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LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Rincones y Acuarelas I (Poesía) -2019- La Imprenta digital (Bs. As)

Rincones y Acuarelas II (Narrativa)- 2019- La Imprenta digital (Bs. As.)

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domingo, 25 de agosto de 2019

"Acostumbrarse"- (De la autora)

Publicado en "FOTOGRAFÍAS DEL ALMA"- Edición de autor- Talleres Diario "La Opinión"- Rafaela- 2011


     Con el apuro, había dejado el barbijo sobre la mesa de la cocina. Lo recordó mientras venía caminando por la avenida central de lo que, hasta hace poco, era una ciudad llena de movimiento, con gente que iba y venía del trabajo, con vendedores de bagatelas en todas las esquinas, con paseadores de perros que aprovechaban el fresco de la mañana en la plaza central, con los que salían a correr por las sendas aledañas. Vida normal en una ciudad normal. Eso ya no existía. Sólo en su memoria y en la de los pocos transeúntes que aún quedaban y que deambulaban perdidos con la mirada absorta y buscando explicaciones de cómo habían llegado hasta ese punto. Ya no había vuelta atrás, y eso era lo más triste.
     Si no se apuraba llegaría tarde. Había comenzado a llover. Pensó en sus hijos que, otra vez, se quedarían sin salir a la calle. Siempre habría alguna causa, un día los incendios, otro día la lluvia. Lluvia ácida, la llamaban. Al fin conocía en carne y hueso lo que era. Lo que había visto en alguna película de ficción era ahora su realidad y la de su familia, que no volverían a tener la vida de antes, al menos no en un corto tiempo, o quizás más largo de lo que pensaba, si es que alguna vez volverían a tenerla. Si todos se hubieran dado cuenta antes.  No quería olvidar los tiempos felices, pero de ahora en más sólo debería pensar en sobrevivir. Ni siquiera podía preguntarse por qué le había tocado a él ya que todos, sin distinciones, estaban afectados.
     Y allí se encontraba ahora, por las calles semidesiertas de la ciudad, en su rutina diaria de buscar agua.  Algo tan simple y que antes parecía tan sencillo, ahora se había transformado en una odisea cotidiana. Agua tratada y purificada. La que el municipio extraía, limpiaba  y distribuía cada día para abastecer a la población que no había almacenado anteriormente. Y los que llegaban tarde al reparto tendrían que rebuscársela de otra forma, porque nunca alcanzaba para todos.
     Mientras iba caminando en un paso apresurado, pensaba qué podía encontrar de positivo. Bueno, al menos la lluvia extinguiría los focos de incendio que quedaban, que habían arrasado con las pocas pasturas de los alrededores y de los que todavía se podía ver el humo en las afueras de la ciudad. No sabía qué era mejor, que lloviera o que no, porque el fuego se apagaba pero el aire no se limpiaba con el agua que caía, que lo quemaba todo, aunque de otra manera. Una manera silenciosa y traicionera. De a poco y sin que uno se diera cuenta. El fuego quemaba, el agua quemaba, el aire quemaba. Todo quemaba. La piel, los pulmones, los ojos.
     No quería olvidar. Ahora todo era desolación. La mayoría de los alimentos también estaban contaminados, como el agua y el aire. Y las personas que no habían muerto, estaban padeciendo enfermedades a causa de la desesperante situación. Sabía que estaba respirando ácido sulfúrico y ácido nítrico, porque lo había escuchado en la televisión montones de veces. Sabía que, este aire enfermo, entraba lentamente a su cuerpo por donde pudiera, invadiéndolo,  destruyendo lo que encontraba a su paso, dentro y fuera de él. Últimamente, le ardían demasiado las fosas nasales y los ojos. Y para colmo se había olvidado el barbijo. Los informativos recomendaban usarlo siempre y ya era difícil conseguirlos. De pronto, recordó que tenía un pañuelo en el bolsillo y lo sacó para protegerse un poco del aire contaminado.
     Miró su reloj y apuró la marcha aún más. A pesar de la lluvia, el calor era agobiante. Llevaba dos bidones vacíos y algo de dinero para comprar, si encontraba, algunos alimentos envasados.  Para que la precipitación ácida no lo alcanzara se resguardó debajo del toldo de un viejo hotel abandonado, que un tiempo antes, había estado lleno de turistas. Leyó el cartel corroído que anunciaba las comodidades del alojamiento: desayuno y habitaciones con aire acondicionado. Miró a través del vidrio sucio de la puerta principal y pudo ver el pasillo vacío que conducía a los ascensores. Todo estaba lleno de tierra, como esperando que lo limpiaran para recibir a los viajeros. Pero los viajeros no volverían. Cerró los ojos para imaginárselo lleno de gente, como antes, pero la imagen duró muy poco, demasiado poco. De eso vivían, de imágenes del pasado, de un pasado que paulatinamente se iría desvaneciendo de sus mentes. Y él hacía todo lo posible para no olvidar. Diariamente ejercitaba su imaginación con los recuerdos más frescos que aún podía llenar de colores, de sabores y de olores. Tenía miedo de perder todo eso. Y se alimentaba de esa forma, era como una terapia personal. Ejercicio mental constante, para no decaer.
