidad, los protagonistas retornaron a cumplir con sus roles de héroes o de villanos en sus respectivas páginas, y el niño regresó a su casa, sano y salvo, y muy feliz.”

  Cuando la mamá de Tobías cerró el libro, notó con desconcierto que el título había cambiado por otro. Y ahora se llamaba “La cuarentena de Tobías”.

AUTORA: Beatriz Chiabrera de Marchisone

Clucellas (Santa Fe- Argentina)

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"Castillo rojo" (por Juan Herrón González) TALLER VIRTUAL 4


El castillo rojo se elevaba por el escarpado acantilado, como un cuchillo rojo, hundido en la tierra. Estaba compuesto de grandes pináculos hacia el cielo, además de un conjunto de almenas robustas, hechas de mármol y de una mezcla de roca volcánica. En la glabela del castillo se encontraban los aposentos de la condesa sangrienta. Todo protegido por un foso de agua y un puente levadizo, que si eras arrojado por él, caías al foso y te empalabas en una cercenada de pinchos hechos de estacas de madera. Todo lo que rodeaba al castillo era mar, excepto por un lado que le daba forma peninsular, el Sol y la Luna, y un bosque cercano rodeado de tierra quemada.

Y es que el pueblo había llorado mucho a la condesa sangrienta. Había abusado de ellos hasta el límite, obligándoles a dejarlos sin cosechas de consumo propio, para llevar la tierra de barbecho a ciclos frenéticos, emplear artes oscuras para que los alimentos se duplicaran en poco tiempo. Y aun así, el campesinado, que tenía que entregar todo, se moría de hambre. Los erarios, al igual que los almacenes se llenaban con rapidez, pero el campesinado, se moría bajo semejante yugo. Algún que otro cuestor había sido ajusticiado por la condesa sangrienta, decapitándolo frente al pueblo, como modo de seguir el mismo ejemplo si se contrariaban sus deseos. Ya habían venido a informar al cónsul del territorio los abusos de la condesa sangrienta algún que otro pretor, que advertido por lo que les pasaba a los cuestores de aquella zona y los que habían enviado, empezaron a redactar un edicto para echar y ajusticiar a la condesa sangrienta. Los fueros de la zona así lo decretaron, y no tuvieron más dilación que emplear la tarea de otro noble, ambicioso, que quería las tierras de la condesa desde hacía bastante tiempo.

El duque de Wellington. Este duque era famoso por entrar en batalla y despojar a sus enemigos de su territorio, y había hecho su riqueza y su posesión sobre la tierra bajo las armas y el derramamiento de sangre. El edicto sangriento, tal y como se le había bautizado, había sido hecho por la falta de pago de los impuestos en los fueros por parte del erario y los almacenes de alimento de la condesa sangrienta, que además de matar impunemente a los cuestores enviados, no había escuchado a ningún pretor, adecuadamente protegido por una comitiva de soldados. Los cónsules así habían llegado a la conclusión del edicto sangriento: había que despojar a la condesa sangrienta de su territorio por evasión de impuestos y brutalidad homicida para con los encargados administrativos del pago en los fueros del territorio.

Sin embargo, la condesa sangrienta temía algo mucho más que la mera confrontación con el duque de Wellington, pues sabía que era portadora de la victoria, y esto era, la misma muerte con el paso de los años. Se había mirado al espejo y había visto los pasos de los años en su rostro. Ya la vejez se hacía incipiente, y no fue hasta un momento místico, tal y como ella los llamaba, el darse cuenta de la solución a la eterna juventud: el derramamiento de sangre sobre su piel.

Llegó a esta conclusión cuando una de las criadas la quiso peinar y le dio un tirón más fuerte de sus mechones de pelo de lo debidamente tolerado, a lo que la golpeó, y cayó sangre sobre su mano. Fue ahí cuando se dio cuenta de que la piel había rejuvenecido y podía eludir la muerte. De hecho, cada vez que se miraba al espejo, veía a la muerte con la guadaña y su cabeza en una de sus manos. También la veía en sueños.

De esa manera comenzó a matar a sus sirvientas. Se construyó una dama de hierro con pinchos, desde donde las metía, y al cerrar la apertura en forma de dama y sus contornos de mujer, desde dentro, se empalaban con los pinchos, saliendo la sangre por una apertura trasera desde donde llenaba una tinaja. Y luego, los campesinos.

Toda la tierra del campesinado era un auténtico infierno. Se había fijado en un método infalible: empalarlos desde el ano hasta la boca para recoger su sangre.

