POESÍA. NARRATIVA. INFORMACIÓN LITERARIA. CONCURSOS. AUTORES CLÁSICOS Y NÓVELES

Autora del Blog:
BEATRIZ CHIABRERA DE MARCHISONE


Puedes pedir los libros de la autora al mail: beamarchisone@gmail.com (envíos a todo el país)

LIBROS PUBLICADOS POR LA AUTORA
(poesía y narrativa)
"DE LOS HIJOS" (2014)- Ediciones Mis Escritos (Bs. As.)

Los encontrarás:
En Rafaela (Santa Fe): en Librerías "EL SABER", "PAIDEIA" y "FABER".
En San Francisco (Córdoba): en Librería "COLLINO"
y en otras librerías del país.


lunes, 30 de marzo de 2015

Premiados Segundo Concurso Literario: “ACERCANDO DISTANCIAS” (organizado por la COMUNIDAD MARCHIGIANA DE SAN FRANCISCO- Córdoba- Argentina)- Poesía y cuento premiados de la autora



El domingo 29 de marzo se realizó la entrega de premios del SEGUNDO CONCURSO LITERARIO: “ACERCANDO DISTANCIAS”

Género: Poesía – Cuentos Cortos
Convocado por: COMUNIDAD MARCHIGIANA DE SAN FRANCISCO – Provincia de Córdoba. con asesoramiento del Taller Literario “Alfonsina Storni” de la Asoc. Mutual Docentes Jubilados de la Pcia. de Córdoba.
Participantes: Escritores residentes en San Francisco y Zona, mayores de edad.
Tema: LA INMIGRACIÓN Y LA COMUNIDAD DE SAN FRANCISCO Y SU ZONA DE INFLUENCIA.

Conforme a cada género, los escritores galardonados son:
Poesía:
-1º premio: “Llegaron” de Beatriz Chiabrera de Maschisone.
-2º premio: “Reflexiones de una inmigrante” de Myriam Lucía Taverna.
-3º premio: “Mi abuelo” de Celina Alcira Ples.
-4º premio: “Mi ciudad” de María Rosa Terraf.
-5º premio: “A mi abuela inmigrante” de Inés María Quilez de Monge.

Cuento corto:
-1º premio: “Un pañuelo atado a la nuca” de Laura Estela Peretti.
-2º premio: “Miradas” de Beatriz Chiabrera de Marchisone.
-3º premio: “El destierro” de Celina Alcira Plez.
-4º premio: “El olvido” de María Rosa Curtino.
-5º premio: “El humo azul” de Myriam Taverna.

FUENTE: tapa sección locales - La Voz de San Justo

Entregan premios de concurso literario - La Voz de San Justo

POESÍA PREMIADA DE LA AUTORA (1er Premio)


LLEGARON
Llegaron un día
cargando en sus espaldas dolores infinitos,
de aquellos que no se acaban nunca,
que quedan prendidos al aire cotidiano,
como una llaga invisible,
como un lamento
o un grito repetido.
Pero llegaron muchos,
llegaron en racimos,
como arrancados de sus íntimas raíces,
llegaron empapados en su historia,
con el color de su bandera
salpicando los caminos,
y fueron extraños todos los rincones
de ese remoto y nuevo “paraíso”.
Llegaron desnudos,
con el atardecer a cuestas,
y la melancolía usual de los Domingos,
con el sabor de la comida materna entre los labios,
y el aroma del patio de la casa
y la luna de su infancia en los bolsillos.
Y se encontraron huérfanos de navidades familiares,
conocieron ausencias,
y soledades de pájaros heridos.
Y en esos confines del planeta,
otros fonemas tildaron su destierro:
inmigrante, extranjero, forastero, gringo.
Pero llegaron empuñando la faena,
con simientes en las manos,
fundiendo su linaje con el color del trigo,
y fueron dueños del cielo y del paisaje,
pioneros de un pueblo que irrumpía
en los albores del siglo.    