      Seguía lloviendo. Una lluvia oscura, pesada, densa e irrespirable, que mientras caía levantaba vapor del pavimento siempre caliente, dificultando aún más la visibilidad. Vio un local de provisiones abierto y se detuvo para comprar dos latas de verduras envasadas y dos de carne, todo lo que pudo conseguir para ese día. Siguió caminando por la vereda, de toldo en toldo y de techo en techo para mojarse lo menos posible, hasta llegar al dispensario del municipio donde repartían el agua. Había cola, como todos los días. La gente con bidones y botellas, con caras largas y miradas perdidas, estaban esperando el turno para cargar el preciado tesoro. Ojala que no se agotara la ración de hoy tan pronto. Alguien del municipio estaba repartiendo barbijos a los que no tenían. Cuando llegó su turno, llenó los envases y emprendió el camino de regreso a casa, con su barbijo puesto.  Los bidones, ahora llenos, le pesaban y tenía demasiado calor. La lluvia lo lavaba, o lo ensuciaba, lo enfermaba como a todos, cada vez un poco más.
     Habían prohibido la circulación de vehículos y controlaban la emanación de gases de las fábricas que aún quedaban, pero eso estaba muy lejos de resolverles el problema. Y sabía que era una medida ridícula y tardía, como echar un balde de agua para apagar un incendio en un bosque en llamas. Si se hubieran dado cuenta antes. Ridículo. Todo le parecía ridículo y patético.
      Se sentía amenazado de muerte. Como en una guerra, pero sin armas de fuego y con un enemigo invisible y constante al que no sabían cómo atacar. Nadie sabía. Nadie nunca había sabido, aunque les hacían creer que sí. Tantos simposios climáticos y congresos ambientales, ¿para qué?  Siguió caminando evitando pensar tanto, para que su mente no se enfermara tan rápido como su cuerpo. Sin embargo, un alud de palabras lo acosaban como clavándole alfileres que dolían: industrialización, efecto invernadero, calentamiento global, agujero de ozono, errores humanos. Errores. Errores fatales. Cuántas veces había escuchado tratar sobre estos temas en los informativos, alertando a la población. Cuántos intereses de gente muy poderosa habían llevado a esta situación irreversible e insoportable. Intereses, siempre intereses.
      Le dolían sus hijos, el futuro de su familia. Le dolía recordar la vida normal y rutinaria de la que antes se quejaba por simple y repetitiva y que ahora valoraba más que nunca: las mañanas de sol radiante y las lluvias normales de verano, con ese aroma a tierra mojada que traían los campos cercanos llenos de pasturas y sembrados, la luz y el olor de la naturaleza sana… eso ya no existía. Estaban rodeados de bosques arrasados y ríos llenos de peces muertos. La naturaleza rebelde, enojada… No quería olvidar. Pero a cada paso había algo que le recalcaba que estaba transitando en un mundo sin futuro, y ya casi sin presente. Sólo el pasado rondando su mente, un pasado cada vez más lejano e impalpable. Y este presente lo hostigaba demasiado: los edificios y monumentos corroídos, los escasos árboles en la plaza central de los que sólo quedaba el esqueleto, algún que otro perro muerto que se le iba apareciendo en el camino, los negocios cerrados. Gente anónima corriendo con barbijos y pañuelos tapando su cara, gente buscando. Casi una ciudad fantasma. Un mundo fantasma, porque en otros lados era igualmente desolador. No había donde ir, sólo sobrevivir. Sobrevivir diariamente.
          Se detuvo debajo de una parada de colectivo inutilizada porque se sentía cansado y los ojos le ardían y le llorisqueaban. Ya no sabía si era por el ardor o por la impotencia, pero los ojos le lloraban. Las lágrimas se confundían y lo confundían, e iban quemando sus mejillas. A su alrededor, la gente pasaba corriendo, cargando con alguna provisión para el día y resguardándose donde podían. Dejó los bidones y la bolsa con los alimentos  a un costado y se sentó en el banco de la parada para descansar un poco. Sacó el pañuelo de su bolsillo y se secó los ojos. Se dio cuenta que no podía respirar bien y que se le había nublado la vista. Mantuvo el pañuelo un rato sobre los párpados cerrados para ver si le pasaba ese efecto desagradable. Y así, a oscuras, lo invadieron sensaciones que antes nunca habían pasado por su mente. Quizás sería mejor olvidar, pensó. Y acostumbrarse. A los barbijos, los bidones y la lluvia. Al cielo denso, siempre opaco. A la ciudad desierta, llena de despojos humanos, vacía de vida. A correr y buscar. Siempre correr y buscar. A esqueletos en las calles, de árboles, de animales y quizás muy pronto, de seres humanos.
    De repente, un ruido lo despertó de su estado aletargado y quitando el pañuelo de su cara, que sentía sucia y mojada, volvió a abrir los ojos. Los bidones y la bolsa habían desaparecido.  Miró con desesperación a su alrededor  y vio que un hombre  se los llevaba corriendo por el centro de la calle. Salió detrás de él y en vano intentó alcanzarlo porque el ladronzuelo se confundió con la multitud desorientada. Corrió hasta que lo perdió de vista y se detuvo porque le faltaba el aire y ya no podía controlar el llanto. Las lágrimas, de impotencia, de dolor eran cada vez más abundantes, se confundían con la lluvia y lastimaban, dejaban marcas profundas.
        Siguió caminando con la respiración entrecortada y la mente ausente y cada vez un poco más enferma. Algo había cambiado en él en ese preciso instante. No sabía precisar qué era exactamente, pero se sentía distinto.  Sí, sería mejor acostumbrarse. Todos se acostumbrarían, al final. Él, sólo caminaba, ahora con las manos vacías. Su mirada había cambiado, las lágrimas se habían detenido de repente. Caminaba, con su barbijo siempre puesto, mirando a ambos lados, minuciosamente, buscando, tratando de encontrar a algún distraído que, como él, dejara un bidón con agua al alcance de su mano. Sí, decidió que seguramente lo encontraría… antes de llegar a su casa. 

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