Elevó la vista, y allí vio a una hilera de soldados, que con el estandarte y el emblema de la casa de Wellington, esperaban que se cumpliera el edicto de manera pacífica. A decir verdad, este duque de Wellington era un buen soldado, pero muy confiado en sus maneras de actuar. Mandó a un emisario a que se acercara al puente principal, al otro lado del foso, para que supieran que la condesa sangrienta, debía de seguirlo. De manera increíble, cayó fulminado, por un rayo de color rojo.

La condesa sangrienta, dejó escapar una risa nerviosa y sardónica. Empezó a recitar una letanía, mientras se cortaba un poco la yema de un dedo con un cuchillo, dejando caer la gota al suelo mientras decía palabras incompresibles y extrañas.

Al instante, aparecieron detrás de ellos nubes de humo rojizas, era el ejército de la condesa que, efectivamente, empezaron a luchar valientemente contra las tropas del duque de Wellington, que le mostraron una feroz resistencia. Sin embargo, cada hachazo, cada saeta, cada espadazo, no les afectaban, parecían hacerlos más fuertes y resistentes al daño, con el claro hedor de la carne muerta y la podredumbre sobre ellos. Los gritos y los golpes, se sucedían por  todo el ambiente guerrero. Y como por arte de magia, salió un demonio enorme, de aspecto cadavérico y rodeado por lenguas de fuego, que empezó a quemar a todo y a todos; el duque de Wellington trató de huir, pero fue apresado vivo, junto a algunos de sus generales, en una masacre sin precedentes. Lo realmente increíble, es que todas las tropas del duque de Wellington habían resultado muertas, pero ninguna de ellas, sangraban. No tenían sangre en sus cuerpos, aunque yacieran con las heridas de las hachas, las espadas, las flechas, o carbonizados por el fuego.

Acto seguido le colocaron la cabeza sobre la oquedad de la guillotina, trayendo varias tinajas en las que guardarían toda la sangre del cuerpo; sus generales, no seguirían mejor destino: los empalarían vivos.

La cabeza del duque salió rodando hasta los pies de aquel enorme demonio de fuego, y por un momento, el destello de la pérdida de vida de los ojos y la cara del duque, al cercenarle la vida, dio mayor juventud a la condesa sangrienta en el reflejo de la hora afilada al caer. Y no haría caso del edicto que tenía en las manos.

Ya en sus aposentos, lanzó el edicto a las rojas llamas bajo la lluvia, el tronar de rayos y truenos en un cielo negro y opresivo de dolor.         

AUTOR: Juan Herrón González

Madrid (España)

TALLER VIRTUAL 4 

martes, 16 de junio de 2020

"El regalo" (por Mónica Armando de Beltramone) TALLER VIRTUAL 4


Cerca de un lago, en un castillo lujoso, rodeado de pinos y montañas, vivían  un rey y una reina. Tenían una hija, la princesa Almíbar. A ella le gustaba pasear por los jardines, leer debajo de los pinos y caminar a orillas del lago. También ayudaba a los cocineros a preparar sus postres favoritos. Un  día el rey la llamó y le dijo:

            -Querida hija, con mamá nos parece que ya es hora de que te cases. Nosotros ya estamos grandes. Vamos a cumplir cuarenta años de casados y queremos hacer un largo viaje. Pero antes nos gustaría verte junto a un buen hombre que te ayude a dirigir los destinos de este reino.

La princesa puso una cara de no gustarle mucho la idea. Hizo silencio, tosió, se rascó un ojo y finalmente habló:

-Está bien papi, pero yo elegiré a mi futuro esposo.

-Ah, pero nosotros habíamos pensado en el Conde de..

              -¡Conde de nada, yo decido con quién me casaré!

              -Pero  Almíbar, no es así la cosa

 -Entonces, no hay casamiento –  se plantó la princesa. 

  El rey consultó en voz baja con la reina  unos cinco minutos. Al final, aceptó.

-De acuerdo, Almíbar ¿Y  quién sería para vos el candidato ideal?

-Mmm, no te lo voy a decir. Sólo te puedo adelantar que quien me traiga el mejor regalo, ese se casará conmigo.

-¿Y se puede saber qué tipo de obsequio tendría que ser? No sé, tal vez una joya, un caballo, un vestido…

-Ah, no, eso no lo voy a decir, es un secreto. Muchos jóvenes del reino me conocen y el que sepa  lo que me gusta, ese será mi esposo.