 


CUENTO PREMIADO DE LA AUTORA (2º Premio)



MIRADAS

     Nunca voy a olvidar estas miradas. Nunca. Los ojos de mi madre, como sacando una radiografía de mi alma que se va alejando, quizás definitivamente; los de mis hermanos clavados en los míos como buscando una respuesta a tantas preguntas; la mirada de impotencia de mi padre por no poder detenerme de una vez por todas. No sé si alguna vez volveré a verlos, y sé que ellos piensan lo mismo.  Por eso nuestros ojos no se quieren despegar unos de otros, mantienen un lazo invisible a los ojos de los demás, para tratar de grabar en nuestras retinas todas las imágenes posibles, como lo haría una cámara fotográfica que toma sus fotos por última vez. Pero tengo que irme, por el bien de todos. No puedo quedarme en este país devastado esperando que la situación se resuelva por sí sola. La guerra terminó y hay que salir adelante de una u otra forma.
     Por eso estoy acá, en el puerto, en la cubierta principal de este barco atestado de personas, apoyado en esta fría baranda que intenta contenerme y ya me separa de los míos, comenzando una travesía larga y desconocida, con destino a América. Todos los pasajeros nos encontramos en la misma situación, despidiéndonos de nuestros seres queridos y dejando atrás un pedazo de nuestras vidas. ¿Se darán cuenta que quizás no volveremos? ¿Cómo será esa región de la que todos hablan? “El granero del mundo” le llaman. Los rumores son muchos, dicen que te dan una porción de tierra para cultivar y trabajar. Nadie sabe con certeza qué va a hacer allá, pero la incertidumbre es parte de esta historia. Sólo contamos con algún oficio que nuestro terruño nos legó y que nos hará falta para sobrevivir. Entre nosotros hay albañiles, carpinteros, herreros, sastres, zingueros, panaderos, agricultores, zapateros y otros tantos. Algunos, muy pocos, viajan con sus familias y los niños lo toman como un juego o una aventura que seguramente no olvidarán.
     Nuestras maletas no sólo contienen nuestras pertenencias y documentación necesaria sino también aquellos recuerdos y memorias más preciadas: trozos de melancolía por el abandono de esta tierra que nos vio nacer, algún que otro retrato para no olvidar los amados rostros, o palabras dibujadas en un papel a modo de carta, de algún amor que queda atrás. Llevamos todo aquello que nos ayude a sobrellevar este exilio obligado, y pasaremos a ser hijos adoptados por una nueva patria, intentando conservar nuestras costumbres y tradiciones que nos mantendrán ligados a nuestro pueblo de origen. Sabemos que será difícil.
     Sin embargo, sé que lo más importante quedará prendido en aquellas cosas que no se ven y que no pueden guardarse en ningún equipaje, porque quedan en la piel como un tatuaje permanente, en el olfato, en los oídos o en la boca: los aromas de la comida de mi madre, las voces de las cantatas en las reuniones familiares, el sonido de los golpes descuidados de las ollas en la cocina, el olor después de la lluvia en el patio de mi casa y sobre todo las últimas miradas, éstas, las del puerto, las que me llevaré antes de partir como un tesoro y quedarán grabadas a fuego. ¿Olvidaré alguna vez el rostro de mi madre? ¿Se esfumará lentamente de mis oídos la voz de mi padre? Deseo que nada de eso se borre de mi mente porque forma parte de mi identidad más profunda.
     Llegó la hora de partir. Un largo viaje nos espera. Las aguas italianas golpean sin permiso el casco del vapor como empujándolo a aguas extranjeras y hacia otra estación del año. Las calderas ya están en marcha y la cruel sirena marca el final, o el comienzo de otra historia, según del lado que se lo vea. Igual siempre será un desprendimiento, un desgarro, una mutilación invisible, que dejará una marca perpetua en cada uno de los que estamos aquí. Por última vez, las miradas se entrecruzan en sendas impalpables y las lenguas se confunden, se mezclan en saludos angustiados e impotentes. Todos debemos soportar esta despedida, los que nos vamos y los que se quedan con las ansias por no saber qué sucederá en aquellas nuevas tierras. Las noticias llegarán lentas. Allá está Giovanni con su esposa y su pequeña hija, a la que no veré crecer, y María con su novio, con quien seguramente se casará. Mamá está emocionada, sé que lo está, aunque su fuerza interior de luchadora incansable le permita contener sus sentimientos, y papá Pietro, aunque no quiera demostrarlo, oculta su tristeza debajo de la oportuna vicera de su gorra. Lágrimas gruesas ruedan por las mejillas de todos. Queman. Marcan. Laceran. Respiramos hondo. En el final, no podemos pronunciar palabra alguna porque la garganta se nos cierra al punto de ahogarnos. Sin embargo, es un silencio que lo dice todo. Sólo los gestos y las miradas. Esas que intentamos llevarnos para siempre. América nos espera. A pesar de nuestros miedos, y de nuestros dolores. Adiós.



1 comentario:

Beatriz Teresa Bustos dijo...

Felicitaciones Beatriz, excelentes trabajos.