Había sido descubierto. Su libertad y su vida estaban unidas a esa llave y
ese montón de documentos. Delante de él, y con mirada asesina, tenía al
“Chino”, el capo de la mafia a quién había conseguido arrebatar todo un alijo
de droga en un control policial por sorpresa. Ahora, se encontraba en la
difícil situación hombre al que su ficha policial, y la llave de sus
pertenencias, le delataban, tras varios años de hacerse pasar por un preso en
la cárcel más peligrosa de Nuevo México: la prisión de Chihuahua y saber la
ubicación del dinero intervenido, en una arriesgada operación policial.
Resultaba tan obvia la información filtrada sobre él que era insultante.
-Dime dónde han trasladado el dinero- espetó, con una ira asesina.
Él no se atrevió a responder. Había tenido un error de manual: no contar
con que los tentáculos del “Chino” fueran tan largos, pues había conseguido
tener en nómina al comisario del caso y un montón de agentes y funcionarios de
prisiones; aún así, la honradez de algunos y parte de su ayuda, fueron
suficiente para quitarle una gran suma de dinero, procedente del narcotráfico
de estupefacientes. Tras ganarse la confianza de esos tentáculos y que le
revelaran los secretos de aquel dinero y su ilegal operación.
-Con lo que tengo aquí, y el dinero que me has hecho perder, tengo motivos
suficientes para matarte- le dijo, con una expresión de franqueza.
Tampoco contestó. Sabía que estaba vendido a su mala suerte. Habían
conseguido sacarle de la cárcel en uno de los traslados a otra prisión de menor
seguridad, engaño entre sus camaradas los policías, ya que, su infiltración y
el motivo para ella, ya había sido resuelto.
Sin embargo, no había conseguido situar al “Chino” y su cúpula en la escena
del crimen. En estos momentos, veía cómo desplegaba toda la ficha policial
delante de él y la llave, que abría una caja fuerte que tenía a escasos metros
de él, con todas sus pertenencias.
-Me has hecho perder lo que más quiero. Ahora, voy a ir a por tu mujer y
tus hijos-sonrió, divertido- para que sepas lo que es perder lo que más
quieres.
Siguió en silencio con una expresión de decepción en su rostro. El
operativo había sido un éxito parcial, y en pocos momentos, estaría
incomunicado y secuestrado por el “Chino” y sus hombres, además de divertirse
torturándolo. Su mujer y sus hijos estaban en peligro, y nadie del operativo
había podido ayudarle: en su traslado a otra prisión, habían matado a todos los
agentes en un tiroteo espectacular, además de varios funcionarios de prisiones.
Lo que fue un traslado ficticio, la mentira que le habían hecho creer en su
mente y en lo más profundo de su corazón como la escapatoria y la salida a un
operativo muy peligroso, resultó ser un auténtico fiasco.
-Comenzaré por tu mujer- dijo, fríamente.
Le miró, con descaro y una expresión inquietante bajo un muro de dientes.
-Luego seguiré por tus hijos, y haré que tu mujer lo vea.
Le golpeó, bruscamente. Un hilo de sangre se asomó por su frente.
-Me has hecho perder una millonada.
Los documentos seguían delante de él, esparcidos. La llave y la caja de sus
pertenecías estaba abierta, sacándolas, una por una los hombres del
Chino.
Empezó a recordar, sin saber el porqué, cuando era pequeño. Como
en cada una de las trastadas que hacía, le echaba la culpa a su hermano,
librándose de la culpa y de la regañina. De cómo él planificaba lo que hacía
mal para arrastrar a su hermano a esa infracción, para luego, salir airoso de
semejante mala conducta.
Pero ahora era todo distinto. Eso no se parecía en nada a unas malas
conductas de niños, o de jóvenes. Era jugarse el pescuezo y la vida por una
banda de mafiosos que representaban el enjambre de delincuencia y la red de
delitos, en un sistema corrupto.
-¿Qué es esto?-preguntó, sarcástico.
Tenía la alianza de su mujer entre sus manos. También su placa de policía y
su móvil personal. Jugó con la fotografía que llevaba en su cartera, en la que
estaba toda su familia. Dentro, al fondo, había otra fotografía, que no se
molestó en sacar.
-Estás poco hablador-musitó, elevando una ceja-. No importa, te mataré de
todos modos, no sin antes ver lo que te he dicho.
-Antes nos gustaría divertirnos con él-dijo uno de sus lacayos.
-Sí-anunció otro, desde las sombras de aquella mugrienta habitación.
El “Chino” sonrió, satisfecho.