Al día siguiente comenzó a correr  la noticia por todos los alrededores:

 

“SÁBADO 25 DE JULIO A PARTIR DE LAS 15 HS. LA PRINCESA ALMÍBAR ELEGIRÁ A SU FUTURO ESPOSO.  LLEVAR OBSEQUIO.”

 

 A las 15 en punto del sábado  los guardias abrieron las puertas del castillo y comenzó el desfile de candidatos.

Pasó el primero, muy distinguido, traía un enorme y colorido ramos de flores.  

-Muy bello, pero no – dijo la princesa

Pasó el segundo, se arrodilló a sus pies y abrió un estuche que contenía un anillo tan brillante que iluminó toda la sala.

-Muy fino, pero no – respondió  nuevamente la joven,

Pasó el tercero, le entregó una caja redonda forrada con papel azul y un moño plateado. La cara de la princesa se transformó y se la veía muy entusiasmada abriendo el presente. Era un sombrero confeccionado con finísimas telas.

-Muy elegante, pero no. Me había ilusionado con que era una torta de chocolate y frutillas – comentó la princesa

Pasó el cuarto, un abanico… el quinto, un perrito… el sexto, un prendedor de diamantes… y la respuesta de la princesa era siempre negativa.

Pasó el séptimo, muy simpático, le obsequió una caja rectangular envuelta en papel rojo con lunares blancos y atada con cintas doradas. Cuando Almíbar la abrió, vio con sorpresa delicadas formas de frutilla, manzana y naranja. Sacó una de manzana y exclamó:

-¡Al fin bombones! – mientras la llevaba a la boca

-¡No, son jabones! – le advirtió el joven caballero. Pero ya era tarde.

Las doncellas corrieron a buscar un vaso de agua. Almíbar se enjuagaba una y otra vez la boca, escupía espuma roja con gusto a manzana, le picaba la nariz, estornudaba. Le agarró una crisis de nervios. No quiso saber más de pretendientes menos de regalos. Los guardias muy educadamente despidieron  a los que estaban esperando. El rey y la reina se fueron a recostar, se quejaban de que les dolía mucho la cabeza.

-¡Me voy a caminar! – anunció la princesa y disparó camino al lago.

Iba descalza por la orilla, salpicándose las puntillas del vestido, cuando vio a un joven  sentado sobre la arena con la cabeza gacha. Entre sus manos sostenía con mucha fuerza un recipiente pequeño.

-Hola – lo saludó la princesa

-Hola- dijo él sin levantar la cabeza

-¿Qué tenés ahí? – le preguntó Almíbar

-Un postre que preparó mi mamá

-¿Y por qué no lo comés?

-Porque no es para mí.

-¿Y para quién entonces?

-Para la princesa Almíbar.

-¿Y por qué no se lo das?

-Porque ya se cerraron las puertas del castillo, no llegué a pasar.

-¿Y por qué se te ocurrió traerle un postre?

-Porque no es un postre cualquiera. A ella le gusta mucho. Cuando va al pueblo siempre para en el puesto de dulces de mi mamá y pide un vasito. Yo la miro de lejos. Es tan linda. Hace tiempo que estoy enamorado.  

-¿Me dejás probar?

-Bueno – respondió resignado el muchacho – y cuando se puso de pie y levantó la vista para entregarle el  postre casi se desmaya al reconocer a la princesa.

Almíbar tomó entre sus manos el recipiente. Era de vidrio, con doble pared, en la interior tenía frutillas, bananas y manzanas cortadas en trozos pequeños, mezcladas con jugo de naranjas y bañadas con salsa de chocolate. En la pared de afuera hielo triturado. Se sentó sobre una piedra y se lo comió todo, disfrutando cada cucharada. El joven la miraba, con cara de embobado y por momentos asustado, no decía nada. Parecía  congelado.

-Ahora vamos a darle la noticia a mi papá. –  expresó Almíbar apenas terminó el postre

-¿Qué noticia? - preguntó sorprendido él

- Que ya encontré a la persona que sabe lo que me gusta- dijo suavemente la princesa y tomándole la mano le preguntó el nombre.

- Donato- susurró él.

Almíbar y Donato volvieron al castillo entre charlas y risas.

- Tenés la mano fría-  dijo él.

- Y vos helada- dijo ella.

Y colorín colorado, esta fiesta siguió con casamiento, mesa dulce y muchos helados.

AUTORA: Mónica Armando de Beltramone

Rafaela (Santa Fe- Argentina)

TALLER VIRTUAL 4