-Haced con él lo que queráis sin matarlo-sentenció.
Siguió callado, sin decir nada.
-Yo me apunto a arrancarle una oreja.
-Yo algún dedo de la mano-dijo otro, con unas cizallas en la manos.
-Has metido las manos y las narices dónde no debías-concretó otro, de mayor
altura y gordura.
Se colocaron delante de él.
-Esta vez no tienes salida-dijo el “Chino”, colocándose un mechón de pelo.
-No le cortéis la lengua… que chille.
-Mucho mejor-dijo otro, divertido, mirando al que hizo el comentario
anterior.
-Ojalá os pudráis en el infierno-inquirió, sin decir nada más.
El “Chino” se quedó a ver la escena, fumando un pitillo, nervioso, pero con
una expresión de falsa seguridad que le reconfortaba.
-Vamos allá.
Comenzaron por apretarle bien los grilletes, a medida que se reían y hacían
chistes entre ellos. Después, le pusieron las manos encima de la mesa,
sujetándolas con cinchas de cuero, dejando al descubierto cada dedo.
-Cortemos.
Y así fue. Comenzaron a cortarle cada dedo desde cada falange, según
chillaba de dolor y brotaba la sangre, a cuya sacudida eléctrica, se sucedía
otro dolor más pesaroso. Se acordaba de su mujer y de su familia, que ahora,
estaban en peligro.
-Sigamos cortando y cauterizando.
Con un soplete le quemaron poco a poco los dedos que faltaban, con mucho
cuidado de no poner la mano en llamas. El dolor era tan insoportable, que de
vez en cuando, perdía la consciencia, dándole unas palmaditas en el rostro, o
escupiéndole, hecho, que al igual de repugnante era igual de efectivo para
despertarlo. También utilizaban agua, que mezclada con su sangre, la tiraban a
su rostro, haciéndole más prominentes las arrugas de sus ojos y las heridas.
-Vamos a por más. Aguanta-apretó los dientes.
Con todas las falanges de las manos al aire libre, supo que esas heridas
serían de por vida, dejándole como un auténtico inválido. Ya no había vuelta
atrás para aquella mutilación del templo que era su cuerpo.
Siguieron por las orejas. Una por una. Su cuerpo ya veía evidentes signos
de cansancio físico y agotamiento, pero no se les veía por la clara intención de
parar. El olor a sangre estaba esparcido por el ambiente, y el resto de su
cuerpo, estaban por el suelo y por los documentos esparcidos en la mesa, con
salpicaduras de sangre y algún que otro resto humano.
-Vas a pagar con varias vidas lo que has hecho-dijo, agarrándole por el
pelo y haciéndole gritar.
Esta vez, cogieron unas tenazas. Diente a diente, siguieron su macabro
espectáculo: primero un canino, luego un molar. Lo estaban despiezando poco a
poco, extremidad por extremidad, a medida que se desmayaba y lo hacían volver
en sí.
Era un hombre de fuerte constitución.
-Inyéctale adrenalina, que su corazón no baje el ritmo-dijo el “Chino”, con
expresión sombría.
Diente a diente cada resonar de sus gritos inundaron la sala. Estaba con
dos manos como muñones; y las orejas, no estaban en su sitio: había dos curvas
sangrientas en ellas, con la boca por debajo escupiendo cuajarones de sangre.
Sangre muy roja.
-Ya me he cansado de esto-dijo, con seria determinación-. Ya adivinaré
dónde está el dinero.
El “Chino” metió la mano en su cazadora para sacar una nueve milímetros
negra. Se acercó adonde estaba él, reducido a una nada lastimera, sumida entre
el llanto y el dolor, poniéndole el arma en la frente y apretando el gatillo.
Saliendo los sesos en todas las direcciones.
Todos se quedaron mirando la escena en un minuto de silencio. Cogieron la
cartera y empezaron a sacar todo.
-Jefe, miré esto-dijo uno de sus secuaces, al “Chino”.
En sus manos sostenía la fotografía que no sacó de la cartera. Eran dos
hermanos gemelos, uno de ellos muy divertido y lleno de vida, y el otro,
incapaz de sonreír, con expresión sería y muy callado y de constitución más
fuerte. Detrás de la fotografía, escrita con una caligrafía grande y angulosa,
decía: siempre ha sido divertido el suplantar tu identidad en momentos
de necesidad o por mera diversión, Dave; sólo uno de los dos sabe la verdad del
otro, cada vez que nos cambiamos la identidad.
AUTOR: Juan Herrón González- Madrid (España)
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